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CELEBRAR Y MEDITAR
Navidad es un tiempo de celebración y profunda
alegría que suscita conmovedores ecos en nuestro corazones. Sin embargo, no
siempre resulta fácil encontrar una actitud adecuada para vivir este misterio,
que ciertamente nos desborda. Por ello lo más acertado es volver la mirada
hacia la Madre.
En un hermoso pasaje, San Lucas nos narra cómo ante
la adoración de los pastores en Belen, "María, por su parte, guardaba todas
estas cosas, y las meditaba en su corazón" (Lc 2, 19). En medio de la profunda
alegría que invade el corazón de la Madre, su actitud reverente ante la
elocuencia del misterio presente le permite comprender que dicha alegría no
agota de ninguna manera la densidad del milagro que está presenciando. Ella
entiende que es necesario atesorar estas cosas en el corazón y meditarlas.
Es por ello que la Navidad no sólo es un tiempo de
profunda celebración, sino también una bella ocasión para meditar en torno a su
sentido y sus consecuencias. Se trata de poner el corazón en sintonía profunda
con el de Santa María y, latiendo al unísono con sus reflexiones, abrirnos a la
gracia para percibir las bendiciones traídas por el Hijo de Dios que puso su
morada entre nosotros.
LAS PROMESAS CUMPLIDAS
A causa del pecado original el hombre se encuentra y
se experimenta quebrado interiormente. La ruptura signa su existencia, pues
llamado a la plena comunión y participación en el encuentro con Dios, se
descubre lleno de limitaciones y obstáculos, incapaz de colmar sus anhelos más
profundos. La frustración y el dolor le invaden llevándole a la nostalgia por
un Reconciliador que pueda devolverle el verdadero sentido de su existencia y
su vocación.
Es así que en el milagro de la Navidad-Encarnación
no sólo se ven cumplidas las promesas mesiánicas hechas al pueblo de Israel,
sino también nuestras propias expectativas por un Salvador. Toda nuestra
nostalgia se reconciliación, la espera de un Redentor se ven iluminadas por la
encarnación del Verbo. Sólo en el Señor Jesús se revela plenamente el misterio
de nuestra propia identidad y realización.
TANTO AMÓ DIOS AL MUNDO QUE ENTREGÓ A SU HIJO ÚNICO
El misterio de la Navidad encierra la máxima
expresión del amor de Dios, quien envía a su propio Hijo. Toda la frustración,
terrible y desolada, de la ruptura fontal con el Dios Amor, la oscuridad que
ensombreció el corazón humano, se ve disipada por el destello luminoso y
esperanzador de la encarnación del Hijo de Dios que se hace hombre.
Las palabras de San Juan no pueden ser más claras
cuando nos dice que "en esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que
Dios envió al mundo a su Hijo único para que vivamos por medio de Él" (Jn 4,
9). Es así que en el Señor Jesús, Dios sale al encuentro del hombre para
introducirlo en el dinamismo amoroso de la reconciliación.
EL VERBO SE HIZO CARNE
El misterio de la Navidad-Encarnación también es una
oportunidad para reflexionar en torno a nuestro propio servicio apostólico.
El primer elemento que podemos descubrir es que
María da a luz al Hijo de Dios porque antes permitió que Él se encarnase en
Ella. De la misma manera el primer paso para nuestro apostolado consiste en
permitir que el Señor Jesús se encarne en nuestros corazones. No podemos
cansarnos de repetir que el primer campo de apostolado soy yo mismo. Así la
medida de nuestro apostolado no está en las cantidades ni en la
espectacularidad de los resultados, sino en la medida de nuestra propia
santidad de vida.
EL LENGUAJE DEL MISTERIO
No cabe duda que el misterio y el asombro envuelven
con cierto velo enigmático la noche de la Natividad. Sin embargo una mirada
reverente nos permite penetrar su transparencia y, desentrañando el lenguaje de
los gestos y los símbolos, recoger tesoros invalorables de manos de nuestra
Madre.
De entre los muchos rasgos edificantes que podemos
descubrir al pie del pesebre vamos a señalar en esta ocasión sólo dos.
El relato del nacimiento nos presenta una escena
sumamente sencilla. María, después de dar a luz a su Hijo, "le envolvió en
pañales y le acostó en un pesebre" (Lc 2, 7). Los únicos movimientos de María
que recoge el relato son gestos hacia el mismo Señor Jesús, manifestando que
Ella, a la vez que muestra al Hijo a toda la humanidad, se encuentra volcada en
atención y servicio, en ternura y reverencia hacia Él. Con ello nos educa en el
apostolado a transmitir al Señor Jesús a las demás personas con la mirada y el
corazón fijos en Él, volcados a su servicio, conmovidos profundamente por su
misteriosa presencia.
Por otro lado, siguiendo el relato, San Lucas nos
cuenta de unos humildes pastores que, recibiendo el anuncio de un ejército de
ángeles, van presurosos a adorar al Salvador que ha nacido bajo el abrigo de la
noche. Al llegar al pesebre "encontraron a María y José, y al niño acostado en
el pesebre" (Lc 2, 17) y les contaron lo que habían visto y oído. El relato
deja entrever que María acoge esto maravillada, su corazón fascinado y
conmovido guarda todo esto y lo medita interiormente. ¡Qué ejemplo de
reverencia nos da la Madre! No son pocas las veces en que nosotros, rutinizados
y cegados por el activismo perdemos nuestra capacidad de asombro y no podemos
maravillarnos ante nuestro propio apostolado, ante el hecho sencillo y
sobrecogedor de transmitir al Señor Jesús. Perder dicha capacidad de asombro
significa perder también una fuente inagotable de profunda alegría.
DIOS HECHO NIÑO
Las primeras palabras del ángel a los pastores de
Belén, fueron "No temáis, pues os anuncio una gran alegría..." (Lc 2, 10) y más
adelante dirá "y esto os servirá de señal: encontraréis un niño en pañales y
acostado en un pesebre" (Lc 2, 12). En medio de una cultura y un mundo
secularizados, en el que Dios es un enemigo o un rival, ante un hombre que
suele tener miedo ante lo que Dios le pueda pedir, María nos entrega a un Jesús
hecho niño. Un niño que no atemoriza ni inspira desconfianza, sino que por el
contrario despierta en el corazón humano sentimientos de ternura y acogida.
Esta es una dimensión irrenunciable de nuestro apostolado pues constituye un
mandato del mismo Señor Jesús, el de ser "mansos como las palomas" (Mt 10, 16).
Y es que Jesús en un pesebre nos señala una actitud importante en nuestro
servicio evangelizador, la de ser como niños: abiertos, generosos,
transparentes, espontáneos, carentes de malicia o segundas intenciones,
confiados, puros y sobre todo dóciles a la voluntad del Padre. Muchas barreras
y temores simplemente se derrumban ante un corazón transparente que no teme ser
auténtico ni mostrarse frágil, permitiendo a un niño acceder a dimensiones
humanas que se le niegan a un corazón endurecido.
CITAS PARA MEDITAR
Guía para la Oración
-
La Navidad-Encarnación es un misterio de amor: Jn 4, 9.
-
Santa María se vuelca en atención a su Hijo: Lc 2,
7.
-
Ante el misterio, María atesora y medita en el
corazón: Lc 2, 15-20.
-
El Hijo de Dios se hace niño: Lc 2, 10-12.
-
El Señor Jesús es el Mesías esperado: Is 7, 14; Mi
5, 1ss; Jn 4, 25.
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Trabajo de Interiorización
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