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HIJOS EN EL HIJO
 

El Señor Jesús, en quien el misterio de Dios uno y trino nos ha sido plenamente revelado, se manifiesta ante los hombres como Hijo Unigénito del Padre. Asimismo se manifiesta como el único camino para llegar al Padre (Jn 14, 8-11). Es necesario que quien quiera encontrar al Padre crea en el Hijo, pues mediante Él Dios nos "comunica su misma vida, haciéndonos hijos en el Hijo" (S.S. Juan Pablo II, Catequesis del 13 de Enero, 1999).

LA FILIACIÓN ADOPTIVA: UNA FILIACION REAL

San Pablo en diversas ocasiones califica este ser hijos en el Hijo como una "filiacion adoptiva" (Gal 4, 4-5; Ef 1, 5; Rom 8, 15). La analogía nos permite distinguir claramente entre nuestra filiación y la del Señor Jesús: Él es Hijo por naturaleza, nosotros lo somos por incorporación.

La misma analogía es, sin embargo, imperfecta, pues la filiación adoptiva no es una filiación ficticia, sino que es una "una participación real en la vida del Hijo único" (Catecismo de la Iglesia Católica, 460), por lo que podemos "invocar a Dios Padre con el mismo nombre familiar que usaba Jesús: Abba" (S.S. Juan Pablo II, Catequesis del 16 de diciembre, 1998).

¿Por qué es una filiación auténtica? Porque se ha realizado en nosotros un profundo cambio en nuestra naturaleza , una transformación ontológica que nos configura con el Señor Jesús y nos incorpora a su Cuerpo místico, que es la Iglesia (Catecismo de la Iglesia Católica, 1121; 1272-1273). Por un Don del Padre los que creemos en el Hijo único llegamos a ser verdaderamente hijos en el Hijo único (Jn 1,12), según la conmovida expresión del apóstol Juan: "Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!" (1Jn 3, 1).

POR EL ESPÍRITU DEL HIJO

Con su Encarnación, su filial obediencia hasta la muerte ¡y muerte en Cruz! y su gloriosa Resurrección, el Señor Jesús ha obtenido para la humanidad entera el Don que la renueva. El Espíritu Santo es la Persona divina que enviada por el Hijo junto con el Padre realiza la nueva creación en la intimidad de todo hombre o mujer que lo reciben, cumpliéndose así la antigua promesa del Senor: "Infundiré mi espíritu en vosotros y haré que os conduzcáis según mis preceptos y observéis y practiquéis mis normas" (Ez 36,27).

Éste es el Don que el Señor resucitado sopló sobre sus discípulos el día de su Resurrección (Jn 20, 22). Éste es el mismo Espíritu que a quienes lo hemos recibido nos mueve a exclamar con profunda confianza y ternura filial: Abbá, es decir, papi, papito. (Gal 4, 6; Rom 8, 15).

POR MEDIO DEL BAUTISMO Y DE LA CONFIRMACIÓN

Al recibir el nuevo nacimiento mediante el agua y el Espíritu, llegamos a ser verdaderamente, en el Hijo, hijos amados del Padre.

El Bautismo es el Don de lo Alto que "libera al hombre de la culpa original y perdona sus pecados, lo rescata de la esclavitud del mal y marca su renacimiento en el Espíritu Santo; le comunica una vida nueva que es participación en la vida de Dios Padre y que nos ofrece su Hijo unigénito" (S.S. Juan Pablo II, Homilía en la fiesta del Bautismo del Señor, 12 de enero, 1997). Por el "los hombres. reciben el espíritu de adopción de hijos, por el que clamamos: ¡Padre!" (Sacrosanctum Concilium, 6).

¡Enorme Don es éste, que nos permite nacer a la Vida verdadera! Como ha dicho el Santo Padre: «¡Tendríamos que festejar el día de nuestro bautismo de la misma manera que el de nuestro cumpleaños!» S.S. Juan Pablo II, Angelus del 12 de enero, 1997.

Pero no sólo en el Bautismo recibimos el Don de lo Alto: la efusión plena de ese mismo Espíritu se da en la Confirmación, plenitud del Bautismo Ver Catecismo de la Iglesia Católica, 1304.. En este Sacramento se derrama sobre nosotros la plenitud del Espíritu Santo como cuando fue concedida a los apóstoles el día de Pentecostés. La Confirmación "confiere crecimiento y profundidad a la gracia bautismal", introduciéndonos "más profundamente en la filiación divina que nos hace decir Abbá, Padre" (Catecismo de la Iglesia Católica, 1303).

RESPONDER AL DON RECIBIDO

La filiación en el Hijo no solo es un don, sino que a la vez es una tarea cuya meta es la santidad (Ef 1, 4-5). La vida divina sembrada en nosotros es como un germen llamado a desarrollarse, a crecer y madurar hasta llegar "al estado de hombre perfecto, a la madurez de la plenitud de Cristo" (Ef 4, 13), mediante nuestra dócil y esforzada cooperación con la gracia.

El Camino para llegar al Padre es su Hijo único: ¡Él nos enseña cómo tenemos que ser verdaderamente hijos! Mirándolo a Él aprenderemos a tener: una humilde conciencia de nuestra relación de dependencia filial con respecto al Padre (Rom 8, 15; Gal 4, 6); una clara conciencia de la fraternidad que deriva de esa paternidad común (Mt 6, 9; Lc 11, 2); una clara conciencia de nuestra propia identidad y mision (Jn 5, 30; 20, 21); una actitud de pronta y amorosa obediencia para cumplir el plan del Padre (Jn 4, 34; 6, 38; Heb 10, 7.9); una adhesión incondicional a su designio reconciliador aún cuando ello exija el sacrifico de la propia vida (Mt 26, 42; Lc 22,42); una confianza radical en el amor y en la providencia del Padre (Mt 6, 26.32; Mt 10, 29-31; Jn 3, 16; 1Jn 3, 1) aún en los momentos más difíciles o dolorosos de nuestra existencia (Lc 23, 46); una certeza de que el plan del Padre para con nosotros son el mejor camino que podemos seguir (Mt 7, 11), el único camino que lleva a nuestra felicidad y plenitud humana; una conciencia de que por nuestra adhesión filial a sus planes cooperamos a la realización de muchos otros hermanos y hermanas (Jn 12, 24); una urgente exigencia a mostrarnos misericordiosos con todos los hombres (Lc 23, 34; Mt 5, 44-45).

Así pues, conforme a nuestra condición de hijos en el Hijo, adheridos vitalmente al Hijo de Santa María y nutriéndonos de la savia vivificadora que fluye de Él, esforcémonos según el máximo de nuestras capacidades y posibilidades por ser perfectos como es perfecto nuestro Padre celestial (Mt 5, 48; 6, 14).

CITAS PARA MEDITAR
Guía para la Oración

  • Somos hijos y herederos: Gál 4, 1-7.
  • El Padre nos predestinó para ser hechos conformes a la imagen de su Hijo: Rom 8,29.
  • El poder de llegar a ser hijos exige nuestra adhesión al Hijo: Jn 1,12.
  • El Don del Espíritu nos transforma interiormente: Ef 4,4-7; Rom 8,15.
  • Por el amor del Padre, verdaderamente somos hijos: 1Jn 3,1.
  • Hijos en el Hijo, estamos llamados a llevar una vida nueva: Rm 6, 4; Ef 1,4-5.
  • Por el Bautismo llegamos a ser hijos: Tit 3,4-7.

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