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EL HOMBRE EN BÚSQUEDA
El hombre, consciente de su finitud y contingencia,
percibe en su interior un hambre de eternidad que no encuentra satisfacción en
nada contingente. Cuanto puebla la tierra le resulta insuficiente y es que en
el fondo, sólo lo eterno e ilimitado puede saciar sus anhelos profundos. Es por
ello que el hombre lanza, desde la experiencia fondal de su mismidad, una voz a
lo alto en búsqueda de respuestas. En esto tal vez podamos encontrar un
fundamento antropológico para la oración, la necesidad irrenunciable del hombre
por responder a sus cuestionamientos vitales, la urgencia por respuestas
absolutas y definitivas, la angustia por iluminar el camino y la propia
identidad con la luz de la Verdad. Esta necesidad existencial del hombre por la
oración es reflejo de su profundo hambre de Dios, de apertura al encuentro, de
su misterio llamado a vivir para el Amor.
La oración es diálogo íntimo en un encuentro
personal con Dios, en que el hombre se abre a la gracia y se deja configurar
con el Hijo de María, permitiendo que la acción del Espíritu fructifique de
manera fecunda y abundante.
SI CONOCIERAS EL DON DE DIOS
Jesús, descansando al lado de un pozo, le dice a una
mujer samaritana: "Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice:
Dame debe, tú le habrías pedido a él y él te habría dado agua viva" (Jn 4, 10),
a lo que ella termina respondiendo: "Señor, dame de esa agua, para que no tenga
más sed y no tenga que venir aquí a sacarla" (Jn 4, 15). Esta respuesta revela
en la samaritana una comprensión incipiente, no sólo del don de Dios, sino de
ella misma. La pobre mujer insatisfecha no comprende en toda su hondura la sed
que le abrasa el corazón, no llega a entender que su sed es de eternidad. Con
frecuencia nos sucede algo parecido pues nos acercamos al Señor buscando saciar
nuestra sed más inmediata, algo que alivie nuestra soledad o tristeza, cure
nuestras heridas, ilumine nuestras dudas más elementales o simplemente nos
ofrezca una razón por la cual vivir y no percibimos que el Señor nos conduce
más allá de nuestra propia búsqueda. Haciendo una analogía podríamos decir que
mientras nuestras expectativas se reducen a un pequeño grano de arena, el Señor
nos ofrece toda la arena de los océanos del mundo.
La oración nos devuelve sobre lo esencial. Por
encima de ideales horizontales o expectativas meramente humanas, por encima de
los afanes o proyectos parciales, la oración nos sitúa sobre aquello que
constituye el horizonte último de nuestra felicidad. En el diálogo y el
encuentro con el Señor nuestros ojos son iluminados y puestos en la cumbre de
nuestra vocación a vivir de la vida de Dios, participando de la comunión
trinitaria por toda la eternidad.
PERMANECED EN MÍ
Nos dice Jesus: "Yo soy la vid; vosotros los
sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése de mucho fruto; porque
separados de mí no podéis hacer nada" (Jn 15, 5). Tal vez esta sea una clave
para comprender el pasaje aleccionador de Marta y María (Lc 10, 38-42). En
dicho pasaje Jesús llama la atención a Marta por estar preocupada y agitada por
cosas, cuando sólo una es necesaria y alaba a María porque "ha elegido la parte
buena, que no le será quitada" (Lc 10, 42). ¡Quién no quisiera optar por la
parte buena, por esa porción mejor que nadie puede arrebatarnos! Y esa parte
buena que el Señor señala es la cercanía a Él mismo, es el contacto con su
intimidad, el estar en su presencia y a su lado, es permanecer en Él que es la
vid verdadera. Es importante notar que el Señor reprocha dulcemente a Marta, no
por su actitud de servicio ni por su laboriosidad, sino por el activismo (Lc
10, 40) que le hace perder el silencio y la reverencia necesarios para hacer de
su servicio amable una entrega al Plan de Dios, gesto litúrgico transido de la
dinámica oracional. El Señor nos enseña con toda sencillez que la oración, la
cercanía a su corazón, es el fundamento de todo acto de servicio la piedra
angular de todo apostolado.
Santa María reconcilia de manera paradigmática estos
dos aspectos de la vida cristiana: la oración para el apostolado, vida y
apostolado hechos oración. Es en las bodas de Caná (Jn 2, 1-5) que la Madre nos
da una preciada lección pues con su actitud reverente y solícita a las
necesidades humanas más inmediatas, permanece con la mirada y el corazón
atentos a su Hijo, en diálogo tan profundo como enigmático, tan silencioso como
elocuente. De esta manera supera la falsa oposición entre vida y oración, pues
aún en la actividad más fecunda mantiene la escucha y contemplación de su Hijo.
EN ORACIÓN CON EL SEÑOR
Mirar al Hijo de María puede iluminar nuestra
reflexión pues los pasajes evangélicos revelan los rasgos fundamentales de su
oración. Un primer rasgo es su permanente referencia al Padre en una oración
cargada de confianza y ternura filiales (Mt 11, 25; Mc 14, 36; Lc 22, 42). Su
oración es, en el fondo, una reafirmación constante de su identidad más
profunda como Hijo del Altísimo. Otro rasgo es el de ser obediente pues
constantemente hace mención de su adhesión al Plan del Padre (Mt 26, 42; Jn 15,
10; Jn 18, 11). Es una oración constante ya que, además de su permanente
apertura al Padre, busca momentos fuertes en medio del apostolado más intenso
(Mt 14, 23; Mc 6, 46; Lc 9, 28). Sobre todo en el umbral mismo de su pasión en
Getsemaní, el Señor no huye del Plan de su Padre sino que se adhiere a Él con
mayor fuerza aún. Otra dimensión fundamental de su oración es la conciencia de
misión, por ello acude a la soledad de la oración en los momentos cruciales de
su apostolado. En la oración el Señor redescubre su misión y se renueva para
superar las dificultades (Mc 1, 38; Lc 6, 46; Mc 14, 32-42) y nos muestra que
la oración no es un episodio más de su vida o una mera actividad, sino una
dimensión constante y esencial de su misión.
Tal vez estas dimensiones se vean reflejadas con
especial claridad en dos pasajes importantes de la vida del Señor:
-
En medio de una febril actividad apostólica,
predicando, curando enfermos, denunciando y realizando prodigios, el Señor
Jesús hace un alto en medio de su labor y lleva a tres de sus discípulos más
cercanos Juan, Santiago y Pedro a un monte (Mt 17, 1-8). Se aleja del bullicio
de la gente y de la urgencia de la predicación en búsqueda del silencio de las
alturas para manifestar el resplandor de su divinidad a los discípulos. Con
ello les regala un anticipo de la gloria eterna a la que están invitados y es
tal la impresión causada, que Pedro pareciera perder de vista la misión, la
prédica, los demás compañeros y exclama admirado: Señor, bueno es estarnos
aquí. Si quieres, haré aquí tres tiendas... Pedro no sabe lo que dice, sólo
sabe que está impresionado por lo que ve y quisiera quedarse allí, contemplando
la gloria de Dios. ¡Qué difícil imaginar esta experiencia de intimidad con el
Maestro! En la oración nos adentramos en este misterio de gloria, en que el
tiempo se eterniza y nuestros afanes más cotidianos son relativizados, se
elevan nuestros anhelos y se redimensiona el sentido de todo cuanto hasta ahora
hemos hecho.
-
La segunda experiencia de encuentro, que guarda
analogía con la anterior, es la de Getsemaní (Mt 26, 36-46) en la que el Señor
se experimenta triste hasta el punto de morir y abre su corazón -una vez más a
Juan, Santiago y Pedro- pero esta vez muestra el rostro de su humanidad
sufriente. Ya no es el resplandor divino del Hijo del Altísimo lo que se
destaca, sino el abajamiento del Hijo de Mujer que experimenta sobre su corazón
todo el pecado del mundo, toda la angustia de la humanidad. El Señor no quiere
ocultarnos su pasión más bien, en ella Él se hace solidario con todo dolor
humano, con todo sufrimiento físico, psíquico o espiritual y se hace vulnerable
por nosotros. la fragilidad del Maestro debe ayudarnos a no temerle a no
sentirnos incomprendidos, sino por el contrario a amarle y buscarlo en la
oración, penetrar su misterio y desde Él lanzarnos a la plena conformación.
No olvidemos que nuestras expectativas y anhelos más
profundos no pueden ser saciados con sucedáneos. San Juan nos cuenta en su
Evangelio que en el día más solemne de la fiesta de los tabernáculos, el Señor
Jesús se pone de pie y en medio de una multitud que acudía al templo, clama a
voz en cuello: "Si alguno tiene sed, venga a mí, y beba el que crea en mí, como
dice la Escritura: De su seno correrán ríos de agua viva" (Jn 7, 37-39). Hoy el
Señor nos sigue llamando a acudir a Él en busca del agua fresca que nos sacia,
de ese don de Dios que tanto anhelamos, nos invita a buscarle por la senda
fecunda de la oración.
CITAS PARA MEDITAR
Guía para la Oración
-
Oracion del Señor en la intimidad con su Padre: Lc
6, 12; Mt 14, 23.
-
Orar constantemente: Rom 12, 12; Ef 6, 18; Flp 4,
6.
-
Orar con confianza de hijos: Rom 8, 15; Gál 4, 6.
-
Orar en común: Mt 18, 19-20.
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Orar en compañía de María: Hch 1, 14.
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Trabajo de Interiorización
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