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LA OBEDIENCIA AL PLAN DE DIOS
 

Al proponer la reflexión sobre la obediencia al Plan de Dios, hemos de comprender ante todo que nos encontramos ante un tema central en la vida del creyente, que incluso hunde sus raíces en la experiencia de todo ser humano.

Creemos firmemente que todo lo visible ha sido creado por Dios de la nada según un propósito sabio y bondadoso, cuya finalidad no es otra que la de "hacer participar a los hombres en la comunión que existe entre el Padre y el Hijo en su Espíritu de amor" (Catecismo de la Iglesia Católica, 850). ¡Sí, el hombre, vértice de la creación, la única criatura en la tierra que Dios ha amado por sí misma(Gaudium et spes, 24), está invitado a participar de la vida y comunión divina! (Sal 8, 4-6; 1Jn 3, 1-2) Sin embargo, para alcanzar tal fin, el hombre ha de adherirse libremente al Plan divino mediante la obediencia.

EL PLAN DE DIOS: UN DON PARA EL HOMBRE

Dios no es arbitrario, de voluntad caprichosa, ni crea al hombre con el fin de divertirse. Cuando la Escritura, la Tradición y el Magisterio de la Iglesia hablan de Plan de Dios, de sus designios divinos, manifiestan esta verdad: Dios, que movido por la sobreabundancia de su Amor hizo de la nada el universo entero y creó al hombre a su imagen y semejanza, con sabiduría estableció desde el principio un proyecto amoroso y estable para llevar a la creación entera y al hombre hacia su plenitud.

Este Plan se manifestó desde el comienzo de los tiempos (Gén 1, 26-30): el hombre dotado de inteligencia y libertad- habría de "someter la tierra y perfeccionar la creación, perfeccionándose a sí mismo al mismo tiempo" (Gaudium et spes, 57). De este modo, en respuesta al don de Dios y por su activa participación, el ser humano varón y mujer está llamado a ser el cooperador fundamental de Dios, prudente administrador de su divino designio para beneficio de la creación entera (Humane vitae, 13; Catecismo de la Iglesia Católica, 373).

Haciendo un mal uso de su libertad, nuestros primeros padres en desobediencia a la voz del diablo quien desde el principio es "mentiroso y padre de la mentira" (Jn 8, 44) pronunciaron un rotundo No al amoroso designio de su Creador. Al desconfiar de la bondad y del amor de Dios, buscando proyectos de vida alternativos a su Plan, la criatura humana se cerró a la única Fuente de amor, de vida y de felicidad verdaderas. Las negativas consecuencias de esto las conocemos ya sobradamente.

Fiel a su amor para con el hombre, el Creador ya en la escena misma de la caída anuncia un Plan de reconciliación: "Enemistad pondré entre ti y la mujer, y entre tu linaje y su linaje: él te pisará la cabeza mientras acechas tú su calcañar" (Gén 3, 15). Esta promesa la fue llevando a su cumplimiento en vistas a Aquél que habría de venir: "eligió a Israel para pueblo suyo, hizo una alianza con él y lo fue educando poco a poco. Le fue revelando su persona y su plan a lo largo de su historia y lo fue santificando" (Lumen gentium, 9).

"Al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo" (Gál 4, 4), el Verbo eterno que al encarnarse por obra del Espíritu Santo en las entrañas virginales de María, dio cumplimiento al "Plan universal, que comprende a todos los hombres creados a imagen y semejanza de Dios" (Redemptoris Mater, 7a). La Madre del Señor Jesus "tiene un lugar preciso" (Lumen gentium, 55) dentro del designio reconciliador, y así también la Iglesia, que Dios "ha establecido y asociado a su plan de salvación" (Redemptoris missio, 9b).

LA OBEDIENCIA, RESPUESTA AL DON

En general se entiende por obediencia la acción de obedecer (Diccionario de la Real Academia Española, voz obediencia). Obedecer deriva del latín oboedire, que se compone de la conjugación del prefijo ob (a otro) y del verbo audire (escuchar). El origen etimológico de esta palabra remite, pues, a una actitud de escucha activa que a la vez supone el ejercicio del silencio activo por la que uno hace lo que otro le dice, aconseja, enseña o manda (1Sam 3, 10; Jn 2, 5).

Si observamos detenidamente, vemos que no existe un solo hombre que, estando en sus cabales, no escuche y haga en mayor o menor medida -lo que otro en sentido amplio- le dice. Todos, aunque procuren afirmar y acentuar su autonomía, prestan una determinada obediencia, pues siempre hay voces externas o internas a las que escucha y acata, porque parecen claramente verdaderas o autorizadas.

Sin embargo a veces estas opciones no son del todo libres, pues es raro que se siga sin suficiente criterio alguna corriente de opinión o pensamiento, la moda, consejos de amigos; o también las voces interiores negativas como las de la ley del gusto-disgusto, los reclamos de la propia sensualidad o capricho... Ante la innumerable cantidad de voces, cada cual llamándonos a la obediencia, cabe hacerse siempre esta pregunta fundamental: ¿qué voz debo escuchar para alcanzar la vida eterna? (Jos 24, 14-16).

Nosotros hemos elegido desde nuestra libertad abierta a la verdad y al bien, servir al Señor de la Vida (Mt 19, 16-21). Por la obediencia al Plan de Dios respondemos con un firme Sí al amor que el Padre nos ha mostrado, Sí a la invitación de participar en la Vida divina, Sí a la Verdad que Él nos ha revelado plenamente en su Hijo (Gaudium et spes, 22), a la verdad evangélica que nos capacita para discernir aquella única Voz que nos lleva a la vida verdadera de todas aquellas otras voces que nos llevan a la esterilidad o a la ruina (Jn 10, 3-5.11).

Todo, dentro del amoroso designio divino, nos ha sido dado para alcanzar un glorioso destino: dones, talentos, la vida nueva en Cristo por el Don del Espíritu, la gracia abundante, una norma divina, un Plan, un Modelo. Hoy como ayer, cada cual debe aprender a pronunciar -desde la plena posesión de su libertad- su propio Sí, disponiéndose generosamente a hacer lo que Él le diga: ¡de esa respuesta depende nuestra propia realización y felicidad, así como la de muchos otros!

CITAS PARA MEDITAR
Guía para la Oración

  • El señor Jesús es nuestro Modelo: toda su vida se encuentra referida a la obediencia al Plan de Dios:
    • Al entrar en este mundo: Heb 10, 5-7.
    • Ante las tentaciones: Mt 4, 1-11.
    • Esta actitud es modélica: Stgo 4, 7.
    • Firme opción de obediencia al Plan de Dios: Jn 6, 38; Jn 5, 30.
    • Es su alimento: Jn 4, 34; Mt 4, 4; Lc 4, 4; Jn 5, 30; Jn 6, 38.
    • En momentos de máxima tribulación: Mc 14, 36; Mt 26, 42; Lc 22, 42.
    • Toda su vida fue de absoluta obediencia: Jn 19, 30.
    • Por la obediencia, hemos sido reconciliados: Rom 5, 19.
  • Nuestra obediencia se nutre del Hágase de la Santísima Virgen:
    • Su Sí hermoso: Lc 1, 26-38.
    • María aprendió a atesorar las palabras y hechos de Dios en su Corazón: Dt 4, 9; Prov 3, 1; Prov 4, 20-22; Prov 4, 1-7; Lc 2, 19.51.
    • Hizo lo que el Señor le decía: Lc 11, 27-28.
    • Nos enseña a hacer lo mismo: Jn 2, 5.
  • El Plan de Dios para nosotros:
    • Es un designio de amor y para el amor: Ef 1, 3-14.
  • La desobediencia al Plan de Dios:
    • Es la opción por la maldad: Is 47, 8.10.13; Sof 2, 15.
    • Es obedecer al padre de la mentira: Ez 33, 31-32; Jn 8, 42-45; Rom 6, 16.
    • Como negación radical: Job 21, 14-16.
    • Como no poner por obra, en lo cotidiano: Mt 7, 26; Mt 21, 30; Stgo 1, 25.

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