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LOS QUE ESTÁIS FATIGADOS
"Venid a mí todos los que estáis fatigados y
sobrecargados, y yo os daré descanso. Tomad vosotros mi yugo, y aprended de mí
que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas.
Porque mi yugo es suave y mi carga ligera" (Mt 11, 28s).
Si leemos con detenimiento este pasaje, tal vez nos
llame la atención que el Señor Jesús relacione el alivio y el descanso para el
corazón, con su ser manso y humilde. Sin embargo esta sentencia del Señor
responde a una situación no muy distante de la realidad humana.
La persona que se encuentra consigo misma descubre,
al lado de sus anhelos de plenitud y de infinito, su ser frágil y contingente.
Así, en el intento de responder a la plenitud de su vocación, podría llegar a
sentirse abrumada o sobrepasada por la inmensidad del reto, por ello que la
respuesta al Plan de Dios planteada en términos del máximo de las capacidades y
el máximo de las posibilidades de la persona, resguarda, no sólo del
instalamiento mediocre sino también de la desesperación que surge de la
impotencia.
Nos referimos a la fatiga que brota, no de "gastarse
y desgastarse" (2Cor 2, 15) generoso que impulsa a una mayor confianza en Dios,
sino al abrumarse desesperanzado de aquel que no sabe ser humilde para
reconocer con serenidad sus propias limitaciones. La diferencia parece ser
sutil pero, como dice el mismo Señor, podemos distinguirla por sus frutos (Mt
7, 16) cercanía al Señor, la otra paraliza a la persona en el individualismo y
la desesperanza.
ANDAR EN VERDAD
La humildad no es otra cosa que andar en verdad,
caminar según la realidad auténtica y objetiva. Por ello, no se trata de
menospreciar o negar el valor de la persona humana como tampoco exaltarlo de
manera ilusoria, falseando o distorsionando su dignidad. En este sentido, la
soberbia y la vanidad se oponen a esta virtud. Se trata de reconocer y aceptar
la condición humana con todo lo que lleva de fragilidad y grandeza, de miseria
y dignidad, como misterio insondable cuya verdad nos trasciende.
Esta virtud de la humildad resulta indispensable en
el proceso de amorización, pues no se entiende como alcanzar la plena
conformación con el Hijo de María si se prescinde del fundamento de la verdad.
Sólo partiendo de una conciencia clara de nuestra propia realidad podemos
acoger la gracia y orientar rectamente nuestros dinamismos fundamentales.
LA ENCARNACIÓN Y LA VERDAD SOBRE EL HOMBRE
Así vemos que la humildad nos conduce por la senda
de la verdad y de la paz auténtica, pues nos sitúa en las coordenadas correctas
de nuestra propia identidad. Pero cuando decimos que la humildad es andar en
Verdad estamos afirmando dos dimensiones que se complementan. Por un lado está
esa dimensión de la verdad que brota del encuentro con uno mismo, por el que
constatamos nuestra radical insuficiencia y nuestra apertura a lo trascendente.
Pero, por otro lado, afirmamos también la verdad sobre el hombre que sólo el
Señor Jesús, Verbo Encarnado, nos puede revelar. De esta manera, andar en
Verdad no afirma simplemente la autoconciencia que brota de la experiencia
vital, sino también el encuentro revelador con el Hijo de María que es "la luz
verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo" (Jn 1, 9).
De esta manera "andar en Verdad sólo alcanza su
plena significación en un andar en el Señor Jesús pues el misterio del hombre
sólo se esclarece en el misterio del Verbo Encarnado. Cristo, el nuevo Adán, la
misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente al
propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocacion" (Gaudium et Spes,
22). A partir de la Anunciación-Encarnación, el Verbo de Dios se hace Hijo de
Mujer y con ella une su destino al de todo ser humano elevándolo a la altura de
la comunión y participación. El dinamismo kenótico-ascencional de la
Encarnación del Verbo y a la que estamos invitado todos, marca la radical
novedad de la actual condición humana.
El humilde es el que vive en el sosiego y el alivio
de quien se sabe digno y valioso porque Dios mismo ha querido asumir su
naturaleza humana. Ser humilde nos exige, de alguna manera, ser coherentes con
nuestra nueva condición. En ese sentido, San Pablo nos exhorta a tener "los
mismos sentimientos que Cristo quien se despojó de sí mismo tomando condición
de siervo haciéndose semejante a los hombres" (Flp 2, 5-11) y mostrándonos, en
la obediencia amorosa y humilde un camino seguro para la realización de nuestra
vocación última.
UNA MUJER HUMILDE
Para recorrer con paso seguro la senda a la que nos
invita el mismo Señor Jesús no hay mejor guía que la de nuestra Madre. Ella
supo vivir esta dimensión de la humildad de manera paradigmática al punto que
su vida cotidiana transparenta los rasgos más saltantes de esta virtud. Su
vivencia profunda del dinamismo kenótico-ascencional presente en la Encarnación
cobra un brillo singular en su actitud modesta y silenciosa ante lo
incomprensible del misterio, en la sencillez y reverencia con que se maravilla
ante los grandes acontecimientos, en la moderación de sus palabras y en la
serena alegría con que recibe las alabanzas.
Vamos a detenernos en algunas de estas actitudes.
-
El momento de la Anunciación-Encarnación nos
revela algunos signos. Al recibir el mensaje del ángel, María reconoce su
propia insuficiencia y no ve cómo puede realizarse el prodigio anunciado, por
ello pregunta "¿cómo será esto?" (Lc 1, 34). Y es que humildad no es timidez.
Más bien, la humildad lleva a preguntar y pedir mayores luces a través de la
oración.
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El reconocimiento de María como una pobre "sierva
del Senor" (Lc 1, 38) nos educa en una humildad que, lejos de inmovilizarla, la
prepara para una respuesta dinámica y efectiva a la gracia. Inmediatamente
María concluye: Hágase en mí según tu Palabra, para lanzarse en una respuesta
generosa al Plan de Dios. Por otro lado, descubrimos en la respuesta de María
el fulgor discreto de un corazón, que por ser humilde, "se hace libre, pues
camina en aquella verdad que libera" (Jn 8, 32). Y es que el humilde no se deja
esclavizar por los temores o las apariencias, haciéndose disponible al designio
divino.
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Al enterarse del estado de buena esperanza de su
pariente Isabel, la Madre de Dios sale inmediatamente a su encuentro con
humildad, en una actitud de servicio amable y evangelizador a la vez. Con
solicitud atiende las necesidades más inmediatas de su prima, pero, al mismo
tiempo le ofrece el anuncio de la Palabra que lleva en su seno.
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En esta ocasión la Virgen de Nazaret prorrumpe en
un canto de júbilo y alabanza el Magnificat que los obispos de Puebla describen
como "el espejo del alma de Maria" (Puebla, 297). El Señor de la historia "ha
mirado la humildad de su Sierva" (Lc 1, 48) y ello constituye la fuente de su
alegría. La joven mujer sabe de su pequeñez, pero es consciente también de
estar bajo la mirada amorosa de Dios y por eso se regocija. A diferencia de
nuestros primeros padres, heridos por el pecado, María no se avergüenza ni huye
de la presencia de Dios (Gén 3, 10). Más bien, Ella se reconoce y se acepta tal
cual es dándonos un modelo de reconciliación personal.
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La paciencia ante las contradicciones también es
reflejo de un corazón humilde. Así, María sobrelleva en silencio y con
sencillez la precariedad de Belén (Lc 2, 6); el sobresalto de la huida a Egipto
(Mt 2, 13-15); la respuesta velada y la aparente dureza de Jesús niño, perdido
y hallado en el templo (Lc 2, 46-50).
Estos son sólo algunos rasgos que perfilan la
humildad de Santa María. Hagamos como el discípulo amado que supo acoger a la
Madre en su corazón (Jn 19, 25-27). En ese afecto filial, Juan aprendió a
profundizar en el conocimiento del Maestro, cuyos rasgos inconfundibles
encontraba de nuevo en el rostro de la Madre. Nosotros también podemos
encontrar en Santa María una Maestra singular que nos asemeje a su Hijo Jesús,
manso y humilde de corazón para así cargar con el yugo suave y la carga ligera
que nos tiene prometida.
CITAS PARA MEDITAR
Guía para la Oración
-
La humildad de María: Lc 1, 48.
-
Camino de conformación con el Señor Jesús: Flp 2,
1-11.
-
Humildad en nuestras relaciones mutuas: 1Pe 5,
5-6; Col 3, 12.
-
Andar en verdad: Stgo 1, 21; Jn 8, 12; 1Tim 2, 4.
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Trabajo de Interiorización
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