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"¡Aleluya! ¡Verdaderamente ha resucitado el Senor!" (Mt 28, 6-7; Mc 16, 6-7; Lc
24, 6) ¡Aleluya!... Esta exclamación manifiesta la gozosa convicción que marca
fuertemente este tiempo que vive la Iglesia: el Aleluya encierra en sí el gozo
incontenible y la gratitud al Padre porque nos ha dado "la victoria por nuestro
Señor Jesucristo" (1Cor 15, 57).
¡Sí, por el Señor Jesús, mediante su entrega amorosa
en el Altar de la Cruz y por su gloriosa Resurrección, hemos sido plenamente
reconciliados con el Padre, a tal punto que por la efusión de Su Espíritu- en
Él hemos recibido la filiación divina! Por ello, con el apóstol Juan, podemos
exclamar maravillados: "Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos
hijos de Dios, pues ¡lo somos!" (1Jn 3, 1).
UN DON PARA TODOS
Comprendemos que el Don de la Reconciliación, que
Cristo ha obtenido para nosotros por su Pasión, Muerte y Resurrección, es un
Don ofrecido a todos los hombres y mujeres de todas las culturas y los tiempos.
Comprendemos también que la acogida de ese Don no es una opción más entre las
diversas propuestas, todas iguales entre sí: ¡de ningún modo! Se trata de la
única opción por la que el hombre puede responder acertadamente a su vocación a
la Vida. ¡Sí, el Señor Jesús ha venido a reconciliar al hombre con quien es el
Autor de su existencia, ha venido a mostrarle cómo responder a sus ansias más
profundas de amor, de comunicación y de felicidad, a hacerle partícipe de la
vida eterna!
En contraste con ese hecho que nos llena de gozo, no
podemos menos que constatar con preocupación que una gran cantidad de hombres y
mujeres de nuestro tiempo están lejos de acoger el Don de la Reconciliación y
su oferta de Vida. En efecto, aún cuando en la historia de la humanidad haya
sucedido el hecho más luminoso y extraordinario del que se tenga noticia, y por
más que en nuestra sociedad de raíces hondamente cristianas- muchos se preparen
a celebrar dentro de poco el año 2000 del nacimiento del Señor Jesús, vemos que
una gran mayoría vive ignorando por negación, por incredulidad, por
indiferencia- este tremendo Acontecimiento: viven ¿y acaso, quizá por mi parte,
también yo mismo? como si Cristo no hubiese resucitado, o como si ¡un
Resucitado! no tuviese nada que decirles.
Lo que vemos no puede dejarnos indiferentes.
¡Quiénes hemos recibido y acogido este Don traído por el Señor Jesús,
experimentamos el impulso interior a una mayor conversión y de anunciarlo a los
demás!
SED DE INFINITO, NOSTALGIA DE RECONCILIACIÓN...
Nos apremia más aún la constatación del enorme
"hambre de Dios y nostalgia de reconciliación" (Reconciliato et paenitentia, 3)
que vemos por doquier. Hay en los corazones humanos una necesidad de infinito
que cuando está mal encaminada- busca desesperadamente ser saciada con
"algarrobas" (Lc 15, 16). Y en medio de esta frenética búsqueda marcada por las
concupiscencias del placer, del tener y del poder, ¡cuántas ilusiones como
coloridas burbujas de jabón- revientan por aquí y por allá, dejando en
evidencia la vaciedad e inconsistencia de las promesas mundanas de felicidad,
dejando al hombre cada vez mas "roto y hambriento" (Lc 15, 14-15), y mostrando
en última instancia la dramática necesidad que tienen los hombres y mujeres de
encontrar el alimento digno y consistente que sacie verdaderamente su "hambre
de Dios!" (Lc 15, 17).
Este estado de cosas ha llevado al Santo Padre a
decir: "Poniéndome a la escucha del grito del hombre y viendo cómo manifiesta
en las circunstancias de la vida una nostalgia de unidad con Dios, consigo
mismo y con el prójimo, he pensado, por gracia e inspiración del Señor,
proponer con fuerza ese don original de la Iglesia que es la reconciliación"
(Juan Pablo II, La Eucaristía, fuente de reconciliación, Téramo, 30/06/1985,
6).
EL ANUNCIO BROTA DEL ENCUENTRO CON JESUCRISTO VIVO
El anuncio del Don de la Reconciliación nace de la
experiencia del encuentro con Jesucristo vivo (Ecclesia in America, 68). En
efecto, de este encuentro y experiencia personal brota la honda convicción que
se convierte en anuncio universal y elocuente: "¡Cristo, su mensaje de amor es
la respuesta a los males de nuestro tiempo! Él es quien libera al hombre de las
cadenas del pecado para reconciliarlo con el Padre. Sólo Él es capaz de saciar
esa nostalgia de infinito que anida en lo profundo de vuestro corazón. Sólo Él
puede colmar la sed de felicidad que lleváis dentro. Porque Él es el Camino, la
Verdad y la Vida" (Jn 14, 6). "En Él están las respuestas a los interrogantes
más profundos y angustiosos de todo hombre y de la historia misma" (Juan Pablo
II, Discurso a los jóvenes, Lima, 1998, 3).
Así, pues, "el ardiente deseo de invitar a los demás
a encontrar a Aquél a quien nosotros hemos encontrado, está en la raíz de la
misión evangelizadora que incumbe a toda la Iglesia" ( Ecclesia in America,
68). En este sentido, recordemos que nadie da lo que no tiene: sólo podremos
llevar al Reconciliador a los demás si Él vive en nosotros cada vez más
plenamente (Gál 2, 20). ¡Para dar fruto es necesaria una vida espiritual
intensa, que nos permita abrirnos a la presencia viva del Señor y nutrirnos de
la savia vivificante que sólo Él es capaz de comunicarnos! (Jn 15, 5).
DOBLE DIMENSIÓN DE LA EVANGELIZACIÓN RECONCILIADORA
El único anuncio lo sabemos bien- implica
necesariamente un doble servicio: por un lado, el servicio evangelizador
mediante el cual el apóstol transmite la verdad recibida para responder al
hambre de Dios que anida en el corazón de todo hombre y mujer; y en paralelo,
el servicio de la "caridad concreta y eficaz" (Gal 5, 6), "que busca satisfacer
el hambre de pan y todo lo que ello implica: salud, educación, vivienda, etc."
(Pablo VI , Populorum progressio, 20)- de tantos hermanos necesitados.
Ciertamente, la dura situación de pobreza material,
moral y espiritual- en la que viven muchos hermanos nuestros hace que el
anuncio de la Buena Nueva vaya acompañado de aquellas ineludibles consecuencias
sociales por las que mediante diversas iniciativas de solidaridad- busquemos el
modo de saciar conjuntamente el hambre de pan que difícilmente puede esperar
(Stgo 2, 15-17).
CITAS PARA MEDITAR
Guía para la Oración
-
Somos llamados a ser portadores del Don de la reconciliación: 2Cor 5, 18-20.
-
El Señor requiere de nuestra activa cooperación:
Is 6, 7-8; Mt 28, 19-20.
-
El anuncio es un deber y una exigencia: 1Cor 9,
16.
-
Debemos anunciar a tiempo y a destiempo: 2Tim 4,
2.
-
Llamados a anunciar con parresía, sin miedo y con
coraje: Hch 4, 13; 2Cor 3, 12.
-
El hambre de Dios y el hambre de pan nos mueven a
ser servidores del Don de la Reconciliación: Mt 9, 36; Mc 6, 34ss.
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