|
La solidaridad suele acompañar de una u otra manera la vida de los hombres. Las
tareas y responsabilidades comunes, las experiencias compartidas, son
realidades en las que solemos asumir expresiones solidarias de unos con otros.
Sin embargo, son las situaciones particularmente dolorosas donde la se hace
tanto más evidente como necesaria. La pobreza, la injusticia, la enfermedad, el
sufrimiento del inocente, la desesperanza, son realidades que nos mueven
especialmente a ser solidarios.
La solidaridad nace de la naturaleza misma del ser
humano. Por el sólo hecho de ser hombres estamos llamados a un destino común.
de manera que la felicidad de uno compromete la felicidad de los demás. El ser
humano de hoy y de ayer tiene hambre de solidaridad porque ésta responde a su
realidad más profunda de criatura creada a imagen y semejanza de Dios e
invitado a vivir en comunion: "Dios no creo al hombre en solitario... El hombre
es, en efecto, por su íntima naturaleza, un ser social y no puede vivir ni
desplegar sus cualidades sin relacionarse con los demás" (Gaudium et Spes, 12).
El creyente que busca responder con fidelidad y
coherencia a la invitación divina a vivir en plenitud no puede dejar de
procurar una cada vez mayor adhesión afectiva y efectiva al servicio y la
solidaridad con sus hermanos. "Dios, que cuida de todos con atenta solicitud,
ha querido que los hombres constituyan una sola familia y se traten entre sí
con espíritu de hermanos" (Gaudium et Spes, 24). La solidaridad es expresión de
comunión fraterna, de la experiencia cotidiana de la unidad de los corazones,
es testimonio vivo de la caridad. La solidaridad hunde sus raíces en el Amor de
Dios. El encuentro personal con el Señor suscita un creciente deseo de amar que
nos mueve a trascender egoísmos y mezquindades para autodonarnos a los demás.
Por eso se puede afirmar que la primera tarea social es abrirse a la gracia y
buscar la santidad.
Fruto del dinamismo de comunión es la
responsabilidad por el prójimo en un compromiso personal con el hermano en la
dinámica de la guardianía. De esta manera, la experiencia de cada grupo o
pequeña comunidad que vive el ideal de ayudarnos entre nosotros para ayudar a
los demás, que sale al encuentro del que los necesita, es signo de madurez y
edificación de la Iglesia.
Pero la solidaridad la viven personas concretas. Por
eso ella debe ser un estado permanente de nuestro ser, una auténtica virtud
cristiana. Debemos cooperar con la gracia para despojarnos del egoísmo y
realizarnos amando, sirviendo, siendo solidarios.
ACCION DE SOLIDARIDAD
La misión apostólica de anunciar el evangelio no
puede ir separada de un trabajo efectivo al servicio de la promoción humana. De
lo contrario "sería ignorar la doctrina del Evangelio acerca del amor hacia el
prójimo que sufre y padece necesidad" (Pablo VI). El servicio solidario es un
acto de amor y misericordia que busca remediar con urgencia el sufrimiento del
hermano: dar de comer al hambriento, vestir al desnudo, albergar al que no
tiene techo, enseñar al que no sabe. Por otro lado, pero de forma conjunta,
también se tarta de edificar el Reino de Dios, luchando contra el egoísmo y el
pecado de los hombres, alentando y promoviendo la solidaridad de unos con
otros. En fin, se trata de edificar una cultura solidaria desde los seres
humanos concretos; muchos con hambre de pan, pero todos hambrientos de Dios, de
comunión y reconciliación.
El horizonte de la solidaridad efectiva, es mi
acción connatural, oportuna, proporcionada y generosa en favor del pobre. No
importa que al comienzo se disponga de poco o nada en comparación con tanto
sufrimiento y necesidad. Mientras vivimos tendremos tiempo y paciencia, cariño
y oración: riquezas invalorables que compartir con nuestros hermanos más
necesitados.
En nuestro compromiso de amor no puede faltar una
solidaridad afectiva con el pobre. No se puede vivir la ilusión de un
cristianismo sin Cruz. Tampoco existe un cristianismo sin crucificado, sin
Jesús que sufre en el pobre. La ascética del servicio solidario comienza cuando
rompemos con el temor frente al dolor y el sufrimiento ajeno para hacerlo
nuestro compartiéndolo.
La Buena Nueva de Jesús nos ha dejado un pasaje
aleccionador, el Buen Samaritano. La parábola nos enseña una nueva actitud,
aquella de dejarse herir por el dolor del prójimo para volcarse en un servicio
solidario efectivo que no teme posibles consecuencias como meterse en el
destino de un desconocido, trastocar los propios planes, enfrentar la realidad
del dolor y la cercanía de la muerte, etc.
El Señor Jesús nos enseña que no se pueden escatimar
esfuerzos frente a la maravillosa dignidad de la persona humana, frente al
misterio del hombre viviente que es la gloria de Dios. Esta ascética es camino
de madurez y alegría, experiencia de caridad que purifica el corazón, que llega
a los límites de uno mismo y los despliega en vencimientos sensibles e
interiores, que alimenta la esperanza de escuchar al mismo Señor Jesús que nos
habla al corazón: "Venid, benditos de mi Padre, recibid la herencia del Reino
preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre, y me
disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber;..." (Mt 25, 34ss).
MARIA, MADRE SOLIDARIA
El pasaje de la Visitación (Lc 1, 39ss) es elocuente
testimonio de servicio solidario. María no espera a tener las mejores
condiciones para salir al encuentro de quien la necesita. Ella se dirige con lo
único imprescindible: el deseo de entregar su amor a la ya anciana Isabel. Ése
es el estilo solidario de la Madre; pronto y dirigido hacia quien sabe que la
necesita. Es decidido, pues asume las dificultades de viajar a las montañas
para ir a servirle. Es humilde y connatural, pues asume las tareas del hogar
junto con el servicio personal a aquella anciana en tan delicada situación de
espera. La dulce Virgen de Nazaret se muestra alegre de compartir las cargas de
los demás, su alegría es profunda y llena del Espíritu, tanto que crea un clima
contagiante y positivo en aquella casa.
La Sagrada Escritura también nos muestra a María
atenta a todos los detalles y las necesidades de los demás en las bodas de Caná
(Jn 2, 1ss). Con gran delicadeza y profunda reverencia, María acude a Jesús
preocupada por remediar la incómoda situación de los novios. Ese silencio
reverente ilumina su capacidad de percibir la realidad, las circunstancias
humanas y su repercusión en la vida de los hombres. Esa reverencia nos da la
connaturalidad necesaria para concretar la solidaridad y nos dispone a servir
en lo que el hermano más necesita. Nos abre los ojos a la realidad para poner
lo medios, para cooperar con la acción misericordiosa del Señor. María nos
recuerda con su ejemplo que es al Señor Jesús a quien deben encontrar los
hombres por nuestra solidaridad.
María al pie de la Cruz aparece como la Mujer
fuerte. En Ella reina la visión de fe y sostenida por la gracia no sucumbe al
dolor. Tampoco fuga de él. La pobreza, el dolor y sufrimiento humano son las
circunstancias que más mueven nuestra solidaridad con quienes los padecen.
María nos enseña que no es sencillo sostenernos frente a ese dolor, menos
sostener al que sufre si no es por la fortaleza de la fe. Nuestro ánimo por
combatir esos males presentes en el mundo necesita raíces profundas de fe.
Necesita un corazón capaz de amar hasta que duela. Un horizonte sobrenatural
que recuerde y vea al Señor Jesús en el que sufre. Este gran misterio de
sufrimiento, nos mueve a remediar las circunstancias del que sufre, pero sin
olvidar su causa que es el pecado de los hombres y el deber de combatirlo,
primero en nosotros mismos. En última instancia toda acción de solidaridad es
buscar la reconciliación integral del ser humano luchando contra el pecado y
sus terribles consecuencias.
CITAS PARA MEDITAR
Guía para la Oración
-
Saber Administrar nuestros dones para servir: 1Pe 4, 10-11.
-
Cristo modelo de servicio: Mc 10, 45.
-
Solidaridad en las dificultades: Gál 6, 2.
-
Nuestro servicio es por el Señor: Ef 6, 6-7.
|
Descargar
Trabajo de Interiorización
|
Versión
para imprimir
|
|

|

|
|