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La aspiración de alcanzar la santidad nos mueve a buscar vivir la virtud, es
decir, la autoposesión y equilibrio personal, el señorío sobre nosotros mismos
para acoger el don de la reconciliación traído por el Señor Jesús. El silencio
es un camino excelente para comenzar a vivir la virtud. Dado que la práctica
del silencio va de lo exterior a lo interior, resulta muy conveniente
iniciarnos en su vivencia a través del ejercicio del silencio de palabra.
IMPORTANCIA DE ESTE SILENCIO
El silencio de la palabra es un ejercicio ascético
por el cual la persona busca ordenar la facultad de habla por medio de la
voluntad, encaminando su uso a lograr el señorío sobre sí mismo y así poder
responder al llamado de Dios a vivir en plenitud. Es un camino de maestría en
el arte del recto uso de la palabra en la línea del divino Plan. Se trata de
saber expresarnos correctamente, así como de saber escuchar la palabra ajena.
El silencio de palabra comprende, pues, dos dimensiones bien definidas: una
interior que consiste en el autodominio del habla, cuya base es la capacidad de
escucha y otra exterior que es hablar correctamente.
La práctica del silencio de palabra es ante todo una
realidad activa. No se trata de permanecer callado sino de orientar
correctamente el habla. Por eso podemos resumirlo en la frase: Habla cuando
quieras, pero quiere cuando debas. Este silencio es toda una pedagogía de
voluntad. Nos educa a no ser víctimas de automatismos y de hábitos no
voluntarios en el hablar. Por otra parte, la práctica del silencio de palabra
también tiene como base la prudencia y recto discernimiento para saber cómo y
cuándo hacer uso del habla; de qué manera y con qué finalidad hablar o callar.
VIVIENDO EL SILENCIO DE PALABRA
Vivir el silencio de palabra requiere, como toda
práctica ascética, de constancia y orden. El primer paso es conocer nuestras
principales manifestaciones equivocadas en el uso del habla, a través del
ejercicio de la vigilancia personal y la autoconciencia. De ahí que le silencio
de palabra sea un medio excelente para crecer en el conocimiento personal y en
la conciencia de uno mismo.
El recurso al consejo fraterno también es un medio
para conocer nuestras principales manifestaciones desordenadas en el hablar.
Sabemos muy bien cómo muchas veces no nos damos cuenta de algunas
características personales que los demás sí perciben con claridad. La apertura
a la corrección fraterna exige de nuestra parte una actitud de escucha y
acogida que en sí misma ya es ejercicio del silencio de palabra.
Fray Luis de Granada, maestro espiritual del siglo
XVI, recomienda cuatro áreas de trabajo personal en nuestro silencio de palabra
para alcanzar el arte del bien hablar.
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En primer lugar está el trabajo sobre la materia o
contenido de lo que se dice. Bien sabemos que se puede hablar mucho sin decir
nada. La persona que está normalmente sumergida en la inocencia, la fuga y la
superficialidad como estilo de vida, ciertamente proyecta este dinamismo en lo
que habla. Esto es todo un reto en nuestros días, tan acostumbrados a la poca
profundidad frente a la realidad. Ciertamente hay distintos niveles de
comunicación y cada uno tiene su razón de ser y su importancia. Existe un nivel
elemental, pero aún éste debe cumplir con su razón de ser, de lo contrario se
convierte en palabrería inútil. San Pablo nos exhorta a "que no salga de
vuestra boca palabra dañosa, sino la que sea conveniente para edificar según la
necesidad y hacer el bien a los que os escuchen" (Ef 4, 29). En vistas a ello,
es bueno evitar temas excesivamente dispersos o desedificantes que no sólo no
benefician a nadie, sino son perjudiciales: el uso de frases hechas que en el
fondo nunca dicen nada, la imprecisión y ambigüedad en el lenguaje, el chisme,
la murmuración, los comentarios negativos, pues, hacen mucho daño a los demás y
a nosotros mismos.
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En segundo lugar, es importante considerar el
modo, la manera como decimos las cosas. Bien sabemos que una misma cosa puede
ser dicha de maneras distintas. Por eso debemos prestar atención sobre el tono
de voz que empleamos -si hablamos muy fuerte o casi imperceptiblemente-, la
velocidad con que nos expresamos -si muy rápido, al punto que es difícil que
nos entiendan, o si demasiado lento-, la claridad con que lo hacemos, la
modulación de nuestra voz -si ésta es sobria o fingida, poco natural-, etc. Es
importante tener en cuenta que el uso de las malas palabras y jerga constituyen
un empobrecimiento del vocabulario y, por lo tanto, de nuestra capacidad de
comunicar con fidelidad lo que buscamos transmitir.
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Una tercera consideración está en la atención al
tiempo en el que decimos las cosas. Se trata de aprender a hablar y callar en
el momento oportuno según lo que enseña el Eclesiastés: "Su tiempo el callar y
su tiempo el hablar" (Ecle 3, 7). Así como hay quienes hablan todo el tiempo
buscando acaparar desordenadamente la atención de los demás, imponiéndose y
asfixiando a todo el mundo con su palabrería, los hay también de los que
siempre están callados, sea por inseguridad y temor, por no saber qué decir, o
por indiferencia y apatía. Una actitud silenciosa exige ponderar cuándo y
cuánto es oportuno que hable y cuándo que me calle para escuchar a los demás.
Por otro lado, también se trata, como ya mencionábamos anteriormente, de saber
discernir el momento conveniente en que decimos las cosas. Palabras inofensivas
dichas en un mal momento pueden producir efectos contraproducentes.
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La facultad del habla, así como todas las demás
facultades humanas, deben estar al servicio de la propia realización. De ahí la
importancia de considerar la finalidad de lo que decimos, de ponderar si son
rectas nuestras intenciones o si detrás de nuestras palabras buscamos quedar
bien con los demás, perjudicar al otro, dar rienda suelta a nuestros conflictos
interiores, ocultar la verdad, o cualquier otra intensión desordenada.
Toda situación de la vida cotidiana puede ser
ocasión para ejercitarnos en la práctica de este primer paso para vivir la
virtud que es el silencio de palabra; y quizás en esto resida de una de sus
principales ventajas para vivirlo. Existe, además, una realidad especialmente
favorable para su vivencia: la participación activa y consciente de la
liturgia. El mismo dinamismo de la liturgia es toda una escuela donde
iniciarnos en el ejercicio del silencio de palabra.
EN EL APOSTOLADO
El ejercicio del silencio de palabra también un
excelente medio para el apostolado, tanto de manera indirecta como directa.
Indirectamente, porque quien lo practica va ganando señorío sobre sí mismo y no
hay mejor apóstol que la persona reconciliada, ya que nadie da lo que no tiene.
Directamente, porque el anuncio de la fe es primariamente por la palabra y
quien no sabe usar correctamente la facultad del habla difícilmente podrá
comunicar con fidelidad el Evangelio. Un hablar desordenado, impreciso, sin
convicción o excesivamente plagado de frases hechas es sólo un ejemplo de cómo
el uso deficiente de la facultad del habla se puede convertir en un impedimento
para que los demás puedan acoger la Palabra. La acogida del Evangelio es un don
de Dios, pero la gracia supone la naturaleza. Por ello el apóstol debe poner
los medios para cooperar con la gracia a fin de que la Palabra germine como
semilla en tierra fértil en el corazón de quien la recibe.
CITAS PARA MEDITAR
Guía para la Oración
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Saber hablar y saber escuchar: Ecle 3, 7; Ecle 5, 1; Eclo 11, 8; Eclo 28,
25-26; Prov 10, 19; Mt 12, 33-37; Stgo 1, 19; Stgo 3, 10-12.
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La palabra es medio para evangelizar: Prov 31,
8-9; 1Cor 1, 17; Ef 4, 29-30.
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Los bienes que trae el silencio de palabra: Prov
13, 3; Stgo 3, 2-4.
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Los males que acarrea el uso incorrecto de la
palabra: Prov 14, 23; Prov 25, 18; Eclo 20, 8; Eclo 23, 13; Eclo 28, 17; Stgo
3, 5-9.
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El silencio de palabra en la oración: Eclo 7, 14; Mt 6, 7-8.
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Trabajo de Interiorización
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