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EL HAMBRE DE DIOS
La peregrinación -en cuanto gesto- simboliza nuestra propia
existencia humana y cristiana. Arraigada en lo más profundo de nuestro corazón,
refleja con especial transparencia nuestro anhelo de encuentro y nuestra
apertura a lo trascendente. De alguna manera es expresión del estar caminando
hacia aquello que constituye la plenitud de nuestra existencia sobre esta
tierra.
"Dios, Tú mi Dios, yo te busco, sed de Ti tiene mi alma, en pos
de Ti languidece mi carne, cual tierra seca, agotada sin agua" (Sal 63(62), 2),
nos dice el salmista, describiendo la experiencia humana del hambre de Dios.
Creados a su imagen y semejanza nuestro interior clama por la plena comunión
con el Creador y la experiencia del peregrinar simboliza la búsqueda de este
encuentro pleno con Él.
Buscando la felicidad somos peregrinos, caminamos errantes, sin
hallar reposo pues nuestros anhelos rebasan las fronteras de la vida terrena.
De esta manera el hambre de Dios, el peregrinar hacia su
encuentro, constituye una dimensión de honda resonancia en el corazón humano.
EL RIESGO DE CREER
Como en toda aventura "ser peregrinos comporta siempre una cuota
inevitable de inseguridad y riesgo. Ella se acrecienta por la conciencia de
nuestra debilidad y nuestro pecado" (Puebla, 266). Es una experiencia análoga a
la del navegante que se lanza a alejarse de la orilla y atraviesa el océano,
con la confianza de que tras el horizonte encontrará la isla que oculta el
tesoro invalorable. Partimos a la aventura de un destino invisible, sin contar
con un testimonio sensible de nuestro destino.
Sin embargo, confiamos y nuestro apoyo es la fe, garantia de lo
que se espera, la prueba de las realidades que no se ven (Heb 11, 1). La fe -en
cuanto don- es sustento de nuestro caminar pues no podríamos buscar a Dios como
peregrinos si Él mismo no hubiese puesto en nuestros corazones el deseo de
hallarle.
Por otro lado, a pesar de nuestra condición de peregrinos, hay
algo que ya poseemos con seguridad en la esperanza. "Somos peregrinos, pero
también testigos. Nuestra actitud es de reposo y alegría por lo que ya
encontramos y de esperanza por lo que aún nos falta" (Puebla, 265).
CAMINO DE CONVERSIÓN
A lo largo de la peregrinación se da en nosotros una innegable
transformación. El cansancio, el desgaste físico, las seguridades dejadas
atrás, la distancia recorrida, la lejanía de la rutina cotidiana, la incursión
en tierra extraña, son elementos que nos van introduciendo en una dinámica de
despojamiento de todo aquello que nos instala y nos lastra. En medio del camino
nuestro corazón se hace más sensible a la presencia de Dios, nos hacemos más
transparentes a nosotros mismos, nuestros oídos se abren a la palabra de Dios y
se allana la senda hacia una nueva vida por la conformación con el Señor Jesús.
Aquello que debe estar siempre presente en nuestra vida cotidiana encuentra un
momento fuerte en la experiencia del camino.
El peregrino jamás llega a su destino igual que cuando partió,
pues si no ha progresado en su camino de conversión, significa que,
ciertamente, ha retrocedido.
PERSEVERAR EN LAS TENTACIONES
El éxodo del pueblo de Israel en busca de la tierra prometida
simboliza nuestra propia historia. Tan pronto como se alejan de la esclavitud
egipcia y surgen las primeras dificultades, el pueblo de Israel duda y
desconfía de Dios.
Algo análogo sucede en nuestra vida cristiana. En el momento en
que arrecian el hambre y la sed, en que el cansancio o la incomodidad debilitan
nuestros pasos, nuestro subjetivismo nos hace añorar la seguridad de la
esclavitud que hemos abandonado, extrañamos y nos aferramos a bienes ilusorios.
Surge la tentación de volver atrás, de disminuir el ritmo, de desviar nuestra
ruta o de detenernos con cualquier excusa.
Ante la tentación sólo hay dos alternativas. Una es el sucumbir
al absurdo alejamiento de Dios. La otra es perseverar firmemente y asumir la
tentación como un reto, como una ocasión de crecimiento y consolidación de los
propósitos hechos. La tentación se convierte en instancia de lucha. Así como el
pecado deshumaniza al hombre, el triunfo sobre la tentación nos hace más
humanos.
CELEBRAR EN COMUNIDAD
Somos una comunidad de amigos que, bajo la guía de María,
caminamos hacia el encuentro del Señor Jesús. La dimensión comunitaria de
nuestro llamado signa la vida y la acción de cada uno de nosotros. Esta misma
dimensión es representada y simbolizada en la peregrinación. La solidaridad, la
oración común, el servicio amable, la comunión profunda, la apertura atenta y
reverente a los demás, el testimonio sincero, son algunos de los rasgos de este
peregrinar común.
MARÍA MODELO
El peregrino es -en el fondo- aquel que constantemente parte,
que lejos de instalarse permanece a la escucha de la Palabra de Dios para
acogerla y lanzarse dócilmente por la ruta señalada. María, mejor que nadie,
nos muestra con su vida el itinerario del seguimiento de la Palabra de Dios.
Sólo mencionaresmos algunos elementos que Ella encarnó en su
propio peregrinar y que se hacen imprescindibles en el nuestro: la renuncia de
toda seguridad y de sus planes personales, la escucha atenta a la Palabra, la
confianza en las promesas de Dios, el dinamismo de dolor-alegría, la prontitud
en el servicio amable.
Finalmente, es Ella quien nos conduce hacia su Hijo, el dulce
Señor de Nazaret quien nos promete: "Venid a mí todos los que estáis fatigados
y sobrecargados, y yo os daré descanso" (Mt 11, 29).
CITAS PARA MEDITAR
Guía para la Oración
-
Seguir al Señor Jesús: Jn 14, 6; Jn 8, 12; Jn 6, 68ss; Mt 10, 38-39.
-
Caminamos con Jesús: Lc 24, 13-35.
-
Camino de meditación: Lc 1, 39-45.
-
Ponerse en camino: Heb 12, 1-2; Heb 12, 12; Mt 2, 13-14; Flp
3, 12-16; Ef 6, 14-19.
-
Aspirad a las cosas de arriba: Col 3, 1-3; Mt 6, 19-21; Mt 7,
13-14; 2Cor 4, 16-18.
-
Perseverar en todo momento: Gál 6, 9-10; 1Cor 15, 58; 1Cor 16,
13.
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