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EL ANSIA DE LIBERTAD
Una de las características principales de nuestro
mundo es la conciencia de libertad. Constantemente oímos hablar de ella.
Nuestra cultura hodierna está edificada sobre el ansia de libertad, tanto así,
que difícilmente encuentra la publicidad un slogan más apelante que esta
palabra. Todo lo que ofrezca o simule ofrecerla es apreciado. Por el contrario,
todo lo que signifique normatividad o sujeción a una voluntad superior, todo lo
que nos hable de obediencia es rechazado o, en última instancia, aceptado como
mal menor en aras del ordenamiento social necesario para vivir la libertad
individual.
Esta ansia de ser libres es una característica que
no pasa desapercibida a nuestro esfuerzo por vivir y proclamar la Buena Nueva.
Es necesario siempre tenerla en cuenta si queremos dar una respuesta a los
hombres de nuestro tiempo.
LA LIBERTAD: ¿UNA REALIDAD?
Paradójicamente nuestra época que tanto exalta la
libertad se caracteriza también por ser la época en que de manera más
sistemática, sutil y no pocas veces brutal se ignora y olvida la libertad del
ser humano concreto. Aunque se escriban muchas declaraciones sobre este derecho
fundamental, es evidente que la libertad real es uno de los valores más
olvidados, y la palabra libertad uno de los término más manipulados por medios
de comunicación que no pocas veces sirven a intereses que nada tienen que ver
con la verdadera dignidad del hombre.
La noción de libertad suele ser ambigua. Se la
identifica generalmente con un simple hacer lo que me provoca o me parece que,
lejos de hacernos verdaderamente libres, se convierte en fuente de opresiones
de todo tipo. La libertad no puede estar desligada de la verdad. Si esto
ocurre, la obediencia a la ley del gusto y disgusto termina conduciendo al ser
humano a la esclavitud del pecado, con todas sus consecuencias de injusticia,
muerte y destrucción.
LA VERDADERA LIBERTAD
Es necesario preguntarse por el verdadero
significado de la libertad, y esto no es otra cosa que profundizar en la verdad
sobre el hombre, su dignidad y su destino. No se puede responder esta pregunta,
sin embargo, olvidando la dimensión trascendente del mismo. El ser humano no
encuentra su sentido sin responder al ansia de infinito que anida en su
interior, a esa profunda hambre de Dios que señalaba el Papa en su visita a
nuestras tierras.
Sin esta apertura a Dios, el hombre entiende mal su
libertad y la convierte en libertinaje. Queriendo erigirse en señor absoluto de
todo, termina siendo esclavo de su propia confusión. Y es que el hombre no es
un ser absoluto; su libertad por tanto tampoco lo es.
La verdadera libertad es una libertad participada.
Entender esto, lejos de restarle dignidad, enaltece a la persona y la encamina
hacia su plenitud. Una cita del magisterio nos aclara este panorama: "La
libertad del hombre es finita y falible. Su anhelo puede descansar sobre un
bien aparente; eligiendo un bien falso, falla a la vocación de su libertad. El
hombre, por su libre arbitrio, dispone de sí; puede hacerlo en sentido positivo
o en sentido destructor. Al obedecer a la ley divina grabada en su conciencia y
recibida como impulso del Espíritu Santo, el hombre ejerce el verdadero dominio
de sí y realiza de este modo su vocación real de hijo de Dios... La auténtica
libertad es servicio de la justicia, mientras que, a la inversa, la elección de
la desobediencia y del mal es esclavitud del pecado" (LC, 30)
El Señor Jesús es quien nos da la verdadera
libertad. En Él encontramos la victoria sobre la esclavitud del pecado. Sin
embargo, "es necesario... perseverar y luchar para no volver a caer bajo el
yugo de la esclavitud. Nuestra existencia es un combate espiritual por la vida
según el Evangelio y con las armas de Dios. Pero nosotros hemos recibido la
fuerza y la certeza de nuestra victoria sobre el mal, victoria del amor de
Cristo a quien nada se puede resistir" (LC, 53)
Este combate espiritual nos hace descubrir la
necesidad que tenemos de la gracia de Dios.
DIOS NOS DA SU GRACIA
En la economía de nuestra reconciliación, la
iniciativa es siempre de Dios Amor. Él nos amó primero. Por su gracia fuimos
creados a su imagen y semejanza, por su gracia reconciliados, por su gracia
somos invitados a participar de su naturaleza y realizar así los dinamismos
fundamentales de nuestro ser. Sólo en el Señor Jesús descubrimos la grandeza y
sublimidad de nuestra dignidad, de nuestra verdadera libertad, de nuestra
vocación a la plenitud.
COOPERAR CON LA GRACIA
Sin embargo, la gracia sola no basta. Es necesaria
nuestra libre cooperación. De lo contrario nuestra libertad se vería rebajada.
Dios nos creó libres para que libremente optemos por su Plan. Como decía San
Agustin, "Dios que te creó sin tu consentimiento, no te salvará sin tu
consentimiento".
Considerando este don de la libertad verdadera
descubrimos que, contrariamente a lo que el mundo cree, Dios no es caprichoso
ni arbitrario. Él no impone nunca nada a la persona, sino que coherente con la
racionalidad intrínseca de su Plan se manifiesta respetuoso de la libertad
humana: "Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la
puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo" (Ap 3, 20). Es
precisamente en este respeto de Dios por la libertad humana donde encontramos
manifestada la profunda dignidad que ésta le confiere al hombre. Y es
precisamente en la cooperación con el Plan de Dios donde la libertad encuentra
su plena realización.
MARÍA NOS ENSEÑA A ACOGER LA GRACIA
Esta acogida de la gracia se nos hace patente en la
vida de nuestra Madre. Como todo en la vida cristiana, la cooperación con la
gracia la aprendemos de Ella. Su vida no fue otra cosa que libre y amorosa
aceptación de los designios de Dios Amor. Desde la Anunciación hasta
Pentecostés la Sagrada Escritura nos la muestra haciéndose eco de la Palabra.
Ella es en todo momento la llena de gracia, lo cual evidencia su libertad plena
para acogerla. En María descubrimos cómo la libertad humana al cooperar con la
gracia de Dios, se plenifica y hace brillar en la persona su verdadera
dignidad.
Esta relación de María con la gracia no se queda en
Ella, sino que se hace difusiva. Su maternidad es gracia para nosotros, por
ella recibimos todas las gracias y cada una de estas bendiciones es un llamado
al ejercicio de nuestra libertad.
ALGUNOS MEDIOS PARA COOPERAR CON LA GRACIA
Uno de los principales medios a nuestro alcance es
la oración, el encuentro cotidiano con el Señor Jesús y Santa María y el
esfuerzo por acoger en nuestro corazón sus inspiraciones. Es necesario pedir la
gracia. Quien pide con insistencia nunca quedará defraudado (Mt 18, 19; Lc 11,
9-13; Jn 15, 7).
Junto con este primer medio e indesligablemente
unido a él está la participación en los sacramentos. Ellos son canales de
gracia que el Señor Jesús nos entrega para nuestro crecimiento en su amor.
Un tercer medio importante es la vida ascética, es
decir el esfuerzo constante por conformarnos con el Señor Jesús en la vida
diaria, en las alegrías y en los sufrimientos cotidianos. Sabemos bien que la
verdadera muerte personal está no en buscar nuevos sufrimientos, sino en asumir
los que ya tenemos uniéndonos a la Cruz del Señor Jesús, "completando en
nosotros los sufrimientos del Senor". (Col 1, 24).
Junto con esto es importante hacer de la alegría una
ocasión para dar gracias a Dios por todas sus bendiciones. Una característica
fundamental de la acogida de la gracia es la alegría.
CITAS PARA MEDITAR
Guía para la Oración
-
La auténtica libertad: Jn 8, 31-32; Rom 8, 14-17; Gál 4, 4-7.
-
Dios nos fortalece con su gracia: Jer 31, 3; 1Cor
1, 8; 2Cor 12, 9; Ef 2, 8.
-
Es necesaria nuestra libre cooperación: Jer 1, 17;
Jer 17, 14; Jer 31, 18; Mt 7, 21-27; 2Cor 6, 1.
-
Debemos esforzarnos, confiados en el auxilio de la
gracia: Col 1, 29; 2Tim 2, 1; 1Pe 1, 13.
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Trabajo de Interiorización
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