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DOCILIDAD AL PLAN DE DIOS
 

EL MUNDO Y EL PLAN DE DIOS

Con mucha frecuencia, el mundo -a través de los medios de comunicación, de opiniones generalizadas o hasta de comentarios bien intencionados- suele presentarnos la religión como una serie de prácticas externas y a Dios como un ser caprichoso y arbitrario.

Dentro de esta perspectiva trágicamente distorsionada, el Plan de Dios es presentado algo así como el proyecto subjetivo y egoísta que esta divinidad tiene para nosotros y que nos impone como una meta de vida que, de no ser cumplida merecerá un castigo terrible. Esta visión mundana muchas veces prevalece en nosotros y nos presenta a Dios como un rival o como un ser lejano e indiferente. Por lo mismo su plan para nosotros se suele ver como algo opuesto a nuestra propia felicidad o simplemente como una realidad que nos resulta indiferente por no tener mucho que ver con nosotros.

EL SEÑOR JESÚS Y EL PLAN DEL PADRE

Sin embargo, la entrega del Señor Jesús por todos los hombres, nos revela desde lo alto de la Cruz un Dios totalmente diferente al que nos pinta el mundo: un Dios lleno de Amor, Dispuesto a entregar a su Primogénito para restablecer con su creatura el vínculo roto por el pecado.

Así, para cumplir el designio de reconciliación del Padre, y de manera totalmente gratuita y generosa, decide hacerse presente en medio de los hombres, aún a riesgo de ser recibido con desprecio e ingratitud, para revelarnos de manera personal el proyecto de vida que ha diseñado para cada uno de nosotros.

UN PLAN DE SABIDURÍA Y AMOR

Basta conocer un poco al Señor Jesús para descubrir que a Él no le mueven intereses mezquinos, sino un profundo amor, reflejo y expresión del Padre que el mismo Jesús nos comunica: "Como la ternura de un Padre para con sus hijos, así de tierno es Yahveh para quienes le temen" (Sal 103(102),13). Y este Dios que nos ama también nos conoce a cada uno de manera especial: "Yahveh, tú me sondeas y me conoces; sabes cuándo me siento y cuándo me levanto, mis pensamientos penetras desde lejos...no está aún en mi lengua la palabra, y ya tú, Yahveh, la conoces entera" (Sal 139(138),1-4).

Dios, que conoce nuestros dinamismos fundamentales, nuestras necesidades interiores más auténticas -incluso aquellas que no conocemos o que decodificamos erradamente-, nos ama con un amor y una ternura sin límites. Por eso, Él quiere que seamos felices y sabe cómo podemos lograrlo. Ése es justamente el Plan de Dios: aquel proyecto de vida que Dios ha diseñado para cada uno de nosotros -movido por su amor y por el conocimiento perfecto que tiene de cada uno- y que es objetivamente la única senda por la que podremos ser plenamente felices.

EL HOMBRE ES LIBRE

La principal prueba de que el Plan de Dios es fruto del amor que el Creador tiene por cada hombre es la libertad. Dios no impone su plan; se lo revela al hombre por todos los medios posibles, pero lo deja en la libertad de poder escoger entre obedecer a sus dinamismos interiores, aceptando el proyecto de vida que Dios le propone; o rechazarlo, esclavizándose así a las presiones deshumanizantes del poder, el tener, y el poseer-placer. El hombre concreto, cada uno de nosotros, puede escoger libremente. Dios respeta esa decisión; pero la opción libre no carece de consecuencias: "te pongo delante vida o muerte, bendición o maldición. Escoge la vida, para que vivas, tú y tu descendencia, amando a Yahveh tu Dios, escuchando su voz, viviendo unido a El" (Dt 30, 19-20). La opción que tome, por tanto, marcará la diferencia entre la muerte y la vida.

LIBERTAD Y DOCILIDAD

El Plan de Dios es pues, nuestro camino seguro de vida. Pero, por la dramática experiencia del pecado, sabemos que haciendo un mal uso de nuestra libertad podemos elegir la perdición y la muerte. Lo que está en juego no es sólo un momento, es nuestra felicidad terrena y toda la eternidad. ¿Cómo hacer para no errar, para no optar en contra de nuestra propia vida?

Acá es donde surge la docilidad como el medio fundamental para optar bien. Ella consiste en la actitud interior que nos permite adherir, tras el asentamiento de la razón, nuestro sentimiento y nuestra voluntad a aquello que la fe nos ha revelado como cierto. La docilidad, por tanto, no es lo contrario a la libertad, sino a la rebeldía sin sentido que surge de ver a Dios como un tirano que pone en riesgo nuestra libertad. Esta virtud, que supone un nivel de dominio de sí al que se ha llegado por medio de la práctica de los silencios, prepara a la persona para que pueda encaminar libremente sus potencias para cooperar con la gracia que el Señor derrama y para remontar, con ella, todas las barreras interiores y exteriores que impiden adecuar la propia vida al Plan de Dios.

LA DOCILIDAD DE LA MADRE

"He aquí la Sierva del Señor, hágase en mi según tu palabra" (Lc 1, 38); "Engrandece mi alma al Señor y mi espíritu se alegra en Dios mi salvador, porque ha puesto sus ojos en la humildad de su esclava" (Lc 1, 46-47). Tan pronto como irrumpe en el Nuevo Testamento, la figura de María nuestra Madre ya nos habla de esa actitud de docilidad y plena disponibilidad. Si María obedece no es porque carezca de voluntad o inteligencia. Por el contrario, su docilidad es el fruto de la fidelidad a sus propios dinamismos interiores, que apuntan hacia Dios y al plan de salvación que tiene para Ella. De esta manera, por su docilidad, María se libera de toda atadura que podría desviarla del proyecto de vida que la plenifica y se entrega plenamente, siendo consciente de que hay muchas cosas que no comprende y que el camino de reconciliación que emprende está, inevitablemente, lleno de dolores y sufrimientos (Lc 2, 35). En María, la docilidad no se presenta como una actitud pasiva que simplemente se resigna ante los hechos. Al contrario, es una disposición activa que domina con firmeza las pasiones interiores para disponerlas y encaminarlas hacia el encuentro del Plan de Dios. "La fascinante respuesta de Maria", nos dice Luis Fernando en María Paradigma de Unidad, brota del corazón una "Mujer libre"; es precisamente desde su libertad poseída, y haciendo ejercicio de esta misma libertad, que María responde: Sí, Hágase.

La conclusión es evidente: La vida de María nos invita a trabajar por la misma senda de cooperar con la gracia en el ejercicio del silencio que conduce a la virtud, al señorío sobre sí mismo. En esta cooperación generosa con la gracia radica la virtud de la docilidad.

CITAS PARA MEDITAR
Guía para la Oración

  • Jesús, modelo de docilidad: Mt 11, 28ss.
  • Docilidad en las manos de Dios: Rom 9, 19-20; Jer 18, 6.
  • Docilidad y confianza en las promesa de Dios: 2Cor 1, 20.
  • Docilidad y libertad: Gál 5, 1.
  • Perseverancia en la docilidad: 1Pe 1, 6.

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