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"¡Cristo, su mensaje de amor, es la respuesta a los males de nuestro tiempo! Él
es quien libera al hombre de las cadenas del pecado para reconciliarlo con el
Padre. Sólo Él es capaz de saciar esa nostalgia de infinito que anida en lo
profundo de vuestro corazón. Sólo Él puede colmar la sed de felicidad que
lleváis dentro... Vuestra sed de Dios no puede ser saciada por sucedáneos".
(Juan Pablo II, Discurso a los jóvenes, Lima 15/05/1988, 3).
UNA CULTURA DE MUERTE
Nuestro tiempo está signado, indudablemente, por la
crisis. Vivimos los estragos de la pérdida de ideales, el trastocamiento de
valores y la consecuencia pérdida de sentido de la vida humana. Pareciera que
el hombre ha olvidado la clave de su propia identidad y con ello el rumbo de su
existencia.
Hablamos de un hombre que anhela profundamente la
felicidad pero que, al no conocerse, opta por caminos errados, por rutas sin
destino. Hablamos de los sucedáneos, de sustitutos que, con apariencia de bien,
tratan de saciar las aspiraciones últimas del hombre, el anhelo de infinito que
habita en su corazón, con respuestas finitas y parciales como el poder, el
placer y el tener.
Esto forma parte de una cultura de muerte que trae,
entre otras cosas, dos consecuencias funestas. Por un lado, arraiga en el
hombre un hábito de procurar saciar sus necesidades no con lo que realmente
sacia, sino con meros sucedáneos por el solo hecho de que resultan más cómodos
de adquirir, fabricados al por mayor y ofrecidos bajo coloridas etiquetas. Es
la opción por los facilismos, por tomar in supuesto atajo que en realidad
conduce a un abismo de mediocridad. ¿Para qué buscar amistades auténticas si
todo el mundo prefiere relaciones superficiales? ¿Para qué buscar un amor
profundo y puro si basta con sentirse bien? ¿Para qué morir por ideales si ya
nadie creo en ellos e igual sobrevive? ¿Para qué buscar ser auténticamente
valioso si basta con aparentar lo que el resto quiere ver?
La otra consecuencia es que se cae en una terrible
inconsciencia. El ser humano pierde sensibilidad frente a sus propios
dinamismos fundamentales. Se hace incapaz de oír los anhelos de su corazón
endureciendo, y no sólo decodificando equivocadamente sus necesidades
profundas, sino que se hace sordo a ellas y a sí mismo. Por ello el hombre vive
alienado, ajeno al palpitar de su corazón.
Sobreviene entonces una frustración profunda, ya que
en el fondo las necesidades del hombre no son saciadas, sus dinamismos
fundamentales se ven truncos y el hambre interior persiste, añadiendo a la
insatisfacción existencial la angustia de no encontrar respuestas a la medida
de sus aspiraciones.
EL CAMINO DE LA VIRTUD
Ante nuestros ojos se abren dos caminos posibles.
Hacia un lado tenemos el sendero de los sucedáneos y los facilismos mediocres
con toda su secuela de mentira existencial y frustración profunda. Ruta que
desgraciadamente es tomada por multitudes por su aparente comodidad. Y es que
el camino hacia el abismo es siempre una pendiente en bajada.
Por otro lado, tenemos el camino esforzado de la
autenticidad, la ruta cierta de la virtud. Aquella que no traiciona las
expectativas humanas, sino que busca llevarlas a su realización plena. Hablamos
de la senda escarpada, del ascenso agreste hacia la cumbre de la existencia.
Pero no se trata de una opción extraordinaria, en cuanto exclusiva sólo para
algunos, sino más bien de la ruta obligada para todo hombre que quiere ser
feliz. La plenitud humana siempre ha sido una aventura de conquista, de
ideales, de generosidad y entrega. Hay quienes creen que para ser plenamente
felices basta con dejarse llevar por la corriente evitando así las
incomodidades y sufrimientos. Aquéllos no tardarán en descubrir que la
corriente no sólo va para abajo, sino que no ahorra en nada los sufrimientos e
insatisfacciones propios de la vida humana.
QUE ES LA VIRTUD
La virtud es la respuesta de cooperación con la
gracia que realiza el hombre para madurar en el camino de la fe. El ser humano
va madurando por este camino de la fe hasta la plenitud del amor, núcleo
interior de la virtud. Es conquistar una calidad humana abriendo las facultades
y potencias a los impulsos de la gracia, para permitir que el Señor Jesús viva
en nosotros.
La virtud contiene o implica algunos rasgos que la
cualifican: Un dinamismo reconciliador que unifica todas las potencias y
facultades del ser humano, dándole armonía e integración. El señorío de sí, que
habla de autodominio, auto control, manteniendo una recta jerarquía y orden de
las fuerzas interiores. Una grandeza de espíritu referida a la magnanimidad y
generosidad del hombre que rige su conducta por ideales y valores elevados. El
sentido del deber entendido como una conciencia de responsabilidad frente a las
metas e ideales que lo lleva más allá de sus propios caprichos y gustos. La
libertad que lo hace disponible, pues el virtuoso no se ve atado por ideales
rastreros y mezquinos; se descubre libre de lo contingente, de lo
circunstancial. La virtud implica también una lucha heroica en la que se prueba
la capacidad de sacrificio, de entrega y de abnegación. Nos conduce a la
semejanza divina, pues lleva al ser humano a transcender el plano meramente
natural y contingente para situarlo, al responder a la gracia, en un horizonte
de plenitud sobrenatural.
Todo esto es la virtud, que en colaboración con la
gracia trae consecuencias que son justamente las opuestas a las que suscita el
camino de los sucedáneos. El virtuoso no sólo ve respondidos auténticamente y
en plenitud sus anhelos fundamentales, sino que se hace más consciente de sí
mismo y de sus verdaderos impulsos interiores.
ENCARNAR LA VIRTUD
Así como la grandeza del misterio humano sólo se
revela a la luz del misterio del Señor Jesús, la clave de la virtud humana sólo
se aclara en Jesucristo, que es la Virtud misma. Él es el modelo de plenitud
humana. La virtud en el fondo no es otra cosa que el camino de conformación con
el Señor Jesús por la senda de la amorización.
Mirando al Hijo de Santa María aprendemos a vivir la
virtud en sus opciones fundamentales, rechazando los sucedáneos y sus amargas
consecuencias. Él nos enseña a oponer la obediencia y la actitud de servicio al
deseo de poder, la pureza y la castidad al deseo desordenado de placer, y la
recta valoración de los bienes temporales al afán desmedido de tener.
Éste es el camino señalado por el Señor y que
constituye todo un programa de vida, de lucha esforzada por acoger la gracia de
Dios, pero cuya recompensa colma y sobrepasa la medida de nuestras
expectativas.
A LA VIRTUD POR MARÍA
Todas las características mencionadas sobre la
virtud son aplicables a la Madre del Reconciliador, ya que Ella vivió a
plenitud su humanidad. Bastaría recorrer los pasajes de su vida para
entenderlo. Desde la Anunciación-Encarnación hasta el momento culminante del
Calvario, Ella supo responder libremente a lo que el Señor le pedía, pues su
estado interior de unidad y receptividad le permitió ser autoconsciente de sus
dinamismos fundamentales y darles auténtica respuesta. En Ella se armonizan y
reconcilian la libertad humana y la gracia sobrenatural.
María, fiel a su función dinámica, nos conforma con
su Hijo, nos educa y acompaña en el camino de la virtud. Ella es, además, signo
de aliento y esperanza para los que aún peregrinamos anhelantes, pues es
testimonio histórico de que el Señor sí cumple sus promesas. Ella, que llevó en
su seno a quien es la virtud misma, es Madre de la creación, señal de la vida
plena que se ha derramado en nuestros corazones por la acción reconciliadora de
su Hijo.
CITAS PARA MEDITAR
Guía para la Oración
-
El camino de la virtud: Sal 1; Rom 5, 3-4; Flp 4, 8; Col 3, 1-4; 2Pe 1, 5-7.
-
Vivir la virtud es conformarse con el Señor Jesús:
Gál 2, 19-20; Ef 5, 1-2; Col 2, 9-10.
-
La virtud como señorío de sí mismo: Col 3, 12-15;
1Tim 4, 12; 1Pe 1, 13.
-
Supone una lucha heroica: 1Cor 9, 24-26; 2Cor 11,
23-29; Flp 4, 12-13; Heb 12, 1-4.
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Trabajo de Interiorización
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