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EL PROCESO DE AMORIZACIÓN
 

Que el amor es un asunto central en la vida del hombre, lo ha recordado el Santo Padre con estas palabras: «el hombre no puede vivir sin amor. Él permanece para sí mismo un ser incomprensible, su vida está privada de sentido si no se le revela el amor, si no se encuentra con el amor, si no lo experimenta y lo hace propio, si no participa en él vivamente»[1].

La razón de esta centralidad la encontramos en el origen y vocación de la criatura humana: Dios es amor[2], y «creó a los hombres para que participáramos en esa comunidad divina de amor: el Padre con el Hijo Unigénito en el Espíritu Santo»[3]. Creado por el Amor y para el amor, la criatura humana sólo puede realizarse «reflejando el misterio divino de comunión en sí mismo y en la convivencia con sus hermanos, a través de una acción transformadora sobre el mundo» [4].

AMAR COMO ÉL

A pesar de su lejanía de la Casa paterna -como consecuencia del pecado- el corazón humano experimenta una fuerte inquietud interior por encontrarse nuevamente con el amor y por participar vivamente en él[5]. El Padre sale al encuentro de su criatura humana -de la que Él no se desentendió a pesar de sufrir su rechazo-y envía a su Hijo Unigénito. Sí, el Señor Jesús para esto ha venido al mundo: a disponer e invitar a todo hombre -varón y mujer- a ingresar y participar nuevamente del dinamismo del amor que le permitirá desplegarse y orientarse a la consecución de la plenitud de su ser en la comunión divina de amor[6].

El Señor Jesús, encarnado de María Virgen por obra del Espíritu Santo, reconcilió al hombre con Dios mediante su Cruz[7], devolviéndole nuevamente la posibilidad de abrirse al amor y de participar de su dinámica vivificante. Además, con su palabra y ejemplo señaló al hombre el camino que había de seguir para orientar rectamente sus dinamismos fundamentales: «amaos los unos a los otros, como yo os he amado»[8]. Éste es el mandamiento del Señor -el suyo[9], el nuevo porque contiene y lleva a su plenitud todos los demás-[10], mandamiento que por el contexto en el que fue dado posee en sí todo el peso de un "testamento espiritual".

UN PROCESO QUE EXIGE EL DON

Amar como Él, amar con su mismo amor y con un Corazón como el suyo, es el ideal y la meta a la que hemos de aspirar intensamente. Pero para llegar a este estado -el estado de Jesús, Hijo de María- debemos insertarnos en un proceso educativo dinámico mediante el cual nos vayamos acercando día a día al ideal del amor auténtico que es el Señor Jesús, el Hijo de Santa María. La amorización es este proceso dinámico mediante el cual alcanzamos la meta anhelada.

Ahora bien, avanzar en este proceso de amorización mediante el cual el discípulo llega a amar como Él, no es -como quizá alguno podría pensar erróneamente- fruto exclusivo del propio esfuerzo humano, aunque, ciertamente, éste es necesario. Además, el " como" no indica una mera imitación externa, sino que apunta a una transformación real, ontológica, interior. En otras palabras, no podemos amar como Cristo si, progresivamente, en este proceso, no nos vamos haciendo de alguna manera "otros Cristos"[11]. Sólo quien se configura plenamente con el Señor Jesús -mediante esta transformación total- llega a amar como Él.  Y esto es posible porque el Espíritu lo hace posible al asumir y abrir nuestra capacidad de amar a una nueva dimensión. En efecto, es por el don de un nuevo corazón[12] y por el amor derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo[13] como se realiza en nosotros el nacimiento y posterior despliegue -en la medida de nuestra decidida cooperación- del hombre nuevo[14], cuya plenitud es el «estado de hombre perfecto, la madurez de la plenitud de Cristo»[15].

Por el Don y la respuesta al Don -mediante el proceso de amorización- llegamos a ser realmente en Él "otros Cristos", de modo que sin dejar de ser nosotros mismos sino siendo plenamente nosotros mismos, no seremos ya nosotros quienes amemos, sino Cristo quien ame en nosotros[16].

DEJÁNDONOS EDUCAR POR LA MADRE

Pero el Señor Jesús no sólo transformó nuestros corazones por el don de su Espíritu, ni nos dejó sólo su enseñanza y su ejemplo para ser seguido. También nos indicó un camino específico, invitándonos a ingresar en una singular "escuela" mediante aquel testamento espiritual que "complementa" su mandamiento: «Mujer, ahí tienes a tu hijo. Ahí tienes a tu madre»[17].

El momento del amor llevado al extremo[18] en la Cruz es también el preciso momento en que el Hijo explicita el don maravilloso de la maternidad espiritual de María, confiándole la misión de ejercer una función dinámica en la formación y educación de los discípulos. Es también el momento solemne en que invita a todo discípulo a acoger la maternidad espiritual de María para que, encontrándose con Ella desde el amor de Cristo, pueda «conocerla, acercarse a su corazón, amarla con afecto de piedad filial, y así ir recorriendo, en la esperanza y el amor, con el calor y aliento de su presencia, el camino que lleva a la configuración con el Señor Jesús»[19]: por Cristo a María y por María más plenamente al Señor Jesús[20].

Así pues, en el proceso de amorización el camino hermoso de la piedad filial configurante[21] es el modo señalado por el Señor Jesús para llegar a amar como Él, y así responder acertadamente a nuestra vocación a participar en la comunión divina de amor.

CITAS PARA MEDITAR
Guía para la Oración

  • Nuestra vocación es a la comunión en el amor: Jn 17,22-23.
  • Invitados a participar y permanecer en el amor divino: Jn 15,9-10.
  • El gozo pleno del hombre brota de la comunión permanencia en el amor: Jn 15,10-11.
  • El amor al Señor Jesús introduce en la comunión con Dios: Jn 14,21.23.
  • Llamados a amar como el Señor Jesús: Jn 13,34-35; 15,12. 17.
  • El proceso de amorización lleva a amar como el Señor Jesús:
    • al Padre: Jn 14,31.
    • a los hermanos humanos: Jn 13,1;15, 9.13.
    • a María: Jn 19,26-27.

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[1] Redemptor hominis, 10a.

[2] 1Jn 4,8.16.

[3] Puebla, 182; ver Gaudium et spes, 19a.

[4] Puebla, 184.

[5] Ver Catecismo de la Iglesia Católica, 30.

[6] Ver Ap 3,20.

[7] Ver 2Cor 5,19.

[8] Jn 13,34.

[9] Jn 15,12.

[10] Jn 13,34.

[11] Ver Catecismo de la Iglesia Católica, 2782.

[12] Ver Ez 36,26.

[13] Ver Rom 5,5.

[14] Ver Ef 4,22-24.

[15] Ef 4,13.

[16] Ver Gál 2,20.

[17]Jn 19,26-27.

[18] Ver Jn 13,1.

[19] Luis Fernando Figari, María Paradigma de Unidad, VE, Lima, 1992, p.6.

[20] Ver Luis Fernando Figari, En Compañía de María, VE, Lima, 1995, pp. 9-22; también María Paradigma de Unidad, pp. 5-7, y Camino hacia Dios, Tomo I, Vida y Espiritualidad, Lima, 1997, pp. 21-24.

[21] Ver Camino hacia Dios, Tomo I, Vida y Espiritualidad, Lima, 1997, pp.15-18.