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DESEO DE SANTIDAD
 

SACIAR EL HAMBRE

La existencia humana se ve atravesada y signada por la tensión entre el hambre de trascendencia y la experiencia de la propia limitación. La persona humana descubre un dinamismo que brota de su naturaleza más profunda y que la lleva a aspirar a la plenitud de la realización. Nada de lo que el mundo le ofrece al ser humano parece saciarlo plenamente, nada de lo que puebla la tierra es capaz de aliviar auténticamente sus anhelos más profundos, pues su naturaleza trascendente reclama el horizonte sobrenatural que sólo Dios le puede ofrecer. Se constata así la profundidad de las palabras de San Agustín que reclaman la santidad: "Nos creaste para Ti y nuestro corazón andará siempre inquieto mientras no descanse en Ti" (Confesiones I, 1, 1).

EL DESEO DE SANTIDAD

No se debe confundir el deseo de santidad -ejercicio de virtud consciente y voluntario de cooperación con la gracia- con el hambre de Dios que habita en el hombre como huella inscrita en su propia naturaleza y que puede ser traicionado si se trata de saciar con meros sucedáneos.

El pecado origina la ruptura y el desorden en la interioridad del hombre. Por ello, si no se es consecuente con los dinamismos auténticos, saliendo al encuentro de la gracia derramada en nuestros corazones, los anhelos humanos más profundos pueden verse tristemente frustrados.

El deseo de santidad no es otra cosa que la adhesión cordial y profunda al Señor Jesús. Pero es más que un simple querer; se trata de orientar toda la fuerza vital de la persona no hacia algo, sino hacia el encuentro con Alguien. Se sitúa de lleno en la fe del corazón, centro de la existencia misma.

El deseo de santidad debe ser entendido como un camino hacia un encuentro. Aunque no sea necesariamente un amor ya realizado, sí se puede comprender como el deseo de amar, el querer. Consiste en un aprendizaje de amor. En la medida en que se va conociendo se va amando más y el mismo amor va llevando a conocer mejor.

En ese sentido el amor humano por otra persona nos ilustra. Si bien, al inicio de una relación humana no hay conocimiento pleno de la otra persona, existe un deseo de conocer más para poder amar más, ya que nadie ama aquello que no conoce.

Sin embargo, para poder seguir al Señor Jesús, no basta conocerlo, ni siquiera basta experimentar su amor, es necesario que desde la propia libertad la persona opte consciente y radicalmente -desde su raíz más profunda- por responder al amor de Dios que nos invita a la plenitud. El joven rico del Evangelio es un triste caso de aquel que conoce, sabe y no quiere querer.

POR EL CAMINO DEL SILENCIO

El camino ascético del silencio se nos ofrece como medio privilegiado para reordenar todos nuestros afectos y pasiones, y permitir así que la gracia obre la santidad en nosotros. No está demás recordar que se trata de un camino positivo, integral y dinámico que busca armonizar y reconciliar el corazón humano para así focalizar todas sus energías hacia la conformación con el Señor Jesús.

Hacer silencio en el corazón significa reorientar todo afecto y pasión desordenada que pueda alejarnos del Señor Jesús para, desde una libertad poseída, responder al llamado del Dios Amor.

UN CORAZÓN INDIVISO

El deseo de santidad exige alcanzar, por el camino del silencio, un corazón indiviso, un corazón que vea reconciliadas sus rupturas y no encuentre fractura ni división alguna. El Evangelio nos dice que "nadie puede servir a dos senores" (Mt 6, 24). Pero un corazón indiviso no es aquel que tiene un solo amor, sino aquel que ve todos sus amores armonizados y jerarquizados rectamente bajo la soberanía de un solo Señor. Un corazón indiviso es la fortaleza que, cimentada sobre la gracia, constituye la garantía de la fidelidad.

Un corazón fragmentado y dividido deja escapar sus impulsos vitales por las grietas de su propia dispersión, haciéndose incapaz de latir con la fuerza que reclaman sus propias aspiraciones. Un corazón así corre grave riesgo de dejar infecunda la gracia sembrada por Dios. Por el contrario, un corazón silente e indiviso encuentra en el deseo de santidad la energía capaz de lanzarlo en un amor heroico, abnegado, que no da paso a la mezquindad, la apatía o la tibieza. Nuevamente nos puede ilustrar el ejemplo de un amor humano. Alguien realmente enamorado de otra persona no escatima esfuerzos ni preocupación por quien es objeto de su afecto.

UN HOMBRE JUSTO

Al contemplar la imagen de Santa María de la Reconciliación descubrimos que su corazón inmaculado está coronado por una llama ardiente de amor indiviso por su Hijo. Ella es escuela de la santidad a la que aspiramos, paradigma de unidad y de un corazón reconciliado en todos sus afectos y pasiones. Pero al lado de Santa María descubrimos la discreta presencia de San José, cuyo corazón palpita al unísono con el de su Esposa.

En medio del misterio y del silencio que envuelven la presencia de José descubrimos el ejemplo cercano y conmovedor de un corazón indiviso. El, "a quien Dios mismo confió la custodia de sus tesoros más preciosos y más grandes" (RC, 32), es el primer testigo del proceso de amorización. Vive, además, de manera profunda la obediencia y la castidad, dos pilares que le permiten tener un corazón realmente unificado, libre y disponible para adherirse al Plan de Dios.

José es modelo de la obediencia porque permanece atento a la voz que viene de lo alto para iluminar su vida. Acoge reverente lo que Juan Pablo II llama la "anunciación nocturna" (RC, 19) y acepta el Plan de Dios por encima de sus propios planes, lanzándose así a la aventura de la fiel disponibilidad. La obediencia lo lleva con prontitud a Egipto en medio de la noche. Lo hace además con lo poco que llevaba, pues estaba en Belén sólo de paso. Para el hombre de este siglo, instalado en al comodidad de falsas seguridades y cerrado sobre sus propios caprichos, José encarna un modelo siempre cuestionante. La obediencia lo mantiene alerta y desinstalado para lo que Dios le va pidiendo.

Por otro lado, José es modelo de castidad para todo cristiano. No es difícil imaginar toda la ternura y afecto que sentía por María. Su corazón, sensible y bondadoso, no podía albergar más que cariño y dulzura por la Madre del Reconciliador. Sin embargo, todo ese amor y ese afecto estaban siempre ordenados al Plan de Dios, pues toda la fuerza de su amor sólo tiene sentido en el marco del designio divino. El amor de José brota de un corazón transparente. Sus afectos, permeables a la gracia, están rectamente ordenados y poseídos permitiéndole ser libre y disponible a lo que el Señor le va señalando como su Plan.

De esta manera, San José muestra un camino fecundo para quien desea sinceramente la santidad. El esposo de María es modelo para los hombres y mujeres de todo tiempo. Su figura silente y modesta, peregrina a la sombra del Señor, alienta a vivir en constante escucha al Plan de Dios para permitir que la gracia dé buenos y abundantes frutos de santidad.

Nos invita también a luchar por guardar soberanía sobre un corazón puro y unificado, capaz de responder al amor de Dios con la intensidad que reclaman sus aspiraciones más profundas. Un corazón indiviso como el de San José es el horizonte que nos señala el deseo de santidad.

CITAS PARA MEDITAR
Guía para la Oración

  • Deseo de santidad: 1Cor 9, 24-25; 1Cor 12, 31; Col 3, 1-4; 1Tim 6, 11-12.
  • Un corazón indiviso: Dt 6, 4-5; Mt 6, 24; Col 3, 23-24.
  • Un hombre justo: Mt 2, 13-15; Mt 2, 19-23; Lc 2, 16.
  • La obediencia nos hace disponibles para adherirnos al Plan de Dios: Is 6, 8; Mt 26, 39; Jn 4, 34; Jn 6, 38.
  • La castidad nos da un corazón libre y unificado: Mt 5, 8; Mt 5, 27-30; Gál 5, 16-18; 1Tes 4, 3-7.

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