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Una de las preguntas fundamentales en la vida del
ser humano es la pregunta por la propia identidad. El hombre que no se conoce,
que no ha emprendido la aventura de intentar responder a esta pregunta
fundamental, difícilmente podrá responder a su vocación a la plenitud, a la
felicidad.
LAS MÁSCARAS
El hombre, ser para el encuentro, ha sido creado
para desplegar sus dinamismos fundamentales y realizarse en plenitud. Sin
embargo no son pocas las veces en que yerra el camino y opta por aquello que
sacia sólo en apariencia. Así, en vez de edificar su vida sobre la solidez de
la verdad, el hombre construye todo un universo de mentiras e ilusión, de
máscaras que nunca llegan a satisfacer sus expectativas. La máscara aparenta lo
que no es y oculta lo que pueda resultar desagradable. De esta manera la mueca
de una sonrisa puede ocultar un corazón profundamente solo; un rostro
endurecido puede proteger una interioridad terriblemente frágil; una llamativa
carcajada puede disfrazar el dolor más trágico.
Convencido de que el camino de las apariencias es lo
más fácil y rentable, el pobre hombre no se da cuenta de que las máscaras son
sólo reflejo mediocre del anhelo profundo de plenitud que anida en su corazón.
NO HAY TEMOR EN EL AMOR
El hombre no puede ser feliz si no colma sus
necesidades fundamentales de seguridad y significación. Estas se traducen en el
anhelo de vivir el amor y la búsqueda de un sentido en la vida. Pero para
saciarlos se debe partir de la verdad sobre uno mismo, sólo así puede el hombre
saber qué le falta y qué debe corregir.
Detrás de toda mentira, de toda inautenticidad se
encuentra el miedo. El inauténtico se enmascara porque piensa que tal como es
no puede ser amado o valorado y por ello necesita aparentar lo que no es o
cubrir sus llagas para ser aceptado. Se trata, entonces, principalmente de un
problema de temor. Lo paradójico es que el ocultarse detrás de las máscaras
sólo aumenta la inseguridad pues hay que seguir mintiendo para no ser
descubierto. Como es una seguridad aparente, al miedo se le suma la frustración
de saber, en el fondo, que uno es amado o aceptado por lo que aparenta y no por
lo que en verdad es.
EL RETO DE SER AUTÉNTICO
La autenticidad plantea toda una aventura pues exige
no sólo valor sino también confianza y generosidad. Definitivamente no es un
camino fácil pero ineludible para alcanzar nuestra realización y felicidad.
El camino de la autenticidad requiere valor para
entrar en uno mismo y así enfrentar lo que se es en verdad, bueno o malo. Lo
que se busca no es sólo lo negativo o desagradable, en realidad eso es sólo un
aspecto del peregrinar. Se trata de retornar al núcleo profundo y esencial de
los dinamismos fundamentales que me llevan a buscar el amor y la valoración
auténticos.
NECESITAMOS DE LOS DEMÁS
Se inicia así la aventura hacia la existencia
auténtica por el camino del conocimiento personal, pero pronto las dificultades
nos van mostrando que no podemos recorrer dicho camino en soledad. Ante la
falta de constancia, de conciencia de nosotros mismos, de silencio y
recogimiento para enfrentarnos, descubrimos que necesitamos ayuda. Nos damos
cuenta de que somos subjetivos y que nos duele reconocer la verdad sobre
nosotros mismos y que muchas situaciones sólo se dejan iluminar desde fuera.
La autenticidad se revela, entonces, como un camino
solidario y no solitario.
EL SEÑOR JESÚS NOS MUESTRA NUESTRA IDENTIDAD
En el Señor Jesús se nos revela la principal razón
de nuestra esperanza que disipa todos los temores. Su entrega amorosa en la
Cruz da testimonio de su amor por nosotros y nos revela que nos ama no sólo a
pesar de ser como somos sino porque somos así. El descubrimiento del amor
radical del Señor por nosotros es la primera garantía que nos alienta a la
confianza y a despojarnos de las sombras de la inautenticidad.
Sólo el Señor Jesús muestra el hombre al propio
hombre y le descubre la sublimidad de su vocación: la comunión y participación
en el Amor. Esto que se dice del hombre en general es una realidad que cada
cristiano vive de manera concreta: en el Señor Jesús cada uno se descubre a sí
mismo y la realización de sus expectativas más profundas. El Señor Jesus "sabía
lo que había en el hombre" (Jn 2, 25), nadie como Él nos conoce tanto, ni
siquiera nosotros mismos. En Él pues, está la respuesta a la pregunta por la
propia autenticidad. El Señor Jesús nunca dejó de mostrarse auténtico, fiel a
sí mismo y a su mision. "No encontraron mentira en su boca" (1Pe 2, 22).
MARÍA: MODELO DE AUTENTICIDAD
El Señor Jesús nos deja como testamento a María
nuestra Madre como modelo de autenticidad, de respuesta a los dinamismos
fundamentales. Ella, la Virgen de Nazaret, encuentra su plenitud y su verdadera
libertad en el cumplimiento del Plan de Dios, en la fidelidad al designio
divino que, en última instancia, no es sino la opción por su propia
realización, por su felicidad. María nos enseña el camino de la verdad sobre
uno mismo, de la libertad verdadera, íntima, plenificante. Por el camino del
silencio ella va conformándose con el Señor Jesús, su corazón va latiendo al
unísono con el de Dios hecho hombre, su mente va meditando y guardando la
Palabra que guiará todos sus actos, todas sus palabras. María y el Señor Jesús
nos muestran cómo el ser humano madura realmente haciéndose servidor de sus
hermanos, haciéndose silente colaborador de Dios en la reconciliación del
hombre con Él, consigo mismo, con los hermanos humanos, con la creación entera.
TESTIGOS DE LA VERDAD
Como hijos de María, llamados a cooperar con su
misión evangelizadora, debemos anunciar a tiempo y a destiempo a Aquel que es
la Verdad misma. La opción por la autenticidad es conformarse con el Señor
Jesús y proclamarle en la propia vida.
No existe mejor prédica que el testimonio de la
coherencia personal pues quien no vive como piensa, termina pensando como vive.
Los desafíos actuales nos exigen una denuncia radical y valiente de toda
mentira para así anunciar la única Verdad traída por el Señor Jesús, de camino
a la construcción de la Civilización del Amor.
CITAS PARA MEDITAR
Guía para la Oración
-
No puede haber temor ni mentira en el amor: Jn 3,
18ss; Jn 4, 18ss.
-
Sólo la verdad sobre nosotros mismo nos puede dar
la libertad: Jn 8, 32.
-
El Señor Jesús es la verdad: Jn 14, 6.
-
La verdad del Señor nos guía en el conocimiento de
nosotros mismos: Jn 7, 37; Sal 43(42).
-
Nadie nos conoce mejor que el Señor Jesús: Sal
139(138).
-
La fidelidad al Señor es fidelidad a uno mismo: Ap
2, 10.
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Trabajo de Interiorización
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