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Muchos son los hombres y mujeres de nuestro tiempo para quienes
su existencia en apariencia no constituye mayor problema. Su vida no les
plantea ningún interrogante. Se contentan con vivir como todo el mundo,
embarcados en la seguridad de una vida tranquila y sosegada, sin problemas, en
la rutina monótona e insípida, pero segura, al fin y al cabo, de una vida
normal.
Otros tantos intuyen la necesidad de formularse un
cuestionamiento serio y profundo acerca del sentido de su propia existencia,
pero se desembarcan atemorizados por lo que puedan encontrar. Descubren el
asunto demasiado incómodo y molesto, y prefieren recorrer el camino de la fácil
evasión a través de las múltiples ofertas de la cultura de muerte.
No faltan quienes, cansados de deambular sin encontrar ningún
significado a la existencia humana, se dejan arrastrar por la desilusión y la
desesperanza, y piensan que la vida humana no tiene mayor sentido.
Existe otro tipo de personas que sí deciden con sincero corazón
adentrarse en el misterio de su propia identidad. Sin embargo, no aciertan a
encontrar la luz que ilumine sus incertidumbres, pues se topan con visiones
reduccionistas de la persona humana que entenebrecen una correcta comprensión
del misterio del hombre.
De ahí que con tanto acierto el Papa Juan Pablo II dijera en su
discurso a los Obispos reunidos en Puebla: "La nuestra es, sin duda, la época
en que más se ha escrito y hablado acerca del hombre, la época de los
humanismos y del antropocentrismo. Sin embargo, paradójicamente, es también la
época de las más hondas angustias del hombre respecto de su identidad y su
destino, del rebajamiento del hombre a niveles antes insospechados, época de
valores humanos conculcados como jamás lo fueron antes" (Juan Pablo II,
Discurso inaugural de Puebla, 28/01/1979, I, 9).
ILUMINADOS POR EL EVANGELIO
La razón fundamental de esta pérdida de identidad del ser humano
está en la pérdida del sentido de Dios. Toda visión del hombre encerrado en sí
mismo, sin referencia a lo trascendental, deforma la esencia de la persona
humana, se convierte en un falso humanismo, porque traiciona sus impulsos más
profundos: "La manifestación del hombre en la plena dignidad de su naturaleza
no puede tener lugar sin la referencia -no sólo conceptual, sino íntegramente
existencial- a Dios" (Dives in misericordia, 1)
El ser humano es el camino primero y fundamental de la Iglesia.
Su misión no es otra que servir a los hombres, mostrarles la senda que conduce
a su verdadera realización personal, hacia su auténtica felicidad. "La Iglesia,
experta en humanidad" (Pablo VI, Discurso a la ONU, 05/10/1965; Populorum
progressio, 13), con la convicción de tener la verdad acerca del hombre, verdad
que le viene del Evangelio, anuncia a los hombres esta verdad. Esto es muy
importante en nuestros días en que abundan las visiones erradas de la persona
humana, visiones que lejos de responder a su verdadera naturaleza, silencian y
distorsionan sus dinamismos fundamentales, cerrando el camino que conduce a la
vida, la libertad, la realización, el amor.
SER PARA EL ENCUENTRO
La afirmación primordial acerca del ser humano es que es persona
y, como tal, un "ser abierto a la comunión, capaz de escucha y respuesta, de
diálogo y comunión..., una creatura abierta al encuentro" (Luis Fernando
Figari, La dignidad del hombre y los derechos humanos, FE, Lima 1991, p. 13).
La vocación al encuentro constituye un dinamismo fundamental de todo ser
humano, dimensión que se halla en la línea de su realización constitutiva.
Esta aspiración al encuentro, sellada en lo más hondo del
corazón del hombre, en aquello que llamamos mismidad, rebasa sin anularnos
incluso los límites de sí mismo y de sus semejantes, para traducirse en una
hambre de infinito, de trascendente plenitud, que lo conduce hacia el único que
puede saciar plenamente esa hambre, a Dios.
Y es que el ser humano no se debe a sí mismo. El hombre es
creatura de Dios, creado a imagen y semejanza suya por sobreabundancia de amor
e invitado al diálogo, la comunicación, la amistad, la cooperación, la comunión
y participación con Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo, comunidad
divina de amor. Ésta es la vocación de todo hombre, vocación que está grabada
en sus dinamismos más profundos y, por lo tanto, el único camino hacia su
verdadera realización y felicidad.
EL SEÑOR JESÚS: PLENITUD DE LA HUMANIDAD
La verdadera naturaleza del ser humano, su auténtica grandeza y
dignidad, se nos manifiesta de manera plena y perfecta en la persona del Señor
Jesús, Dios hecho hombre para enseñar al hombre a ser hombre, restaurando lo
que por el pecado estaba roto, reconciliándonos con Dios en una nueva creación.
Cristo asume todo lo humano, se hace uno de nosotros, "en todo igual a
nosotros, excepto en el pecado" (Heb 4, 15), elevando la dignidad humana a lo
insospechado, a la categoría de hijo de Dios (Rom 8, 14-17), e inaugurando la
revolución del amor.
En efecto, en el Hijo de Santa María lo divino y lo humano se
unen íntimamente en un maravilloso misterio de reconciliación, de manera que en
su persona resplandece la verdad profunda acerca de Dios y del hombre. Él nos
muestra que la realidad humana es cruciforme -vertical y horizontal- y, por lo
tanto, que prescindir de cualquiera de estas dos dimensiones significa privar a
la persona humana de un constitutivo fundamental.
La completa identidad de la persona humana, su vocación a vivir
la libertad y la comunión, se manifiesta y realiza en el encuentro y
configuración con Aquel que es la plenitud de lo humano y comunión plena en lo
divino, el Señor Jesús, Dios y hombre perfectos. Vale la pena ser hombre porque
Dios se ha hecho hombre en Jesús Hijo de María (Juan Pablo II, Homilía durante
la misa del Domingo de Ramos en el Jubileo de los Jóvenes, 15/04/1984, 3). En
la medida en que cooperemos desde nuestra libertad con la gracia y nos abramos
al misterio reconciliador del Hijo de Santa María, viviendo el dinamismo de la
comunión y del amor en todas las esferas de nuestra vida, seremos fieles a
nuestra propia humanidad.
CITAS PARA MEDITAR
Guía para la Oración
-
Creados a imagen y semejanza de Dios: Gén 1, 26-27; Sab 2, 23; Eclo 17, 3-8.
-
Grandeza y dignidad del ser humano: Sal 8; Rom 8, 14-17; Gál
4, 4-7.
-
El anhelo del encuentro con el Señor: Sal 27(26), 4-5; Sal
42-43(41-42), 2-4; Sal 63(62), 2; Jn 9, 1-38; Ap 3, 20
-
Jesús, plenitud de la humanidad: Ef 4, 13; Ef 4, 24; Col 1,
15-17.
PREGUNTAS PARA EL DIÁLOGO
-
¿Porqué es importante cuestionarse acerca del misterio del hombre?
-
¿Cuál es el fundamento de la dignidad humana que tiene que ver con tu vida?
-
¿Porqué el Señor Jesús es modelo de la plena humanidad?
-
¿Cómo puedes ser más fiel a tu vocación de ser persona humana?
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