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SER DE LOS FORJADORES DE LA NUEVA EVANGELIZACIÓN
 

Ser llamados a la gesta de la Nueva Evangelización es una indudable bendición que merece ser atesorada y meditada a semejanza de nuestra Madre (Lc 2, 19). Ser de los forjadores de la Nueva Evangelización es ante todo una vocación y como tal nos sobrepasa y desborda como una aventura que trasciende nuestros propios planes y expectativas. Las dimensiones y alcances de esta misión nos obligan a hacer silencio en nuestro interior para percibir con toda reverencia el suave latido del misterio que se despierta bajo nuestros pies.

ESTA ES LA HORA DE MARÍA

Los obispos latinoamericanos reunidos en Puebla afirmaron con profunda conviccion: "esta es la hora de María, tiempo de un nuevo Pentecostés que Ella preside con su oración, cuando, bajo el influjo del Espíritu Santo, inicia la Iglesia un nuevo tramo de su peregrinar. Que María sea en este camino estrella de la Evangelización siempre renovada" (EN 81) (Puebla, 303). En consonancia con esto último Santo Domingo se referirá a María como "Estrella de la Primera y de la Nueva Evangelización" (Santo Domingo, 28).

Por ello no debe sorprendernos el tener que buscar la tierna guía de la Madre para lanzarnos en la gesta apostólica de nuestro tiempo. Ella, que es la primera evangelizadora, tiene la misión de llevar a todos los hombres al encuentro con su Hijo Jesús y nos invita a secundarla en esta tarea con toda la generosidad de nuestros corazones.

Al ser la nueva evangelización tiempo de un nuevo Pentecostés, tiene sentido que sea María quien presida todos nuestros actos e iniciativas. De Ella aprendemos la sencilla reverencia que nos abre al misterio, el silencio para acoger el susurro de Dios, la docilidad para dejar que el Espíritu nos cubra con su poder, el ardor siempre renovado que nos lanza a la entrega del amor que vivimos.

En el corazón inmaculado de la Madre encontramos la transparencia necesaria para vivir un amor inconmensurable, realmente intenso, capaz de vibrar por "todas las generaciones" (Lc 1, 48). Ella, que es fiel a los impulsos de su corazón plenamente reconciliado, nos muestra el camino para realizarnos a plenitud siguiendo nuestros dinamismos auténticos.

UN ARDOR SIEMPRE NUEVO

La experiencia del apostolado está sellada por el ardor y el júbilo propios de quien se ha encontrado con el Señor Jesús y se ve impulsado a comunicarlo como buena noticia a los demás. Al mirar a la Madre en la cercanía de la Anunciación-Encarnación descubrimos que se levanta y va con prontitud al encuentro de su prima Isabel, para compartir con Ella la alegría que vive (Lc 1, 39). Descubrimos en nuestra Madre el tierno corazón de una joven mujer capaz de vibrar con la alegría profunda del amor de Dios, entusiasmarse con la aventura del Evangelio y transmitir con transparencia todo el ardor de que es capaz. Tener capacidad de asombro, reverencia ante el misterio, libertad para la entrega y una humildad profunda parecen ser experiencias que no pueden ser ajenas para quien quiera encender su interior y ofrecerse como antorcha ardiente para la extensión del Reino de Cristo.

Hablamos de un ardor que nace de la caridad derramada en nuestros corazones por el Espíritu Santo que el mismo Señor Jesús nos envía. Definitivamente "el ardor de la Nueva Evangelización brota de una radical conformación con Jesucristo, el primer evangelizador. Así, el mejor evangelizador es el santo, el hombre de las bienaventuranzas"(Santo Domingo, 28) que se inserta en un proceso de amorización fecundo y desbordante.

TIEMPO DE UN NUEVO PENTECOSTÉS

La Nueva Evangelización es "un nuevo ámbito vital, un nuevo Pentecostés donde la acogida del Espíritu Santo hará surgir un pueblo renovado constituido por hombres libres conscientes de su dignidad y capaces de forjar una historia verdaderamente humana" (Santo Domingo, 24). Así pues, descubrimos que el ardor evangelizador de la Iglesia se arraiga en la fuerza y el poder perennes de Pentecostés (Santo Domingo, 124). Son muchos los elementos que podríamos profundizar en el acontecimiento de Pentecostés (Hch 2, 1ss) pero nos basta resaltar y enriquecer el nuevo Pentecostés que experimenta la Iglesia en nuestro continente al lanzarse a la aventura de la Nueva Evangelización.

Algo que ya se ha mencionado es que nos descubrimos "reunidos como en un nuevo cenáculo, en torno a María, la Madre de Jesus" (Santo Domingo, 1). Su corazón arde como una llama serena y apacible en medio del cenáculo y atesora la esperanza de una nueva alborada. Su amor incomparable infunde seguridad a los discípulos que aguardan el consuelo de las promesas del Señor Jesús.

No podemos pasar por alto el elemento de la comunidad. La Iglesia naciente que se congrega y, en comunión, recibe el fuego del Espíritu en sus corazones, para así ganar el ardor que lo impulsa a la misión.

Es importante también el espíritu de oración que enmarca todo el acontecimiento. Los discípulos aguardan en actitud orante. Es en medio del diálogo y el encuentro con Dios que el apóstol dispone su corazón para acoger el Espíritu Santo e inflamar su corazón con la llama ardiente de la caridad. La oración prepara al apóstol en la escucha del susurro discreto de Dios y sella su acción evangelizadora integrándose a toda su vida (Santo Domingo, 47).

Algo que también nos llama la atención es el ímpetu ardoroso con que los apóstoles se lanzan a predicar después de recibir el Espíritu de Dios. Definitivamente la alegría y el júbilo de los discípulos debió ser desbordante pues los testigos de la escena llegan a pensar que se encontraban ebrios (Hch 2, 13). Esto no sólo contrasta con el temor y la timidez anteriores, sino que nos revela una dimensión sobrenatural del ardor que experimentan. El apóstol Pedro proclama resuelto: "Veía constantemente al Señor delante de mí, puesto que está a mi derecha, para que no vacile. Por eso se ha alegrado mi corazón y se ha alborozado mi lengua... Me has hecho conocer caminos de vida, me llenarás de gozo con tu rostro" (Hch 2, 26-28). Se trata de un entusiasmo valiente y decidido, templado por el encuentro con el mismo Dios. Parece inevitable relacionar las palabras de Pedro con el cántico del Magnificat (Lc 1, 46ss) en donde descubrimos una innegable alegría común, suscitada por la presencia del Espíritu.

BAJO EL SIGNO DE LA ESPERANZA

El llamado a ser de los forjadores de la Nueva Evangelización nos exige ser testigos y portadores de la esperanza, que según Juan Pablo II, "se apoya en las promesas de Dios, en la fidelidad a su palabra y que tiene como certeza inquebrantable la resurrección de Cristo".

El inmenso desafío que se abre a nuestro paso encierra muchas exigencias y el camino no puede estar libres de dificultades, pero nos acompaña la firme confianza en las promesas de Dios que Juan Pablo II nos recuerda en su discurso inaugural de Santo Domingo: "y lo que te ha dicho el Señor se cumplirá. Lo que te ha dicho, América, es su amor por ti, es su amor por ti, es su amor por tus hombres, por tus familias, por tus pueblos. Y ese amor se cumplirá en ti, y te hallarás de nuevo a ti misma, hallarás tu rostro, te proclamarán bienaventurada todas las generaciones". Se trata de una esperanza fundada en el amor misericordioso de Dios. Ella ilumina y sella nuestro peregrinar evangelizador, anunciando una nueva alborada de insondable riqueza y vitalidad para nuestro continente y para el mundo entero.

CITAS PARA MEDITAR
Guía para la Oración

  • La reconciliación nos llega a través del apostolado: Stgo 5, 20.
  • Todos tenemos la misión de ser apóstoles: 1Cor 9, 16-17.
  • El apostolado nace de un espíritu fuerte y decidido: 2Tim 1, 7-9.
  • Sólo somos vasijas de barro en manos de Cristo: 2Cor 4, 7-10.
  • Nuestro corazón rebosa de alegría al hacer apostolado Flp 1, 19-18.

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