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LA RECONCILIACIÓN CON UNO MISMO
 

NOSTALGIA DE RECONCILIACIÓN

"No hallarás sosiego en aquellas naciones, ni habrá descanso para la planta de tus pies, sino que Yahveh te dará allí un corazón trémulo, languidez de ojos y ansiedad de alma. Tu vida estará ante ti como pendiente de un hilo, tendrás miedo de noche y de día, y ni de tu vida te sentirás seguro. Por la mañana dirás: ¡Ojalá llegase la tarde!, y por la tarde dirás: ¡Ojalá llegase la mañana!, a causa del espanto que estremecerá tu corazón y del espectáculo que verán tus ojos. Yahveh volverá a llevarte a Egipto en barcos, por ese camino del que yo te había dicho: No volverás a verlo más. Y allí os ofreceréis en venta a vuestros enemigos como esclavos y esclavas, pero no habrá ni comprador" (Dt 28, 65-68).

Así describe la Escritura la experiencia de ruptura de aquel que se aleja del Señor, Vida verdadera y abundante. Y es que, creado para participar de la comunión trinitaria, no existe mayor frustración para el ser humano que la opción por el pecado como lejanía de Dios y acto eminentemente suicida. A veces perdemos de vista esta perspectiva y nos dejamos engañar por visiones erradas del pecado, como si se tratase de una mera ofensa o de una infracción totalmente externa e inofensiva para nuestra propia felicidad. Nada más falso, pues la primera víctima del alejamiento de Dios es la misma persona humana.

Por ella la reconciliación con Dios trae como primera consecuencia la reconciliación consigo misma. Definitivamente habita en el corazón humano un anhelo profundo de reconciliación, una nostalgia de paz y armonía, de libertad y permanencia, de seguridad y encuentro que no llega a saciarse sino en el encuentro pleno con el Señor Jesús.

Es imprescindible por ello colaborar activamente con la gracia que Dios derrama en nuestros corazones para hacer efectiva la reconciliación en nosotros, esa reconciliación que tiene como fundamento indispensable el retorno a la casa paterna, rechazando todo camino de pecado y ruptura. No olvidemos que en este peregrinar nos acompaña la presencia tierna y silenciosa de Santa María, mujer plenamente reconciliada y ejemplo de humanidad, en quien descubrimos de manera privilegiada nuestra identidad de hijos en el Hijo.

Y ENTRANDO EN SÍ MISMO...

El relato del hijo pródigo y el padre misericordioso (Lc 15, 11ss) es una de las enseñanzas evangélicas más hermosas sobre el perdón. La riqueza de esta parábola es indiscutible en la experiencia de ruptura del hijo ingrato. Al encontrarse lejos de la casa paterna, éste se descubre hambriento, semidesnudo, abandonado, envilecido por una tarea indigna y malbaratando su vida por un salario de miseria. Esta situación encuentra su analogía en nosotros cuando, optando por los caminos errados de las concupiscencias, nos hundimos en el dolor y el desorden, en la ceguera y la desorientación, cuando vivimos de compensaciones, atados a nuestros caprichos y gustos, cuando nos hallamos vacíos de toda verdad, esclavos de nuestros sentimientos desordenados, de complejos y faltas de aceptación, incapaces de amar, incoherentes con nuestra vocación última a la plenitud.

Sólo nos queda hacer como el hijo pródigo y entrar en nosotros mismos para recuperar lo que hemos negado: nuestra propia identidad; volver la mirada sobre nosotros para saber quiénes somos. Lo primero que vale la pena resaltar del relato es que el hijo arrepentido en ningún momento pierde su identidad más profunda e inalienable que es, precisamente, la de ser hijo. Aunque se haya alejado y haya envilecido su nombre, aunque en un momento pretenda renunciar a esa dignidad para ser tratado como un jornalero, queda claro que sigue siendo hijo. Es más, ésa es la razón última por la que regresa, pues de su corazón abatido brota un clamor profundo por la casa paterna, por gozar aunque sea de las migajas de la mesa de su padre. Éste es el primer argumento para nuestra propia reconciliación: comprender que somos hijos de Dios creados para el encuentro e invitados a participar del amor divino, y que alejados de Él ya no nos comprendemos más.

FRENTE A LAS RUPTURAS

Entrando en nosotros mismos y situados frente a nuestras rupturas podemos distinguir tres pasos fundamentales. Lo primero es descubrir o tomar conciencia de los propios problemas. Esto implica tomar en serio la tarea del conocimiento personal. Contamos para ello con dos medios elementales que son el examen de conciencia y la ayuda de los demás. De esta manera desaparecen muchos mitos y fantasmas, pues el comenzar a conocer los problemas y sus causas implica ya un enfrentamiento que va disipando las sombras de la propia realidad con la luz de la verdad.

Lo segundo es reconocer las rupturas como propias y nuestra capacidad para reconciliarlas. Uno de los obstáculos más comunes es la idea subjetiva de que no somos capaces de vencer los problemas, de que es imposible cambiar o de que el esfuerzo no vale la pena. Ésta es una afirmación que muchas veces se cumple por el solo hecho de ser formulada. No hay peor enfermo que el que no se quiere curar o el que pretende negar su dolencia. La decisión de trabajar por la propia reconciliación debe ir acompañada de la confianza en Dios que no nos abandona y quien, en última instancia, hace fructificar nuestros esfuerzos con su gracia.

En tercer lugar, tenemos el paso propiamente de la reconciliación, que no se puede comprender sin la vivencia del amor como fundamento, como dinamismo de entrega y autodonación generosa, de misericordia y perdón, y que tampoco puede prescindir de la realidad de la Cruz como muerte para la vida, como dimensión de sacrificio del propio esfuerzo por la reconciliación. Vamos a profundizar de manera especial en este paso desde tres perspectivas distintas.

PARA NUESTRA RECONCILIACIÓN

En primer lugar, se trata de cambiar o transformar lo que se pueda y deba ser cambiado, como los hábitos de pecado, pensamientos, sentimientos o conductas anti-evangélicas. Se trata de ingresar de lleno en el dinamismo del despojarse-revestirse.

En segundo lugar, tenemos que aceptar lo que no se pueda cambiar. No se trata de una aceptación resignada y fatalista de los problemas o defectos, sino de una apertura sincera y humilde ante la verdad objetiva. Hablamos de una aceptación de lo bueno y lo malo que habita en nuestro interior. Una mirada a lo esencial permite trascender las faltas de aceptación y el absurdo que ellas implican.

Por último, debemos perdonar el daño cometido a nosotros mismos o a otras personas, Nos referimos a pecados o situaciones dolorosas en los que tenemos algo de responsabilidad y cuyo alivio sólo puede hallarse en el perdón que se nutre de la misericordia de Dios. Aprender a perdonar a los demás o perdonarnos a nosotros mismos es una tarea que puede tomar tiempo, pero implica un crecimiento en libertad que vale el esfuerzo.

Estos tres aspectos de la reconciliación necesitan ser vividos de manera integral, transformando los criterios equivocados o mentiras por la verdad evangélica que nos señala el Señor Jesús -fe en la mente-, reorientando los sentimientos y afectos desordenados -fe en el corazón-, y finalmente plasmando todo esto en una conducta reconciliada -fe en la acción-.

EL HORIZONTE DE MISIÓN

Como último elemento a considerar, pero no por ser el menos importante, está la conciencia de nuestra misión dentro del Plan de Dios. Éste nos revela muchas veces horizontes insospechados de realización y de sentido para nuestras vidas. Olvidar esta dimensión misional de la existencia contribuye a la estrechez de horizontes y a la consecuente mezquindad de corazón de quien se deja envolver por las rupturas personales y las visiones falsas de sí mismo.

El cambio de la reconciliación personal nos exige una mirada reverente, detenida en lo esencial, aquella visión que nos enseña el Senor: "Pero Yahveh dijo a Samuel: No mires su apariencia ni su gran estatura, pues yo lo he descartado. La mirada de Dios no es como la mirada del hombre, pues el hombre mira las apariencias, pero Yahveh mira el corazón" (1Sam 16, 7).

CITAS PARA MEDITAR
Guía para la Oración

  • La experiencia de ruptura: Dt 28, 65-68; Sal 31(30), 10-13; Mt 26, 69-75; Lc 15, 17; Rom 7, 15-23.
  • Despojarse-Revestirse: Ez 36, 26-27; Ef 4, 17-24; Col 3, 8-12.
  • Aceptación personal: Lc 12, 25; Lc 15, 17-20; 1Jn 1, 6.8-10.
  • Vivir el perdón con humildad: Eclo 18, 20-21; Lam 3, 40-42; Jn 21, 15-17; Hch 3, 19.
  • Dios ha escogido lo débil del mundo: 1Sam 16, 7; 1Cor 1, 27-28; 2Cor 4, 7-10.

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