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LA SOLIDARIDAD
 

Nadie puede poner en duda que nos encontramos inmersos en una sociedad «caracterizada por la difusión de una cultura contraria a la solidaridad, que en muchos casos se configura como verdadera "cultura de muerte"» [1]. Sus estructuras hace mucho que vienen siendo activamente promovidas por fuertes corrientes culturales, económicas y políticas, portadoras de una concepción de la sociedad alejada de una visión cristiana del ser humano, su dignidad, el sentido de su presencia en el mundo.

Ante este estado de cosas el Santo Padre ha invitado a la Iglesia en América a recorrer el camino que pasa por la conversión, lleva a la comunión y se expresa en la solidaridad: el camino del encuentro con Jesucristo vivo [2]. Quien se encuentra con Él, experimenta la fuerza de Su Amor que enardece su propio corazón y lo impulsa a «transformar con la fuerza del Evangelio los criterios de juicio, los valores determinantes, los puntos de interés, las líneas de pensamiento, las fuentes inspiradoras y los modelos de vida de la humanidad, que están en contraste con la palabra de Dios y con el designio de salvación» [3]. Este es, de cara a una cultura que ignora o desvaloriza la solidaridad, el grave compromiso que el amor de Cristo nos apremia a asumir:  promover con vigor la cultura de la solidaridad.

LA SOLIDARIDAD EN EL PLAN DE DIOS

Ahora, volvamos nuestra mirada al inicio de la creación: Dios, con un amoroso proyecto, crea todo de la nada. Como culmen de su creación, forma al hombre -varón y mujer- a su imagen y semejanza [4], infundiéndole el soplo de su Espíritu [5] . ¿Podía vivir el ser humano desligado de su Creador? ¿Podía vivir solo, aislado de los demás? Dios mismo no lo proyectó así.  En efecto, «Dios no creó al hombre solo... El hombre, por su misma naturaleza, es un ser social, y sin la relación con los demás no puede ni vivir ni desarrollar sus propias cualidades» [6]. Esta es, efectivamente, un dato de la experiencia cotidiana: nadie nace ni crece solo, nadie puede desarrollar sus potencialidades humanas ni desplegarse como persona si no es sobre el fundamento de su encuentro con Dios; y en el diálogo, en la madura interrelación con otros seres humanos, en la mutua cooperación y complementariedad. El verdadero encuentro hace fecundo al hombre, mientras que el aislamiento lo empobrece y destruye.

Así lo dispuso Dios, al crear a los hombres para la comunión, el diálogo y el encuentro. Por ello, desde el inicio la solidaridad  ha venido siendo fundamental en las relaciones humanas: ayudándose mutuamente los unos a los otros en las diversas empresas y tareas humanas, desarrollando conjuntamente y cada cual sus particulares capacidades y talentos según el amoroso proyecto divino, la gran familia humana sería constructora de la civilización del amor querida por Dios para el ser humano. Lamentablemente, el pecado original -rechazo del designio de Dios para el hombre- obstaculizó  -al menos momentáneamente- tal proyecto divino. La respuesta de Dios fue una promesa de reconciliación.

LA SOLIDARIDAD CRISTIANA

Llegada la plenitud de los tiempos, el Hijo de Dios asumió plenamente la naturaleza humana por el misterio de la Encarnación. El Señor Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre, se hace solidario del hombre y de su destino. En efecto, el Hijo de Santa María se adhiere, podríamos decir, la tarea última y más importante del hombre: lograr la plenitud y la felicidad para sí y para aquellos con los que está íntimamente ligado. Por ello, recorriendo sus propios caminos, el Señor Jesús se ha hecho solidario de la humanidad entera para ofrecer a los hombres inquietos el agua que sacie su sed de infinito [7].

Por el Don del Espíritu Santo, obtenido para el hombre por su muerte y resurrección, el Señor Jesús reúne nuevamente en torno a sí a la familia humana, dividida hasta entonces por el pecado: la Iglesia, en la que la multitud de creyentes no tiene sino «un solo corazón y una sola alma» [8], «es en Cristo como un sacramento o señal e instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad de todo el género humano» [9]. Esta comunión será el fundamento de una nueva solidaridad.

ALGUNAS CARACTERÍSTICAS DE LA SOLIDARIDAD CRISTIANA

Hablamos de una nueva solidaridad ante todo porque la solidaridad cristiana es respuesta a Aquél que primero se hizo solidario con nosotros. Se trata, ante todo y en primer lugar, de una solidaridad con el Señor Jesús, solidaridad que implica la firme adhesión -mental, cordial y práctica- a la misión del Señor Jesús: la vida del hombre, su elevación plena. En consecuencia, de esta fundamental solidaridad con Él se desprenden las exigencias de todo compromiso solidario con todos los hombres, y es por ello que a su vez todo esfuerzo solidario remite ineludiblemente a su Fuente: «en verdad os digo que cuanto hicisteis a unos de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis» [10].

Es también nueva esta solidaridad porque brota de la caridad. Entendámonos: el discípulo del Señor Jesús jamás puede reducirse a ser un mero filántropo o asistente social. Su servicio solidario es fecundado por el amor divino, y es reflejo de ese amor en su servicio solidario [11].

Asimismo es nueva porque asume el programa de liberación reconciliadora [12]que mira al desarrollo integral del hombre, de todos los hombres y de todo el hombre [13]. En este sentido entendemos que el verdadero desarrollo de la persona humana es «el paso, para todos y cada uno, de unas condiciones de vida menos humanas a condiciones más humanas» [14]. En este mismo sentido comprendemos también que la solidaridad cristiana «es ejercicio de comunicación de los bienes» [15], tanto espirituales como materiales, y espirituales aún más que materiales [16].

Es novedosa también esta solidaridad porque exige una «armonía entre evangelización y promoción humana» [17]. En cuanto a esto «el modélico camino recorrido por la Madre nos enseña cómo conjugar el amor configurante con el Señor Jesús y el servicio de evangélico anuncio y de desarrollo y promoción humana al que estamos llamados» [18].

Finalmente, no olvidemos que el primer acto solidario con el Señor Jesús es siempre mi propia santificación [19].

CITAS PARA MEDITAR
Guía para la Oración

  • El fundamento de la solidaridad es la comunión: 1Cor 10,17; 1Cor 12,12; 1 Co 12, 26-27; Rm 14, 7.
  • La solidaridad es una exigencia que brota del amor a Dios: 1Jn 3,16-18; 4,19-21.
  • Solidaridad es poner al servicio de los demás los dones recibidos: 1Pe 4,10-11;
  • El Señor Jesús nos ha dado el ejemplo: Mc 10,45; Jn 13,13-14.
  • Solidaridad es ayudarse mutuamente: Gál 6,2.
  • Ser solidarios con los demás es ser solidarios con Cristo mismo: Mt 25, 40.45.
  • El amor compasivo mueve a la eficaz acción solidaria:
    • Una parábola de la solidaridad: Lc 10, 29-37.
    • El Señor Jesús cura: Mt 14,14; 20,33-34; Mc 1,40-42; enseña: Mc 6,34; alimenta: Mc 8,2-8.
  • María, modelo de la acción solidaria integral: Lc 1,39-45.56.

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[1] Evangelium vitae, 12.

[2] Ver Ecclesia in America, 3.

[3] Evangelii nuntiandi, 19.

[4] Ver Gen 1,26-27.

[5] Ver Gen 2,7.

[6] Gaudium et spes, 12.

[7] Ver Jn 4, 5ss.

[8] Hech 4, 32.

[9] Lumen gentium, 1.

[10] Mt 25,40.45.

[11] Ver 1Jn 4,7.

[12] Luis Fernando Figari, La Populorum Progressio, VE, Lima, 1988, p. 19.

[13] Ver Populorum progressio, 14.

[14] Allí mismo, 21. Es necesario profundizar en este importantísimo acápite de la Populorum progressio, que por razones de espacio no transcribimos en toda su extensión.

[15] Catecismo de la Iglesia Católica, 1948.

[16] Ver Catecismo de la Iglesia Católica, 1942.1948-1950.

[17] Ver Comisión Episcopal de Apostolado Laical, Conferencia Episcopal Peruana, Asociaciones y Movimientos Eclesiales, Lima 1996, p. 116.

[18] Ver Luis Fernando Figari, María desde Puebla, FE, Lima 1992, p. 68.

[19] Ver las implicancias de esta necesidad en Reconciliatio et paenitentia,16e.