|
ESTAR EN EL MUNDO SIN SER DEL MUNDO
Estar en el mundo sin ser del mundo. Esta frase aparentemente
paradójica encierra una valiosa perspectiva para entender nuestra misión como
cristianos situados en un tiempo y espacio determinados. Vale la pena hacer
algunas reflexiones al respecto que nos ayuden a comprender mejor e
interiorizarla para nuestro bien espiritual.
ESTAR EN EL MUNDO
Todos nosotros, hijos de la Iglesia, vivimos inmersos en una
circunstancia concreta, en una cultura especifica. Como laicos, nos encontramos
además insertos de manera peculiar en un medio dado: estamos en el mundo. En
este sentido el mundo es el hogar creado por Dios donde el hombre vive y se
desenvuelve. Este mundo está marcado por la bondad de su esencia y herido por
el mal del pecado humano. Este mundo influye directamente en la persona humana.
Los hombres todos somos hijos de nuestro tiempo. Nuestra manera de ser,
nuestros comportamientos, nuestras perspectivas se ven signadas de diversas
maneras por ese mundo al cual pertenecemos. Es en este mundo que tenemos que
seguir al Señor y dar testimonio de la Buena Nueva.
El estar en el mundo responde al dinamismo natural del ser
humano de vivir y desarrollarse dentro de un ambiente y circunstancia
específica, pero, para nosotros como cristianos, estar en el mundo responde
sobre todo al dinamismo salvífico ejemplarizado en la Encarnación del Señor
Jesús.
Nos dice el Catecismo de la Iglesia Católica que la Encarnación
es el "hecho de que el Hijo de Dios haya asumido una naturaleza humana para
llevar a cabo por ella nuestra salvación" (CEC, 431). Este acontecimiento es
una realidad cubierta con el tapiz del misterio, pero que nos abre horizontes
nuevos en la comprensión de nuestra propia identidad y nos orienta hacia la
plenitud trascendente.
Una de las luces de la Encarnación se refiere precisamente al
mundo en que nos encontramos. La Palabra al hacerse carne valora el mundo. El
mundo ha sido creado bueno y el horizonte con su libertad introdujo en él el
mal. Pero el hombre no debe rechazar al mundo, más bien debe esforzarse por
encaminarlo hacia su verdadero fin. El dinamismo de la Encarnación apunta
precisamente a esa valoración trascendente del mundo: "Tanto amó Dios al mundo
que dio a su Hijo único" (Jn 3, 16).
Debemos valorar al mundo -entendido de esta manera- y
encarnarnos en él. Valorarlo en su recta proporción significa asumir nuestra
realidad, discerniendo lo bueno de lo malo con una visión crítica que nos ayude
a tomar conciencia de nuestra propia naturaleza orientada a la comunión, de la
profunda bondad de lo que nos rodea, y también de todo aquello que es producto
del pecado y la ruptura. Nuestro Fundador, en el artículo Navidad-Encarnación
de Huellas de un peregrinar nos dice: "El cristiano se ofrece como una
integridad significativa que da la clave de la vida del hombre en el mundo, y
así se presenta, como tiene que hacerlo, totalmente alejado de la ley del gusto
y del disgusto, a la que tan acostumbrados solemos estar". Encarnarnos en el
mundo es un deber y un derecho de todo hijo de la Iglesia.
El mundo, como ámbito de realización del hombre, como hogar y
cultura, es lo que se valora, lo que se asume como un lugar donde estar. Mas
este estar no debe ser pasivo sino dinámico. Debemos asumir el mundo para
reconciliarlo, para transformarlo y elevarlo hacia su plenitud. Justamente la
dinámica de la Encarnación se nos presenta en dos momentos: la kénosis
(abajamiento y la elevación. La urgencia de ser santos es la urgencia de vivir
en el mundo y transformarlo desde el interior de los corazones (Rom 12, 2).
SIN SER DEL MUNDO
Hemos visto que el mundo ha sido creado bueno y el hombre con su
libertad introdujo en él el mal. La conciencia del mal presente en el mundo
responde, pues, plenamente a la realidad de las cosas, a la situación del
cristiano que vive inmerso en el mundo. El mundo como lugar donde se encuentra
presente el pecado es lo que se debe condenar, aquél mundo que pervierte el fin
auténtico del hombre, que lo entrampa y lo ciega llevándolo a quitarse la
posibilidad de ser feliz, de ser santo. En este sentido, el cristiano no
pertenece al mundo.
Cuidarnos de no ser del mundo es una disposición fundamental
para nuestra vida. No ser del mundo significa pues rechazar todo aquello que
esté en oposición al Plan de Dios. En nuestros días la perspectiva pecaminosa
del mundo se expresa de manera particular en desviaciones como el agnosticismo
funcional. Dentro de la perspectiva agnóstico funcional la gente prescinde de
Dios, lo banaliza, lo asume como un elemento más dentro de la efectividad del
sistema social. La oposición a Dios y a su Plan de amor se torna más útil, más
astuta; en cierta manera también podríamos hablar más de hipocresía que de
oposición abierta al Amor. El mundo no camina como debe, anda herido por el
pecado, y eso en última instancia significa que los hombres están heridos en su
fuero interior.
La conciencia encarnatoria y la valoración del mundo deben ir
acompañadas de esta otra conciencia de los mundano que se encuentra enfrentado
al Plan de Dios. Por ello no debe extrañarnos que el mundo nos rechace y no nos
comprenda. Las propias palabras de Jesús lo confirman: "Si fueseis del mundo,
el mundo amaría lo suyo; pero porque no sois del mundo, sino que yo os escogí
del mundo, por esto el mundo os aborrece" (Jn 15, 19). Ser cristiano es estar
en el mundo, ser mujeres y hombres sensibles a la cultura, inmersos y atentos a
la realidad.
Ser cristiano es tener hambre de encarnación en las realidades
que necesitan de la luz del Evangelio. Este anhelo de encarnación debe tener
como marco la santidad, la dinámica reconciliadora y asuntiva que vivió el
Señor Jesús. Hemos de transformar el mundo. Por ello nunca debemos olvidar que
en muchos sentidos éste se encuentra de espaldas a Dios. El mundo es también
tierra de desemejanza, andar precavidos contra él es una actitud fundamental
para todo aquél que quiere ser santo.
Estamos en el mundo sin ser del mundo. En la medida que
entendamos con profundidad esta verdad nuestros esfuerzos en la tarea de la
Nueva Evangelización serán más provechosos y conformes con el Plan de Dios.
CITAS PARA MEDITAR
Guía para la Oración
-
El mundo como creación de Dios es bueno: Rom 1, 19-20; Hch 14, 15.17; Hch 17,
27-28; Sb 13, 1-9.
-
La Encarnación del Verbo: Jn 1, 14; Jn 4, 2-3; 2Jn 7; Rom 10,
6-13; 1Jn 4, 2; 1Tm 3, 16.
-
El mundo como enemigo del Plan de Dios: Gén 6, 5.12; Gén 4,
3-15; Mt 13, 22; Rom 1, 18-32.
|
Descargar Trabajo de Interiorización
|
Versión para imprimir
|
|

|

|
|