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APÓSTOLES DEL TERCER MILENIO
 

Una atenta mirada a la actual situación de la fe en el mundo entero y en nuestras tierras americanas nos permite comprender que al final de este siglo y ante la proximidad de un nuevo milenio la Iglesia se halla ante un horizonte de grandes retos y desafíos.

Una vez más, de cara a este estado de cosas, el Santo Padre ha elevado su voz en nombre del Señor: "La singularidad y novedad de la situación . y las exigencias que de ello se derivan, hacen que la misión evangelizadora requiera hoy un programa también nuevo que puede definirse en su conjunto como nueva evangelización" (Ecclesia in America, 66), nueva "en su ardor, en sus métodos, en su expresión" (Discurso a la Asamblea del CELAM, 09/Mar/1983, III). Ahora bien, sólo puede llevarse a cabo este programa en la medida en que hayan apóstoles bien formados (Apostolicam Actuositatem, 4) y generosos que, respondiendo al llamado del Señor, estén dispuestos a anunciar el Evangelio y dar testimonio de él a tiempo y destiempo (2Tim 4, 2).

EL FUNDAMENTO DE NUESTRA VOCACIÓN AL APOSTOLADO

Cristo resucitado, antes de su ascensión al cielo, envió a los Apóstoles a anunciar el Evangelio al mundo entero. Él es la "fuente y origen de todo apostolado de la Iglesia" (Apostolicam Actuositatem, 5). Más aún, la tarea de la evangelización encomendada a su Iglesia es, dentro de los amorosos designios divinos, la participación y prolongación de su propia mision: "Como el Padre me envió, también yo os envío" (Jn 20, 21).

Aquella misión recibida directamente por los Apóstoles, llega también a todo Bautizado. En efecto, "los fieles laicos, precisamente por ser miembros de la Iglesia, tienen la vocación y misión de ser anunciadores del Evangelio: son habilitados y comprometidos en esta tarea por los sacramentos de la iniciación cristiana y por los dones del Espíritu Santo" (Ecclesia in America, 66, Apostolicam Actuositatem, 3). Por tanto, Él es quien también hoy nos convoca y envía para ser sus apóstoles (apóstol significa enviado) en el hoy de la historia y de cara al tercer milenio adveniente.

EL ENCUENTRO Y LA PERMANENCIA EN EL SEÑOR

¿Cómo responder fielmente a nuestra vocación apostólica? Ante todo recordemos lo nuclear: el anuncio del Evangelio sólo es eficaz con la eficacia que transforma los corazones en la medida en que le antecede un encuentro y una permanencia, que lo acompaña y hace fecundo.

De este necesario encuentro ha escrito el Santo Padre en su carta sinodal para America: "El encuentro con el Señor produce una profunda transformación de quienes no se cierran a Él. El primer impulso que surge de esta transformación es comunicar a los demás la riqueza adquirida en la experiencia de este encuentro. No se trata sólo de enseñar lo que hemos conocido, sino también, como la mujer samaritana, de hacer que los demás encuentren personalmente a Jesús: 'Venid a ver' (Jn 4, 29)" (Ecclesia in America, 68).

En efecto, sólo quien se ha encontrado con el Señor Jesús, vivo y resucitado, puede dirigir a otros corazones sedientos de Dios este anuncio espontáneo y gozoso: "¡He visto al Senor!" (Jn 20, 18). Si, "este anuncio es el que realmente sacude a los hombres, despierta y transforma los ánimos, es decir, convierte" (Ecclesia in America, 67), y de ese modo el apóstol se hace capaz de llevar a otros donde Jesus (Jn 1, 41-42).

Para que el anuncio sea eficaz también es necesario que luego del encuentro fundante el discípulo permanezca vitalmente unido al Señor. Todo apostolado será infecundo si no aspiramos a alcanzar en plena y activa cooperación con la gracia y el don recibido una adhesión integral en la mente, en el corazón y en la acción con Aquél que nos ha llamado y enviado: "Yo soy la vid, vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ese da mucho fruto, porque sin mí no podéis hacer nada". En efecto, si es una inequívoca realidad aquello de que "nadie da lo que no tiene" (Jn 15, 5; Apostolicam Actuositatem, 4), ¿cómo podrá alguien dar al Señor Jesús si no permanece adherido a Él y lo porta en sí? La permanencia del Señor en nosotros, y de nosotros en Él, sólo es posible en la medida en que nos preocupemos de cultivar una cada vez más sólida e intensa vida espiritual.

En todo esto recordemos que "el modelo perfecto de esta vida espiritual y apostólica es la Santísima Virgen Maria" (Apostolicam Actuositatem, 4): Ella, llamada a ejercer una función dinámica en el nacimiento y maduración de la vida cristiana en todos los hijos e hijas de la Iglesia, fue la primera en responder paradigmáticamente al impulso de anunciar a Aquél que por su Sí y por obra del Espíritu Santo se encarnó en sus entrañas virginales (Lc 1, 39ss).

DESDE NUESTRA ESPIRITUALIDAD

El Señor ha suscitado a nuestra familia espiritual en estas tierras latinoamericanas, y nos ha impulsado a compartir nuestro carisma en el mundo. Nos ha bendecido con una propia espiritualidad, con un estilo de vida que es el "resultado de la experiencia de personas concretas en el peregrinar, bajo la iluminación del Espíritu" (Luis Fernando Figari, Características de una Espiritualidad para Nuestro Tiempo desde América Latina, VE, Lima, 1988, p.16). En efecto, esta espiritualidad, cultural e históricamente situada, es un don que el Señor de la Historia nos hace para poder responder a los retos del tiempo presente, retos que son también los del inicio tercer milenio. Y así como todo don exige una respuesta y constituye una tarea, el don de nuestra espiritualidad necesita de personas que estén dispuestas a vivirla con fidelidad, cada cual en las circunstancias concretas de su vida, y según su propio estado de vida.

Ello requiere ciertamente por un firme y decidido empeño de estudiar e internalizar cada vez más los rasgos esenciales de nuestra espiritualidad. La formación en este sentido se hace indispensable, teniendo en cuenta que sólo quien es fiel a su propia identidad podrá ser fiel a su misión. De este modo desde la propia identidad espiritual que es un don del Señor podremos afrontar con intrepidez el desafío de los tiempos nuevos para dar fruto abundante de santidad y apostolado.

CITAS PARA MEDITAR
Guía para la Oración

  • El Señor Jesús es el Enviado del Padre: Jn 3,16-17; 8,42; Gál 4,4.
  • La vocación de los Apóstoles: Mc 3,13-15; Lc 6,13-16.
  • El envío de los Apóstoles: Mt 10, 5-8; Lc 9,2-6.
  • El mandato del Señor a sus Apóstoles: Mt 28,18-20; Mc 16,15; Hech 1,1-2.
  • Los apóstoles participan de la misión del Hijo: Jn 13,20; 20,21.
  • El testimonio de los Apóstoles: Mc 16,19-20; Hech 4,33; 5,29-32; 5,42.
  • El apostolado es fruto del encuentro: Jn 1,40-42; Jn 4,25-29.
  • El anuncio del Evangelio brota del encuentro con el Resucitado: Lc 24,31-35; Jn 20,18.
  • El encuentro con el Señor resucitado convierte a Pablo en Apóstol: Hech 15, 12-18; 9,27; él da lo que ha recibido: 1Cor 15,3-11; enviado a anunciar las riquezas de Cristo: Ef 3,8.
  • Llamados a ser apóstoles de la reconciliación: 2Cor 5,17-21.

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