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No resulta sencillo hablar del Espíritu Santo aunque
su acción lo inunde todo y llegue hasta lo más profundo de nuestros corazones.
Su presencia fecunda y silenciosa resulta análoga al aire que llena nuestros
pulmones: es invisible, apenas si lo percibimos, pero por una acción oculta a
nuestra mirada nos permite la vida.
Para poder acercarnos al misterio del Espíritu Santo
vamos a fijar la mirada en la imagen de nuestra Madre, María de la
Reconciliación. Descubrimos que sobre su corazón inmaculado arde una llama de
fuego, signo del amor por su Hijo y signo también de la presencia actuante y
dinámica del Espíritu del Amor en su existencia. Esto nos da una primera pista,
pues para encontrarnos con el Espíritu de Dios es necesario no sólo que hagamos
silencio exterior, sino sobre todo, silencio interior, sosegar nuestro corazón
y hacernos sensibles a sus latidos.
EL DESCONSUELO DEL HOMBRE
El hombre es un ser creado por amor y para
realizarse amando, por ese motivo no nos debería sonar extraño que su mayor
desconsuelo sea el descubrir la fragilidad de su corazón y de su propia
capacidad de amar. Sumidos en contradicciones y extravíos encontramos que, a
causa de nuestras miserias y egoísmos, se nos hace difícil vivir con
profundidad el dinamismo amoroso del encuentro, la única senda capaz de
realizarnos a plenitud. Frente a un Señor Jesús que, desde la Cruz, nos llama y
nos invita a la felicidad verdadera, frente a un Dios que lo entrega todo,
nosotros sólo podemos responder con el débil latido de una entrega temerosa.
Ante esto ¿cómo no vivir desconsolados?
Tal vez ésta sea una experiencia similar a la de los
apóstoles. Ellos han caminado al lado del Maestro, han visto con sus ojos las
acciones del Señor y han escuchado su voz pronunciando sus propios nombres.
Ellos lo han visto entregarse hasta el extremo como el Amigo bueno y lo han
visto atravesar triunfante y resucitado el negro velo de la muerte, sin
embargo, todo eso no basta. A pesar de todo lo experimentado y compartido con
el Señor Jesús, descubren las limitaciones de un corazón de piedra, frío y
endurecido, incapaz de corresponder al amor del Crucificado con toda la fuerza
y la generosidad de sus propios anhelos. Llenos de miedo y timidez aguardan
afligidos y a puerta cerrada. ¿Cómo medir el dolor y el desconsuelo? ¿Quién
podrá aliviar semejante frustración?
La voz antigua que viene desde lo alto parece querer
respondernos a través del profeta Ezequiel cuando nos anuncia: "os daré un
espíritu nuevo, quitaré de vuestra carne el corazón de carne..." (Ez 36, 26).
Tal vez aún no hemos tomado conciencia de la fuerza con que esta promesa del
Antiguo Testamento transfigura nuestras vidas.
EL ESPÍRITU DEL AMOR
El mismo Señor Jesús nos promete que no nos dejará
huérfanos pues nos enviará su Espíritu (Jn 14, 16). Este Espíritu Santo nos
revela la intimidad de la vida trinitaria. El Padre ama al Hijo con Amor
inefable y el Hijo ama al Padre con idéntico Amor; la relación de Amor entre
ambos es el Espíritu Divino, la tercera persona de la Trinidad. Y ese mismo
Espíritu es enviado en nuestro auxilio para derramar su amor sobre nuestros
corazones y amar en nosotros (Rom 5, 5). Por eso el Espíritu Santo es llamado
el Espíritu Consolador. Aquel enviado a amar en nosotros y transfigurar
nuestras penas y debilidades.
En nuestro camino de conformación con el Señor Jesús
no podemos prescindir de la acción del Espíritu Santo, pues bajo su influjo nos
hacemos capaces de amar con el mismo amor de Cristo. Nos asemejamos al Hijo de
Santa María por el proceso de amorización.
SEÑOR Y DADOR DE VIDA
El amor que el Espíritu Divino infunde en nuestros
corazones sella su acción con un doble dinamismo de permanencia y despliegue.
El dinamismo de permanencia se manifiesta en un amor
que tiende a unificar y reconciliar las rupturas interiores. Hablamos de un
amor que infundido en el corazón humano, guarda señorío y soberanía sobre toda
la persona. Nadie da lo que no tiene y nadie puede entregarse en el amor sino
se autoposee. Así nos enseña el Senor: "Por eso me ama el Padre, porque doy mi
vida, para recobrarla de nuevo. Nadie me la quita, yo la doy voluntariamente.
Tengo poder para darla y poder para recobrarla de nuevo" (Jn 10, 17ss). La
generosidad del amor del Señor es proporcional a la intensidad de su
autoposeción y señorío sobre sí mismo.
Por otro lado, bajo el suave influjo del Espíritu,
pareciera que se afirma la propia identidad de quien lo experimenta. Lo vemos
en la Anunciación-Encarnación (Lc 1, 28) y en la Visitación (Lc 1, 48). En
ambos casos María, bajo la sombra del poder del Altísimo, se define como la
Sierva del Señor y en el segundo, Isabel, llena del Espíritu Santo, de manera
implícita, se define en relación a Dios, su Señor. En el pasaje de la
Presentación del Señor Jesús en el templo, el anciano Simeón también manifiesta
su condición de siervo de Dios (Lc 1, 29). En el bautismo del mismo Señor Jesús
(Lc 3, 21-22) desciende el Espíritu Santo a la vez que una voz celestial revela
y afirma su identidad como Hijo de Dios: Tú eres mi Hijo, yo hoy te he
engendrado.
El dinamismo de despliegue se hace palpable en un
Amor que se desborda y da la vida. Es el dinamismo presente en el Génisis en el
que se dice que el Espíritu de Dios -aleteaba sobre las aguas- y que crea el
universo entero. Es el mismo Espíritu de Amor que desciende sobre María y la
cubre con el poder del Altísimo (Lc 1, 35) para dar inicio a la nueva creación,
a la nueva vida de gracia que nos trae el Reconciliador. Este dinamismo se
evidencia en la existencia vital. Quien ama se llena de vida y si su amor es
auténtico, se desborda en una fuerza incontenible que se manifiesta en un
anhelo de amar cada vez más. De hecho el apostolado es expresión de ese amor de
sobreabundancia que lleva a desplegar las propias capacidades.
Por ello el Espíritu, que es comunicación y
encuentro, es fuerza fecunda que genera vida y lleva a la plena realización
humana. El corazón que es dócil a las mociones del Espíritu, encuentra un amor
capaz de resonar y prolongarse por generaciones de generaciones, a toda la
humanidad, al igual que el de la Madre.
PENTECOSTÉS
No podemos meditar en torno al Espíritu Divino sin
detener la mirada sobre Pentecostés, pues es un momento culminante de su acción
sobre el corazón humano.
Lo primero que resalta es la presencia de María,
quien preside a los apóstoles como un pararrayos del Espíritu que atrae toda su
fuerza pues, desde la Anunciación-Encarnación, a Ella le resulta antiguo
conocido. Al lado de la Madre aprendemos a ser dóciles al fuego del Espíritu
Santo.
Por otro lado, la comunidad apostólica está en
actitud orante. El Espíritu mismo nos educa a orar diciendo "Abbá, Padre" (Rom
8, 15), es decir nos señala no sólo el contenido sino también el estilo de
nuestra oración. El Espíritu que ora en nosotros clama al Padre con ternura y
confianza pues nunca más volveremos a ser huérfanos.
Finalmente, descubrimos en Pentecostés un impulso
apostólico que brota de la alegría profunda del amor. Todo apostolado atesora
una dimensión de celebración pues se afirma con júbilo que el amor vivido es
bueno, que es el fruto de la acción fecunda del Espíritu Santo en nuestras
vidas.
CITAS PARA MEDITAR
Guía para la Oración
-
Espíritu de Amor: Rom 5, 5; 1Cor 2, 12.
-
Espíritu de Alegría: Lc 1, 42; Lc 1, 46ss; Lc 1,
67ss; Lc 2, 27-32.
-
Espíritu de Apostolado: Lc 1, 39; Lc 4, 18-19;
2Tim 1, 7ss.
-
El Espíritu cambia nuestro corazón: Ez 36, 26;
1Cor 3, 16.
-
Espíritu de Oración: Rom 8, 5; Gal 4, 6.
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Trabajo de Interiorización
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