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EL RECOGIMIENTO
 

EL HOMBRE DISPERSO

"¡Vanidad de vanidades!" -dice Cohélet- "¡vanidad de vanidades todo es vanidad! ¿Qué saca el hombre de toda fatiga con que se afana bajo el sol?... Consideré entonces todas las obras de mis manos y el fatigoso afán de mi hacer y vi que todo es vanidad y atrapar vientos, y que ningún provecho se saca bajo el sol". (Ecle 1, 2-3.11). Estas palabras de la escritura nos describen con claridad la dramática experiencia de aquel que vive atrapando vientos, en medio del sinsentido y sin una meta segura. Y eso es lo que experimenta a menudo el hombre disperso, cuyas fuerzas se ven desparramadas en todas direcciones y desgastándose de manera infecunda, pues sus más profundos anhelos no pueden ser conquistados con la flaqueza de una vitalidad disgregada. Esto nos refresca la conciencia de la ruptura original cuya secuela signa el peregrinar del ser humano.

Así, el horizonte de plenitud y realización se descubre fuera del alcance de quien no toma en serio la aventura de ser feliz y no busca unificar todas sus energías en pos del ideal. Sólo un corazón que busca ser reconciliado puede abrirse a la gracia y ver saciado su hambre profundo de encuentro y comunión en la fidelidad al Plan de Dios.

La dispersión constituye un obstáculo serio para la felicidad del hombre pues, por un lado desordena y distrae de la meta verdadera, haciéndonos insensibles y duros a los susurros auténticos del Plan de Dios. Por otro lado lanza las fuerzas del corazón humano detrás de falsos ideales, lo distrae en el afán de atrapar vientos y lo debilita haciendo que su respuesta al Divino Plan pierda la contundencia y solidez que requiere.

Definitivamente esta situación traiciona el llamado profundo del hombre a vivir la autoposesión de su ser y así desplegarse en un dinamismo de encuentro rectamente ordenado. De alguna manera lo que nos dice el profeta Isaías resulta una llamada de atención para todos nosotros: "¿Por qué gastar plata en lo que no es pan, y vuestro jornal en lo que no sacia? Hacedme caso y comed cosa buena, y disfrutaréis con algo substancioso. Aplacad el oído y acudid a mí, oíd y vivirá vuestra alma" (Is 55, 2s). Parece evidente lo absurdo de fatigarse por algo que no sacia, por un jornal de frustración.

LA VIRTUD DEL RECOGIMIENTO

También se le conoce como silencio de la atención o recolección y consiste en la virtud por la que se unifican y se reorienta todas las facultades humanas por medio del ejercicio de los demás silencios (de palabra, de cuerpo, de entendimiento, de memoria-imaginación, de pasiones, de voluntad, de los bienes temporales) para acoger la gracia y cumplir con el Plan Dios.

Por un lado, como meta, entendemos un estado habitual que es expresión del señorío sobre uno mismo y de la reconciliación integral que unifica todas las facultades de la persona. El hombre recogido vive una armonía profunda que se manifiesta, entre otras cosas, en la atención, la reverencia y el cuidado con que se realizan las cosas más cotidianas y ordinarias.

Por otro lado como camino, descubrimos un ejercicio de la voluntad que busca la concentración de todas las potencias y fuerzas interiores canalizándolas hacia el fin propuesto. Se trata de la reconciliación de todas las energías del hombre mediante el ejercicio armónico de los silencios, para dirigirlos hacia una meta determinada. El recogimiento garantiza una acción sólida, indivisa, reconciliada, acorde con los dinamismos auténticos del hombre y fecunda en proporción al esfuerzo invertido. El ejercicio de esta virtud hace concreta la armonía integral a la que esta llamado el hombre como ser para el encuentro, invitado a la plenitud del Amor.

Pero por otro lado encontramos también otro aspecto en el ejercicio de esta virtud, que busca eliminar toda actividad ociosa, toda distracción ya sea mental, emocional o física. De manera especial, los sentimientos o pensamientos parásitos que desvían de la meta verdadera son combatidos desde esta virtud. En síntesis el recogimiento se opone radicalmente a todo lo que signifique dispersión o energía disipada.

CAMINO DE ENCUENTRO Y FIDELIDAD

Vivir el recogimiento no es sólo una cuestión de máxima eficacia u optimización de energías, sino que constituye un camino de realización pues permite al hombre vivir una dimensión personalizante de la existencia. Por el señorío sobre sus facultades, la persona recogida se hace particularmente presente a sí misma y sensible a las voces de sus dinamismos auténticos. Esto mismo la hace especialmente receptiva a la gracia y a los signos del Plan de Dios que se van manifestando en su vida.

Es parte del designio de Dios que todo hombre sea llamado a realizarse en su encuentro plenificador, pero -y esto es lección sabida- nadie da lo que no tiene. El hombre disperso, simplemente, no se posee a sí mismo, lo cual lo incapacita para entregarse. Sólo quien vive un recogimiento auténtico puede aspirar a esta dimensión plenificante de la existencia pues vive en una comunión de encuentro consigo mismo, con los demás, con Dios y con lo creado.

En su sentido más profundo, el recogimiento es la virtud que nos prepara y dispone para el fiel cumplimiento del Plan de Dios. Eliminar todo lo que nos distraiga del designio divino y concentrar todas nuestra energías para lanzarlas en su cumplimiento constituye la médula misma de esta virtud. Es así que el recogimiento señala un camino hacia la libertad verdadera, aquella que se conquista en sintonía con el Plan de Dios, en su sentido más profundo y definitivo.

Por otro lado, el recogimiento es un medio eficaz para mantenernos en la presencia de Dios en medio del trajín cotidiano, haciendo que todos los trabajos de la vida diaria sean una liturgia continua.

MARÍA, MUJER RECONCILIADA

Para comprender mejor la vivencia del recogimiento podemos acudir con toda confianza a nuestra Madre María. Ella, paradigma de unidad y reconciliación, nos educa en el camino de la libertad conquistada por los silencios. Descubrimos en Ella el recogimiento como expresión de plena armonía y unidad en todo su ser y también lo vemos como ejercicio de la voluntad que busca silenciar toda dispersión o desgaste de energía que no esté orientada hacia el Plan de Dios.

Lo primero que llama la atención es que su recogimiento es eminentemente positivo y dinámico. No hay en ella ausencia, mero mutismo ni inactividad. Por el contrario su recogimiento refleja una interioridad unificada y receptiva, presta a salir al encuentro sin demora ni distracción alguna. Así lo vemos en la Anunciación-Encarnación (Lc 1, 26ss) donde su profunda reverencia en la escucha al mensaje angélico da paso a una respuesta concisa y fecunda: "Hágase en mí según tu palabra" (Lc 1, 38). La visita a Isabel revela en María una acción recogida, expresada en la reverencia ante su prima y la prontitud con que sale a su encuentro (Lc 1, 39). En Caná (Jn 2, 1ss) María revela su función específica de mediadora e intercesora ante su Hijo y allí, como en los otros pasajes, responde con lo justo y preciso, no hay en Ella trivialidades ni excesos, no desperdicias sus energías.

Tanto por su función pedagógica como por los frutos de su virtud, María es un singular paradigma del recogimiento para la vida del cristiano que anhela ardientemente la plena conformación con el Señor Jesús su Hijo.

CITAS PARA MEDITAR
Guía para la Oración

  • La dispersión es un obstáculo para el cumplimiento del Plan de Dios y para la felicidad del hombre: Jer 2, 3.
  • El recogimiento prepara y dispone para la acción: Sal 144(143), 1- 3.
  • El recogimiento es medio para caminar en presencia de Dios: Lc 21, 34-36.
  • María vive el recogimiento de manera ejemplar: Lc 2, 19, Lc 2, 51, Jn 2, 1-5.

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