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"Si es verdad que el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del
Verbo encarnado" (Gaudium et spes, 22), "es necesario aplicar este principio de
modo muy particular a aquella excepcional hija de las generaciones humanas, a
aquella mujer extraordinaria que llegó a ser Madre de Cristo" (Redemptoris
Mater, 4).
En efecto, comprender quién es el Señor Jesús y la
obra que Él vino a realizar nos permite lanzar sobre María un brillante rayo de
luz que esclarece su misterio y hace resplandecer a nuestros ojos su ser. Con
esta luz llegamos a develar el misterio de la Mujer (Gén 3, 15) que siendo
perfectamente hija llegó a ser la Madre del Reconciliador: Maria "es la hija
predilecta del Padre, que acogió libremente y respondió con disponibilidad al
don de Dios. Siendo hija del Padre, mereció convertirse en la Madre de su Hijo"
(Juan Pablo II, Mensaje para la XIV Jornada Mundial de la Juventud, 1999, 7).
MARÍA ES HIJA PREDILECTA POR EL DON RECIBIDO
Santa María es la Inmaculada Concepción. Esta verdad
sobre el ser de María comprendida a la luz del misterio de Cristo quiere decir
que Ella, desde el primer instante de su concepción, fue la única criatura
humana preservada de la herencia del pecado original (Catecismo de la Iglesia
Católica, 490-492), herencia con la que todos nacemos (Catecismo de la Iglesia
Católica, 404-405). Sí, el Padre en vistas a la reconciliación del género
humano y en atención a los méritos de su Hijo adornó a María con este singular
Don y privilegio.
Por este mismo Don la Virgen ya "desde el primer
instante de su concepción, es decir de su existencia, es de Cristo"
(Redemptoris Mater, 10). María es la primera cristiana porque "recibe la vida
de Aquél al que Ella misma dio la vida como Madre, en el orden de la generación
terrena" (Redemptoris Mater, 10). ¡Qué misterio! ¡Le pertenece a su Hijo antes
de haber nacido! De este modo, como primicia de la nueva creación, y porque en
Ella habita perfectamente el Espíritu divino, Don del Padre y del Hijo, Santa
María llegó a constituirse en la primera hija en el Hijo, la más excelsa de
todas, y la predilecta del Padre.
Por ello podemos afirmar también de la Virgen Madre
-¡y con cuánto mayor razón!- que el Padre eterno, habiéndola conocido y amado
desde siempre, le reservó una gracia muy especial (Jer 31, 3), y la predestinó
a reproducir en sí misma la imagen de su Hijo (Rom 8, 29). Y es que, aunque
adornada con tan grandes y singulares dones, también Ella debía esforzarse por
alcanzar la madurez de la plenitud en Cristo (Ef 4, 13).
ES HIJA PREDILECTA POR SU RESPUESTA AL DON RECIBIDO
Pero Maria "es hija predilecta del Padre de modo
único" (Catequesis del 10/01/1996, 4; Lumen gentium, 53) -¡cómo sólo Ella pudo
serlo!- no sólo por el Don recibido, sino además porque "coopera
paradigmáticamente con la gracia que la adorna y la convoca al cumplimiento de
una mision" (María desde Puebla, p.44). ¡También Ella como nosotros- tuvo que
esforzarse al máximo por responder a la gracia recibida, a los dinamismos
profundos de su ser y a su singular vocación!
En este sentido podemos decir de María que Ella es
hija predilecta del Padre porque es la primera y la más perfecta discípula,
aquella que oye la Palabra de Dios, la guarda en su memoria y corazón (Lc 2,
19.51), con gozo la medita de día y de noche (Sal 1, 2), para conformar toda su
vida y acción con las enseñanzas divinas (Lc 11, 28; Mt 7, 21). ¡Con qué hambre
buscaría Ella escuchar las palabras que conducen a la Vida! (Jer 15, 16) ¡Con
qué diligencia buscaría iluminar su propia identidad y su quehacer, y todas las
realidades humanas, con la sabiduría que de ellas se desprende! Asimismo es
hija predilecta del Padre porque se hace totalmente Sierva, manifestando una
ejemplar prontitud para servir al Plan divino: "He aquí la sierva del Señor;
hágase en mí según tu palabra" (Lc 1, 38). ¡Nada de apegos a lo que podrían ser
sus propios planes, o caprichos, o gustos! ¡Nada de egoísmos, de pensar sólo en
sí misma! ¡Nada de negligencia o tardanza en su respuesta! Por su sí generoso y
total, por su filial y amorosa obediencia al Padre, por su dócil y activa
cooperación a sus amorosos designios, Ella llegó a ser hija muy amada.
María, en fin, es la hija predilecta del Padre de
modo único porque a lo largo de toda su vida asimiló perfectamente los
pensamientos, sentimientos y actitudes del Señor Jesús. La fisonomía
psicológica y espiritual de María reflejaría sin duda y desde su impronta
femenina la fisonomía del Hijo predilecto del Padre (Mt 3, 17; Mc 1, 11; Lc 3,
22; 2Pe 1, 17), del modo como la bella luna refleja con particular hermosura y
delicadeza los vitales y ardorosos rayos del Sol.
EN EL AÑO DEDICADO AL PADRE
Este año dedicado al Padre, su hija predilecta se
presenta ante nuestros ojos como ejemplo a seguir, para que nosotros en
respuesta a la nueva condición y a la gracia recibidos en el Bautismo y
Confirmación lleguemos a ser también hijos e hijas predilectos del Padre.
Mirémosla a Ella, aprendamos de quien supo responder paradigmáticamente a su
condición de hija, y así nos veremos alentados a reproducir en nosotros los
rasgos de su Hijo muy amado por el camino de la amorosa y pronta obediencia al
Plan de Dios.
En este sentido, traigamos a la memoria estas
palabras del Santo Padre: la maternidad de Maria "se sentirá en este año como
afectuosa e insistente invitación a todos los hijos de Dios, para que vuelvan a
la casa dl Padre escuchando su voz materna: haced lo que Él os diga" (Tertio
millenio adveniente, 54).
CITAS PARA MEDITAR
Guía para la Oración
-
Es hija por el Don recibido: Lc 1, 28.
-
Es hija por su paradigmática respuesta al Don: Lc
1, 34.
-
Es hija porque es perfecta discípula, escucha,
acoge, y pone por obra: Lc 2, 19; Lc 2, 52; Lc 11, 27-28; Mt 7, 21; Mc 3, 35;
Dt 6, 24; Jos 1, 8; Prov 3, 1; Prov 4, 1-7.20-22, 16. Es hija porque es
perfecta Sierva del Plan divino: Lc 1, 38.
-
Su respuesta de plena disponibilidad es como la
del Hijo: Heb 10, 5-7.
-
Sirve al Plan de Dios en un doble servicio a los
hermanos humanos, mediante el anuncio: Lc 1, 39-55, y mediante el servicio
concreto: Lc 1, 56; Jn 2, 3-5.
-
La hija predilecta, modelo para la mujer: Lc 1,
42.
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