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"Aunque hablara la lengua de los hombres y de los
ángeles, si no tengo caridad, soy como bronce que suena o címbalo que retiñe...
Aunque repartiera todos mis bienes, y entregara mi cuerpo a las llamas, si no
tengo caridad, nada me aprovecha". (1Cor 13, 1.3). Con estas palabras San Pablo
resalta la primicia de la caridad sobre cualquier otra virtud.
NO SOMOS ISLAS
Parece ser que la situación del mundo que nos ha
tocado vivir, con sus rasgos marcados de individualismo y mezquindad, agudiza
en el hombre su anhelo de vivir el encuentro. Creado desde los orígenes para
relacionarse en armonía con sus semejantes, el ser humano descubre en la
soledad un mal insostenible y un obstáculo real para la propia realización. La
misma Escritura nos dice: "No es bueno que el hombre esté solo" (Gén 2, 18).
De esta manera, la nostalgia de comunión constituye
una experiencia vital en todo aquel que se abre al encuentro con su propia
interioridad. Late en lo más profundo una realidad paradójica y cuestionante.
Por un lado, el anhelo de relaciones auténticas y permanentes, una aspiración a
vivir el amor hacia los demás en todas sus manifestaciones. Por otro lado,
descubrimos las propias limitaciones, la mezquindad, el egoísmo y los temores
que nos alejan de los demás. Incluso tropezamos, no sólo con las limitaciones
actuales, sino con frustraciones pasadas que en no pocas ocasiones cubren con
una sombra de aparente desesperanza nuestra senda hacia la comunión.
UN MANDAMIENTO NUEVO
El momento íntimo y dramático de la Última Cena
constituye en el Evangelio según San Juan el marco del mandato nuevo que nos
deja el Senor: "Os doy un mandato nuevo: que os améis los unos a los otros.
Que, como yo os he amado, así os améis también vosotros los unos a los otros"
(Jn 13, 34). Un mandamiento hermoso pero desafiante, pues se nos pide amar a la
medida del Señor Jesús.
Las características de este amor se alzan a nuestros
ojos con rasgos ineludibles. En ese momento se nos explícita que se trata de un
amor hasta el extremo, hasta entregar la propia vida (Jn 13, 1; Jn 15, 13). Es
un amor que se expresa en el camino concreto del servicio, como nos lo muestra
el Señor al lavarle los pies a sus discípulos (Jn 13, 4ss). Es un amor que
brota de la acción fecunda del Espíritu Santo (Gál 5, 22; Rom 5, 5) y que por
lo tanto es sobrenatural. Sólo así se comprende que la invitación del Señor a
amar como Él no resulta desproporcionada pues Jesús mismo es quien ama en
nosotros por la acción del Espíritu Santo.
CAMINO DE AMORIZACIÓN
La vivencia de la caridad fraterna es un verdadero
camino ascético. Por él aprendemos a vivir el amor como nuestro Maestro,
haciéndonos partícipes de la vida íntima de la comunidad trinitaria. Es
innegable que hay muchos obstáculos -de los cuales hemos enumerado sólo
algunos-, pero precisamente por la vivencia de la caridad hacia el hermano se
van limando y purificando, constituyendo una preparación valiosísima para el
encuentro con Dios y para la conformación plena con el Hijo de María.
Al dar paso al amor fraterno en nuestras existencias
nos asemejamos más y más al Señor de Nazaret, paradigma de vida plena, que nos
amó hasta la Cruz y nos invita a seguirle por esta senda segura.
Definitivamente es iluminadora la sentencia de una de las cartas del discípulo
amado: "Quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no
ve" (1Jn 4, 20). La caridad fraterna es un reflejo privilegiado del amor de
Dios que anima la Trinidad y del cual estamos invitados a participar de manera
definitiva.
En este camino de configuración cristificante el
papel de nuestra Madre es protagónico ya que Ella, con ternura y firmeza,
invocando la acción del Espíritu, va modelando los corazones de sus hijos hasta
verlos conformados al corazón del Señor Jesús. María nos sirve de ejemplo para
vivir la caridad fraterna, pues es un camino que le resulta familiar. Por otro
lado, su presencia maternal en medio de nosotros suscita un ambiente de familia
cercano y fraternal que facilita la mutua entrega.
PARA VIVIR LA CARIDAD
"¡Oh, qué bueno, qué dulce habitar los hermanos
todos juntos!... Como el rocío del Hermón que baja por las alturas de Sión;
allí Yahveh la bendición dispensa, la vida para siempre" (Sal 133(132), 1.3).
Así canta rebosante el salmista, pues reconoce que el amor al hermano es un don
invalorable. Esta caridad fraterna tiene múltiples expresiones. Ahora sólo nos
detendremos en algunos rasgos que nos pueden ayudar a coprenderla como
dinamismo configurante con el Señor Jesús.
Ante todo se nos presenta como servicio. El mismo
Señor nos muestra en la Última Cena esta dimensión servicial de la existencia
como un signo inconfundible del amor que se hace concreto (Jn 13, 4-14). En ese
sentido María también aporta su propio ejemplo cuando, haciendo efectiva su
adhesión de amor al Plan de Dios, sale al encuentro de su prima Isabel para
servirla (Lc 1, 39).
Otro rostro inconfundible de la caridad es el
perdón. Quien ama es capaz de perdonar y quien perdona se prepara para el amor
y se abre a la reconciliación. El Señor Jesús nos enseña a vivir el perdón sin
límites, pues debe ser proporcional a la misericordia con que nos trata Dios
(Mt 18, 21-22). Incluso en el momento extremo de su pasión el dulce Señor de
Nazaret sólo tiene palabras de perdón y ternura para los que lo atormentan:
"Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen" (Lc 23, 34). La Cruz, signo
del amor de Dios por los hombres, debe recordarnos siempre la dimensión
oblativa de la caridad, por la que uno está siempre dispuesto a sufrir por el
otro y a perdonar toda ofensa.
La solidaridad es otra expresión de amor hacia el
hermano. San Pablo nos exhorta a vivir de una manera digna la vocación a la que
hemos sido llamados, "con toda humildad, mansedumbre y paciencia, soportándoos
unos a otros por amor" (Ef 4, 2). Se trata de hacer propias las penas y
alegrías ajenas, asumiéndolas con un corazón amplio y generoso como el de Jesús
y como el de su Madre.
No podemos pasar por alto la corrección fraterna,
exigencia que brota de la amorosa guardianía del hermano. Quien ama de verdad
jamás se hace cómplice de los errores o faltas de su hermano. Por el contrario,
busca devolverlo a la senda correcta que lo lleve a la felicidad. La corrección
debe ser firme y clara, pero siempre transparente a la caridad, aquella que es
paciente, servicial y desinteresada. Aquella que "todo lo excusa, todo lo cree,
todo lo espera, todo lo soporta" (1Cor 13, 4-7).
AL PIE DE LA CRUZ
En el Gólgota sé explícita la maternidad de María y
por ella todos los hombres nos descubrimos hermanos, unidos en una profunda
piedad filial. Por lo demás, los rasgos de la solidaridad, solicitud y
generosidad en el contexto culminante del dolor-alegría, constituyen un camino
modélico a seguir.
María al pie del madero se mantiene en actitud
expectante y alerta, a la escucha de lo que su Hijo pueda decirle. Contemplemos
a nuestro hermano Jesús crucificado e intentemos escuchar, en el silencio, la
elocuencia de su amor por nosotros.
Salta a la vista la dimensión cruciforme de la
caridad. El madero vertical proyectado hacia lo alto nos remite al amor entre
Dios y la humanidad, que sostiene el madero horizontal, símbolo del amor
fraterno entre los hombres. Los dos brazos abiertos al mundo parecieran querer
abrazar a la humanidad entera, en un amor generoso e ilimitado, sin miedo a
hacerse frágil y vulnerable. La sencilla desnudez de Aquel que no oculta ni se
guarda nada para sí, que se hace transparente ante los demás. Finalmente, el
madero enhiesto y visible sobre el Calvario, se alza como preludio del triunfo
de la resurrección, signo palpable de la dinámica de la alegría-dolor, de la
muerte para la vida que encierra la vivencia de la caridad.
CITAS PARA MEDITAR
Guía para la Oración
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Llamados a vivir el amor fraterno: Sal 133(132), 1.3; Jn 13, 34ss; Jn 17, 21;
1Jn 3, 14-16.
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El amor a Dios se hace concreto en el amor al
hermano: 1Jn 3, 17-18; 1Jn 4, 20.
-
Exigencias del amor fraternal: Jn 13, 12-15; Jn
15, 13-15; Rom 12, 9-13; 2Cor 12, 15; 1Pe 3, 8-9.
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La caridad es lo esencial: 1Cor 13, 1-13.
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Trabajo de Interiorización
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