|
Sabemos bien qué son los silencios: medios prácticos que nos permiten vivir la
virtud. De esta manera, por la vivencia de los silencios nos disponemos a
lograr el señorío sobre nosotros mismos, cooperando con la gracia para cumplir
el divino Plan.
El silencio de cuerpo consiste en poner mi cuerpo y
sus signos bajo el imperio de mi voluntad, restaurando así su propósito
original. Entendemos por signos cualquier gesto o movimiento exterior con el
que expresamos nuestros pensamientos, sentimientos y acciones. El silencio de
cuerpo es, pues, un camino ascético que me permite conocer y gobernar mi cuerpo
y sus signos, dirigiéndolos bajo la acción de la gracia y la guía de mi
voluntad en el recto cumplimiento del divino Plan . Por la voluntad dominamos o
transformamos los movimientos innecesarios o desordenados para encaminarlos
rectamente. Por la prudencia regulamos su oportunidad y su uso efectivo.
La vivencia del silencio de cuerpo presupone una
visión positiva de nuestra realidad corporal. La Tradición de la Iglesia, fiel
a la revelación, siempre ha afirmado la recta valoración del cuerpo como parte
integral de la persona humana. De ahí que el silencio de cuerpo tenga una
aproximación positiva. No se trata de castigar el cuerpo o reprimir sus
manifestaciones, sino de reordenar, de educar nuestros signos para lograr
armonía corporal y señorío sobre nosotros mismos.
PEDAGOGÍA DE LA VOLUNTAD
El silencio de cuerpo -lo mismo que los demás
silencios- forja mi voluntad porque me obliga a ser consciente, en este caso,
de mi cuerpo y de sus signos y, mediante actos libres de mi voluntad, me
permite encaminarlos en la dirección correcta. De esta manera mi voluntad no
está sometida al desorden de la ley del gusto-disgusto, a la inconsciencia, ni
a automatismos de ningún tipo, sino que actúa en libertad según el Plan de
Dios.
EL HOMBRE SER INTEGRAL
El ser humano es, por su propia naturaleza, una
unidad bio-psico-espiritual. Existe por lo tanto una íntima relación entre lo
exterior y lo interior, de manera que lo exterior repercute en lo interior y
viceversa. Hay, pues, actitudes o posturas que favorecen disposiciones
interiores y, a su vez, disposiciones interiores que se reflejan en el porte
exterior. Reordenando mis signos y gestos corporales mediante el ejercicio del
silencio, adquiero armonía exterior, la que definitivamente repercute en mi
interior, De ahí que el silencio de cuerpo sea un excelente medio para ganar
armonía y profundidad interior, así como densidad espiritual.
EL SER HUMANO, SER PARA EL ENCUENTRO
La comunicación es un aspecto fundamental de la vida
humana. El hombre en cuanto ser para encuentro es un ser para la comunicación,
y por comunicación nos referimos a la comunicación total. La comunicación
humana no se limita solamente al aspecto verbal. Ésta es sin duda su dimensión
más importante, pero el ser humano se comunica con todo su ser y, por lo tanto,
también con todo su cuerpo, con sus gestos y signos. Muchas veces un gesto
puede ser mas expresivo que las palabras. Quién no ha experimentado cómo -en
muchas ocasiones- las palabras se quedan cortas, mientras que un gesto, una
mirada, una sonrisa son mucho más elocuentes. Por eso, el silencio de cuerpo
juega un papel esencial para lograr una vida relacional más plena. Me facilita
la comprensión de mi propia realidad, mi capacidad de comunicación con los
demás y también con Dios. La persona que logra silenciar sus signos
definitivamente aumenta su capacidad de comunicación y de expresión.
EL SILENCIO DE CUERPO Y EL APOSTOLADO
La vivencia del silencio tiene una clara proyección
apostólica. Nuestra vocación encarnatoria de presencia transformante en medio
del mundo exige de nuestra parte un trabajo serio sobre nosotros mismos, para
ir adhiriéndonos cada vez más plenamente a Aquel que es el modelo de la plena
humanidad; el Señor Jesús. Este dinamismo configuraste no es individualista,
pues su propia naturaleza está orientado hacia el señorío de uno mismo en
vistas a la apertura hacia Dios y los hermanos.
En esta línea, el silencio de cuerpo es un excelente
medio para el apostolado. Cuando no están debidamente reordenados, nuestro
cuerpo y sus signos, pueden convertirse en un obstáculo real para la acogida
del Evangelio por parte de los demás, Gestos torpes, inoportunos, malos
hábitos, pueden ser verdaderamente molestos, creando innecesarias barreras
frente a los demás. Silenciando nuestros signos, ganamos la naturalidad y la
libertad interior tan necesarias para trasmitir con fidelidad al Señor.
LA GUARDA DE LOS SENTIDOS
Los sentidos son la puerta de entrada por donde
ingresa la realidad a nuestro interior. De ahí la importancia de mantener una
actitud vigilante con respecto a ellos. Este ejercicio positivo reviste
especial importancia en nuestros días, dada la primacía de la búsqueda de
sensaciones -exacerbada hasta el cansancio por los medios de comunicación-
sobre los valores interiores. La práctica de la guarda de los sentidos se
presenta como fundamental para vivir la libertad, en consonancia con la
auténtica naturaleza del ser humano.
VIVIENDO EL SILENCIO DE CUERPO
La vivencia del silencio de cuerpo presupone la
voluntad decidida de cambio, de trabajo serio sobre uno mismo, así como la
apertura y docilidad a la acción de la gracia.
La practica del silencio de cuerpo tiene dos
momentos . El primero consiste en el conocimiento de nuestros gestos y signos
desordenados, así como nuestros malos hábitos corporales. Para ello se hace
necesaria la vigilancia personal constante, así como la apertura a la
corrección fraterna. El segundo momento consiste en el acto de voluntad por el
cual reemplazo los signos desordenados por aquellos mas convenientes. Debemos
recordar que muchas de nuestras manifestaciones corporales desordenadas son
frutos de hábitos muy enraizados en nosotros por el tiempo y la costumbre. Por
ello, el ejercicio del silencio de cuerpo requiere de mucha constancia y
perseverancia.
CITAS PARA MEDITAR
Guía para la Oración
-
La dignidad de nuestro cuerpo: 1Cor 6, 15.19-20; 1Tes 4, 4; 1Tes 5, 23; Gál 6,
17.
-
El cuerpo, instrumento para cumplir el Plan de
Dios: Rom 12, 1; Flp 1, 19-20; Col 1, 24.
-
El silencio de cuerpo en nuestro apostolado: Lc 1,
39-42; Rom 6, 12-13; 2Cor 11, 23-29.
-
La guarda de los sentidos: Mt 5, 28-29; Mt 6,
22-23; Mt 18, 9.
|
Descargar
Trabajo de Interiorización
|
Versión
para imprimir
|
|

|

|
|