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VIDA EN ABUNDANCIA
Resulta paradójico que, siendo la vida un valor tan
evidentemente precioso e importante, nos suceda con frecuencia que perdamos de
vista su sentido y significado. Tal vez ciertas situaciones que ponen en riesgo
esa vida nos sacudan del letargo para reconsiderar el tesoro que Dios nos ha
entregado. La muerte, la enfermedad o la amenaza de algún mal, son realidades
que, por contraste, nos ayudan a entender que la vida es más que un mero
existir o un simple estar en el mundo. En realidad responde a un concepto
integral y fúndante que manifiesta plenitud de bondad, realización, despliegue
fecundo de la propia existencia.
La persona humana está llamada a la plena
realización de sus potencialidades. No a un mero estar en el mundo, sino a
tener vida y tenerla en abundancia (Jn 10,10). Esta vocación originaria y
universal del hombre se identifica con su llamado a vivir el amor. Es en el
amor donde el ser humano alcanza la plenificación de sus dinamismos profundos.
Es en el amor que Dios le ofrece donde logra saciar su hambre de vida plena.
Cualquier sucedáneo termina por conducir a la persona humana a un destino de
frustración infecunda.
EL SEÑOR JESÚS, MODELO DE VIDA PLENA
Cristo "revela plenamente el hombre al mismo
hombre... El hombre que quiere comprenderse a sí mismo... debe, con su
inquietud, incertidumbre e incluso su debilidad y pecaminosidad, con su vida y
con su muerte, acercarse a Cristo. Debe, por así decirlo, entrar en Él con todo
su ser, debe apropiarse... de la Redención para encontrarse a sí mismo"
(Redemptor hominis 10). A la luz de estas palabras de Juan Pablo II
comprendemos que sólo el Señor Jesús puede ofrecer a la persona humana un
paradigma de vida a la altura de sus aspiraciones.
El Hijo de María nos muestra el camino de vida plena
en el amor. Este horizonte, lejos de ser un ideal meramente abstracto o difuso,
adquiere una fisonomía concreta en los rasgos del Señor Jesús, nuestro hermano.
Él, que es la Vida misma, "trabajo con manos de hombre, pensó con inteligencia
de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre" (Gaudium et
Spes, 22). Esta senda de amorización -en la que nos vamos convirtiendo al amor-
encuentra una guía privilegiada en Santa María, Madre y ejemplo, que nos educa
en esa atención reverente sobre el Hijo y nos susurra incesantemente: "Haced lo
que Él os diga" (Jn 2, 5). En María encontramos una guía privilegiada para
acercarnos al modelo de plenitud que nos ofrece el Señor. Ella nos conduce con
dulzura maternal por la senda de su Hijo, para transformarnos y asemejarnos a
Él. Nadie mejor que la Madre puede enseñarnos a amar, desde nuestros corazones
humanos, al dulce Señor de Nazaret.
LOS AMORES DEL SEÑOR JESÚS
Al asomarnos al corazón del Hijo de María
descubrimos tres amores que signan su propia identidad y que nosotros debemos
encarnar. Un amor al Padre, que se expresa en la obediencia a su designio. La
acogida dócil y amorosa de la misión que el Padre le encomienda a Jesús nos
enseña a dar una respuesta generosa al amor divino y misericordioso. Nuestro
amor filial a Dios, lejos de pareces algo abstracto o difuso, adquiere forma
concreta y personalizante en nuestra obediencia, consciente y libre, al Plan
que el Señor dispone de manera particular para cada uno de nosotros.
Un amor a María, expresado en su piedad filial.
Desde el testamento de la Cruz (Jn 19, 26-27) en que el Maestro manifiesta su
deseo de que amemos a María y que sea ella quien nos eduque, difícilmente
podemos prescindir de la senda de la piedad filial. Los rasgos de este amor por
la Madre son plasmados en los relatos evangélicos como cercanía íntima, diálogo
silente, sintonía plena de corazón, acogida servicial, solidaridad afectiva y
efectiva, respeto, ternura y atención reverente. Nuestra meta es la de amar a
Santa María como el mismo Señor Jesús la ama. Se trata de permitir, de alguna
manera, que Él mismo ame a María en nosotros.
Un amor universal a todos los hombres, manifestado
en su amor fraterno a todo ser humano, de manera especial a los más necesitados
e indigentes. El Señor Jesús es el Dios con nosotros que, desde su interioridad
más profunda, ama a la humanidad y nos educa en un amor fraterno que se
descubre reverente, solícito, preocupado, respetuoso, servicial, generoso,
atento, vigilante. Un amor que, consciente del horizonte último del Plan de
Dios, mantiene una constante guardianía por los hermanos en la corrección
fraterna y el servicio amable. Este amor fraterno ilumina también nuestra
proyección apostólica, pues nos recuerda que el amor es fuente y fin de toda
acción evangelizadora. Si no es por y para el amor, el apostolado puede
convertirse en fuente de meras compensaciones o un formalismo estéril e
irreverente.
DESDE LA CRUZ
La vida plena y abundante que el Señor Jesús ofrece
en el amor no es resultado de un camino fácil ni mucho menos cómodo. Es un
camino de conformación profundamente esforzado pero que, signado por la
esperanza, se ilumina desde un optimismo dramático. No hay ingenuidad de por
medio, ni un optimismo superficial, sino más bien la convicción de quien
entiende que no hay otro camino que el del amor hasta el extremo, que no existe
otro sendero que no sea el de la vida que brota en abundancia de la Cruz del
Señor.
Los tres amores que nos encontramos en el corazón de
Jesús tienen en común el haber sido probados hasta las fronteras de la muerte,
llevado hasta el máximo de sus capacidades y posibilidades. El amor obediente
al Padre tiene su máxima expresión en el Calvario, donde el Señor manifiesta
que nadie le quita la vida, Él la da voluntariamente (Jn 10, 18s) para que el
Plan de Dios se vea realizado. El amor del Señor Jesús por María también
encuentra un momento privilegiado en el trance de la Cruz, pues allí donde la
Madre acoge el testamento de su Hijo como signo patente de su amor filial (Jn
19, 25-27). "Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos" (Jn
15, 13) nos dice el Señor en una suerte de promesa que se vería plenificada en
el Gólgota. Su amor por cada ser humano concreto llega al extremo de dar la
vida y nos señala el horizonte de un amor que vence a las tinieblas y las
trasciende para convertirse en fuente de vida plena.
DESDE EL CORAZÓN DE MARÍA
Para poder encarnar el corazón del Maestro no basta
una imitación meramente externa. Es necesario amarlo profundamente para así, en
Él, obedecer amorosamente a Dios Padre, amar filialmente a Santa María y amar
en un abrazo fraterno y solidario a todo ser humano. No olvidemos que este
camino no está libre de dificultades, pero se hace realmente plenificante si lo
recorremos de la mano de nuestra Madre. Su corazón puro y reconciliado es un
signo de esperanza para nosotros, primicia de la nueva humanidad, que nos
enseña que es posible amar al Señor Jesús y latir al unísono con su corazón. Si
dejamos que María nos guíe, si confiamos en sus discretas palabras: "Haced lo
que Él os diga" (Jn 2, 5), descubriremos a su Hijo Jesús, modelo de plena
humanidad, paradigma de vida plena y abundante.
CITAS PARA MEDITAR
Guía para la Oración
-
El Señor Jesús paradigma de vida plena: Ef 4, 13; Ef 5, 1-2; Col 2, 9-10.
-
Cristo ilumina la verdad sobre el ser humano: Jn
1, 9; Heb 4, 12-13.
-
El Señor Jesús expresión máxima del amor: 1Jn 3,
16; Jn 3, 16; Jn 13, 1.
-
Sólo Jesucristo sacia nuestra hambre de infinito:
Jn 6, 67-69; Jn 7, 37; Flp 1, 21.
-
Conformarnos a Cristo: Rom 8, 29; Gál 2, 19-20; Ef
3, 17-19; Flp 3, 7-14.
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Trabajo de Interiorización
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