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JESUCRISTO AYER,  HOY Y SIEMPRE
 

"Señor, ¿dónde quién vamos a ir? Tu tienes palabras de vida eterna..." (Jn 6, 68). Con estas conmovedoras palabras Pedro hace una confesión de fe. Ella brota de la profunda convicción existencial de que en el señor Jesús y sólo en Él- hallamos la fuente viva de plenitud que tanto anhelamos. La pregunta resuena en nuestros corazones. Fuera del Señor Jesús no tiene sentido nuestra vida. ¿Hay acaso alguna posibilidad de vida verdadera alejados del Señor Jesús?

EL ANHELO DE PERMANENCIA

Vivimos inmersos en un mundo y en una cultura caracterizados por el cambio constante y acelerado. Incluso se llega a pensar que nada permanece, que lo único real es el devenir. Todo es mudable y la referencia a un punto de apoyo sólido se hace extrañar. Vivimos, muchas veces, en medio de la inseguridad de lo inestable, de lo pasajero y efímero. Con este todo cambia que muchos plantean la tecnología, la política, nuestros estados de ánimo y nuestras ideas, e incluso la moral- pareciera que nada es esencial, que nada merece ser objeto de una confianza permanente. Con facilidad olvidamos que detrás de todo cambio siempre hay algo sustancial que permanece, que no se muda.

La ruta de lo cambiante sin un sustento sólido y estable da origen a la inseguridad y a la insatisfacción interior, reflejando así una ansia profunda por la permanencia, aunque ésta no siempre sea del todo consciente. De esta manera se revela en el cansancio del corazón humano un deseo de seguir siendo, de permanecer en el ser, de situarse en un horizonte de eternidad. Lo que se puede despertar en nuestro interior al contemplar un cielo despejado, la inmensidad del mar, la profundidad silenciosa de un valle o la solidez inmutable de unas montañas puede identificarse con este anhelo arraigado en nuestra naturaleza humana.

JESUCRISTO AYER, HOY Y SIEMPRE (Heb 13, 8)

La búsqueda de lo permanente termina, en el fondo, llevándonos a constatar que detrás de todo anida una profunda hambre de infinito que sólo puede saciarse en el Señor Jesús, Verbo Encarnado, modelo de hombre pleno. Él, que es raíz de nuestra esperanza, es quien nos ofrece esa permanencia que buscamos ansiosamente, como lo manifiestan numerosos personajes en los Evangelios. El joven rico pregunta que "hacer para tener en herencia vida eterna" (Mc 10, 17ss), haciendo evidente su hambre de eternidad en busca de un horizonte de mayor significación. La samaritana en el pozo va tomando conciencia de que su insatisfacción sólo puede ser colmada por el agua viva que ofrece el dulce Señor de Nazaret (Jn 4, 5ss). En la transfiguración del Señor, Pedro, deslumbrando por la gloria de Dios, quiere quedarse ahí y hacer tres tiendas porque experimenta que "bueno es estarnos aquí" (Mc 9, 2ss), descubre que es bueno permanecer cerca del Señor. El pasaje de los discípulos camino a Emaús (Lc 24, 13ss) resulta conmovedor no sólo por la insistencia con que se le pide al Señor que no se aleje, que se quede a compartir la mesa, pues Él no sólo les ha encendido los corazones, sino porque el mismo Señor Jesús muestra su deseo de quedarse a compartir el pan. La Eucaristía es para nosotros el sacramento de esa presencia real y permanente del Hijo de María que vino para poner su morada entre nosotros. Éstos son sólo algunos testimonios de esa permanencia manifestada en el Señor Jesús y que nuestros corazones reclaman anhelantes.

La frase tomada de la Carta a los Hebreos "Jesucristo ayer, hoy y siempre" (Heb 13, 8) hace referencia a una permanencia del Señor no sólo temporal, sino también sustancial. En medio de novedades y cambios, de confusiones y errores, la persona del Señor Jesús es lo único esencial y fundamental, centro de todo y sustento de nuestras existencias. Es la afirmación firme y confiada de que sólo en el Hijo de María podemos encontrar los cimientos sólidos de la permanencia para edificar sobre ellos la plenitud de nuestra realización.

Todo nuestro esfuerzo por abrirnos a la gracia y alcanzar la santidad, nuestra proyección apostólica, nuestra vida de comunión fraterna, debe fundamentarse en la persona del Señor Jesús. Ningún otro afán debe distraernos de Jesucristo. En todo momento debe inspirarnos la riqueza inagotable que contiene la persona del mismo Señor de Nazaret. En Él descubrimos una fuente siempre renovada de luz para nuestras vidas, que nos revela, por un lado, el misterio de Dios y su designio amoroso y, por otro lado, el misterio del ser humano.

De esta manera vemos que el renovado esfuerzo por la propia santidad y el ímpetu apostólico reclamados por la Nueva Evangelización se centran en la presencia siempre antigua y siempre nueva de Jesucristo, nuestro Reconciliador y modelo de plena humanidad.

EL HIJO DE SANTA MARÍA

Al volver la mirada al Señor Jesús descubrimos también a María. Ella nos muestra el misterio de su Hijo con renovadas luces y nos introduce en la dinámica de la conformación amorosa con Él.

Por María la Palabra se encarna y pone su morada entre nosotros. Por Ella misma el Señor Jesús se hace carne en los corazones de todos los hombres, pues es fiel testamento de su Hijo dejado en la Cruz de ser Madre nuestra.

La presencia histórica de Santa María en nuestro continente confirma su función dinámica como Madre de todos los hombres. Desde Guadalupe momento crucial en la primera evangelización el rostro maternal y misericordioso de la Madre se muestra al hombre latinoamericano, acercándolo a su Hijo con renovado ardor. Por Ella el Señor Jesús se hace hombre y por lo tanto connatural a todo ser humano. Si el Señor, asumiendo nuestra naturaleza, permanece siempre contemporáneo y cercano al hombre de cualquier época, lugar y cultura, es precisamente por ser Hijo de Mujer, Hijo de María. La permanencia del Señor ayer hoy y siempre, sensible a toda realidad humana, podemos comprenderla desde el corazón amante de su Madre.

Para nosotros, peregrinos invitados a la santidad, no existe otra manera de vivir la centralidad y presencia permanente del Señor Jesús, que no sea por el camino de la piedad filial, amando a María con el mismo amor con el que la amó el Señor Jesús, su Hijo. Caminar con la Madre es la mejor garantía de nuestra fidelidad al dulce Señor de Nazaret.

CITAS PARA MEDITAR
Guía para la Oración

  • Jesucristo ayer hoy y siempre: Heb 13, 8. Anhelo profundo de permanencia: Sal 27(26), 4-5; Mc 10, 17-22; Lc 24, 28-29; Jn 4, 15.
  • El Señor Jesús responde a nuestro dinamismo de permanencia: Mt 11, 28-30; Jn 4, 13-14; Jn 6, 35; Jn 6, 48-51.56; Jn 7, 37-38.
  • Sólo da fruto el que permanece en el Señor: Jn 15, 4-5; Jn 15, 10.

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