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El Papa Juan Pablo II, recogiendo el sentir de los obispos de toda América, no
ha recordado recientemente que "el encuentro con Jesús vivo, mueve a la
conversion" (Ecclesia in America, 26) y, al mismo tiempo, "nos conduce a la
conversion" (Ecclesia in America, 28).
Y es que la conversión no hay que entenderla
solamente como un "momentáneo acto interior, sino también como disposición
estable, como estado de animo" (Dives in misericordia, 13g), por el cual todo
aquél que hijo en el Hijo vive convirtiéndose al Padre sin cesar. Así, pues, es
bueno que tengamos en cuenta que la conversión en esta tierra nunca es una meta
plenamente alcanzada: en el camino que el discípulo está llamado a recorrer
siguiendo a Jesus, "la conversión es un empeño que abarca toda la vida"
(Ecclesia in America, 26).
LA CONVERSIÓN: UNA LUCHA DE TODA LA VIDA
El Catecismo de la Iglesia nos enseña que "la vida
nueva recibida en la iniciación cristiana" (Bautismo, Confirmación y
Eucaristía) "no suprimió la fragilidad humana, ni la inclinación al pecado que
la tradición llama concupiscencia" (Catecismo de la Iglesia Católica, 1426).
Ésta permanece en nosotros y da lugar al combate espiritual (Catecismo de la
Iglesia Católica, 1264; 1426; 405).
Es importante comprender que estas tendencias
desordenadas o inclinaciones al pecado no son instintos o fuerzas ciegas a las
que es imposible resistir, de modo que podamos pensar que no tenemos culpa si
pecamos. La posibilidad de rechazar la tentación y obrar el bien por más que
nuestra libertad se halle muy comprometida por nuestros hábitos pecaminosos-
siempre estará a nuestro alcance. Quien peca, es porque cede libremente a las
tendencias desordenadas, ya que "la concupiscencia... no puede dañar a los que
no la consienten y la resisten con coraje" (Catecismo de la Iglesia Católica,
1264). Más aún, a nosotros se nos promete que la tentación nunca será superior
a la medida humana. Que Dios no permitirá que seamos tentados más allá de
nuestras fuerzas, y que antes bien, cuando aparezca la tentación, nos dará la
gracia necesaria para resistirle con éxito (1Cor 10, 13).
Tampoco hay que olvidar que hoy como ayer- nuestro
adversario "el Diablo, ronda como león rugiente, buscando a quién devorar" (1Pe
5, 8; Gén 4, 7), y que él se vale de sugestiones o tentaciones para inducirnos
a obrar el mal y dejar de hacer el bien. En efecto, "mientras estamos en este
mundo, nuestro propósito de conversión se ve constantemente amenazado por las
tentaciones" (Ecclesia in America, 26).
Así, pues, mientras dure nuestra peregrinación por
los caminos de este mundo, no dejaremos de experimentar nuestra desordenada
inclinación al pecado, nuestra propia fragilidad para resistir al mal y para
perseverar en el bien (Rom 7, 15), así como la fuerza atractiva de las diversas
tentaciones que disfrazadas de bien para mí, tienen como fin conducirme al mal
y a la muerte (Gén 3, 6). La experiencia de estas realidades, que tantas veces
son motivo de desaliento o desesperanza para quien no las acepta con humildad,
deben ser tomadas como un continuo aliento que nos empuja a la lucha "de la
conversión con miras a la santidad y a la vida eterna" (Catecismo de la Iglesia
Católica, 1426; 405), lucha en la que entendemos que nada podemos sin el Senor
(Jn 15, 5).
LA METÁNOIA
Al llamar a todos los hombres a la conversión, el
Señor Jesús y sus apóstoles utilizan en el Nuevo Testamento la palabra metanoia
(Mc 1, 14), que quiere decir cambio de mentalidad. No se trata sólo explica el
Santo Padre de un modo distinto de pensar a nivel intelectual, sino de la
revisión del propio modo de actuar a la luz de los criterios evangelicos
(Ecclesia in America, 26). En efecto, la conversión (metánoia), a la que cada
ser humano está llamado (Ecclesia in America, 32) consiste en el esfuerzo de
asimilar los valores evangélicos que contrastan con las tendencias dominantes
en el mundo (Ecclesia in America, 28). Supone despojarnos de los pensamientos,
sentimientos, conductas y hábitos que se oponen al Plan de Dios o prescinden de
él, para revestirnos de aquellos pensamientos, sentimientos y conductas del
Señor Jesús. Es un proceso alentado por la gracia en el que se cree toda la
vida contando con nuestra libre colaboración. El Señor Jesús, al ser tentado en
el desierto, nos señala con su actitud la importancia y urgencia de tal
asimilación integral. Muestra que la única manera de resistir y vencer con
éxito las múltiples tentaciones que irán apareciendo en nuestro camino de
conversión es la oposición pronta y radical: con la tentación jamás se dialoga
(Gén 3, 1-6), se rechaza inmediatamente oponiéndole los criterios evangélicos
(Mt 4, 4.7.10).
LA META ES LA SANTIDAD
La conversión no tiene, pues, sólo un aspecto
negativo, cual es la lucha contra las tentaciones y tendencias pecaminosas que
hay en nosotros. El horizonte de la conversión es eminentemente positivo, y
apunta a la santidad (Ecclesia in America, 30). El mismo Padre es quien nos ha
señalado la meta: ser santos como Él mismo es Santo (Lev 11, 44-45; Mt 5, 48),
es más, nos ha dado y señalado El Camino (Jn 14, 6) por el cual todos podemos
alcanzar efectivamente tal perfección y santidad: en el Hijo, quien ha revelado
a toda persona humana el modo de llegar a la plenitud de su propia vocación
(Ecclesia in America, 10; Gaudium et spes, 22), y lo alienta con la certeza que
aspirar a llegar al estado de hombre perfecto (Ef 4, 13) no es imposible.
CONCLUSIÓN
Por el Bautismo y la Confirmación hemos llegado a
ser plenamente hijos en el Hijo. Aún así, hace falta que desde nuestra libertad
rectamente ejercida respondamos al don recibido. El don exige nuestra
cooperación, exige que de nuestra parte aprendamos a ser hijos. ¿Cómo
aprendemos a ser verdaderamente hijos? El Señor Jesús, el Hijo amado del Padre
e Hijo de Santa María Virgen, es paradigma y modelo (Mc 1, 11; Mc 9, 7). En el
camino de conversión se trata de ser verdaderos discípulos, aspirando
incesantemente a dejarnos educar por el Espíritu Santo por la intercesión de la
Madre, de modo que lleguemos a ser otros Cristos: teniendo la mente de Cristo
(1Cor 2, 16), guardando entre nosotros los mismos sentimientos de Cristo (Flp
2, 5), obrando en todo como Él ha obrado (Jn 13, 15).
CITAS PARA MEDITAR
Guía para la Oración
-
El Señor Jesús llama a la conversión, a la
metánoia: Mc 1, 14; Mt 3, 2; Mt 4, 17; Lc 3, 32; Lc 15, 7; Lc 15, 10; Lc 24,
47; Hch 2, 38.
-
El horizonte de la conversión: ser santos, como
Dios es santo: Lev 11, 44; Lev 19, 2; Lev 20, 7; Lev 20, 26; Mt 5, 48; 1Pe 1,
16.
-
La conversión o metánoia es un cambio de la
mentalidad: Rom 12, 2; 1Pe 1, 16.
-
Respondiendo a la gracia y al don recibido, hay
que trabajar por despojarnos del hombre viejo, y revestirnos del hombre nuevo:
Ef 4, 22; Col 3, 9-10.
-
Santa María nos educa en el camino de conversión:
Jn 2, 5; Lc 8, 21; Lc 11, 27-28.
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Trabajo de Interiorización
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