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Hace poco más de un año que cientos de nuestros hermanos y
hermanas tuvieron la bendición de celebrar en la Sede de Pedro la gran fiesta
de Pentecostés. A lo lago de aquellas intensas celebraciones, el Sucesor de
Pedro nos ayudó a percibir con mayor claridad un fuerte soplo del Espíritu:
«En nuestro mundo, frecuentemente dominado por una cultura
secularizada que fomenta y propone modelos de vida sin Dios, la fe de tantos es
puesta a dura prueba y no pocas veces sofocada y apagada. Se advierte entonces
con urgencia la necesidad de un anuncio fuerte y de una sólida y profunda
formación cristiana. ¡Cuánta necesidad existe hoy de personalidades cristianas
maduras, conocedoras de su propia identidad bautismal, de su propia vocación y
misión en la Iglesia y en el mundo! ¡Cuánta necesidad de comunidades
cristianas vivas! Y he aquí ahora, los movimientos y las nuevas comunidades
eclesiales. Ellos son una respuesta suscitada por el Espíritu Santo a este
dramático desafío del fin del milenio. ¡Ellos son, ustedes son, la
respuesta providencial!»
[1].
¿QUIÉN SOY?
Por identidad entendemos aquello con que se responde a
esta sencilla pregunta: ¿Quién soy yo? Todos los ensayos que se han
hecho a lo largo de la historia para responder a esta pregunta crucial -y los
que cada uno ha hecho en su propia historia- encuentran en el Señor Jesús
respuesta definitiva y luminosa. En Él «se aclara verdaderamente el misterio
del hombre», Él «manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre
su altísima vocación»
[2].
Es importante que tengamos presente esta verdad a la hora de
profundizar en nuestro propio conocimiento, en la comprensión de nuestra
identidad, pues de las enseñanzas del Señor Jesús y también de la comprensión
de su Identidad (Quién es Él) emana toda la luz necesaria para iluminar lo que
soy, incluso lo que en mí hay de misterioso y profundo, muchas veces difícil de
comprender. Al escucharle con atención, al mirarle con la misma reverencia con
que le miró su Madre, encontraremos en Él la plena respuesta a la pregunta
sobre la pregunta: ¿Quién soy?
LA IDENTIDAD BAUTISMAL
El Señor Jesús revela en sí mismo el misterio del hombre pleno:
fruto de su Pascua reconciliadora será el Don de su Espíritu que Él, junto con
el Padre, ha derramado en los corazones de los bautizados para realizar así una nueva
creación
[3]. El Sacramento del Bautismo sella a quien lo recibe de modo que
puede responder a su identidad auténtica. Mediante la efusión de su
Espíritu transforma interiormente al hombre, para que en adelante se llame
y sea hijo en el Hijo
[4], miembro del Cuerpo Místico de Cristo que es la Iglesia[5]Somos
cristianos porque «mediante el Bautismo, nos hemos convertido en un
mismo ser con Cristo»
[6]. El nombre de cristiano, por tanto, no es -o debería tomarse
como- una simple etiqueta, sino que expresa «la esencia, la identidad de la
persona y el sentido de su vida»
[7].
Así pues, a la pregunta primera sobre la propia identidad, todo
bautizado ha de responder: soy cristiano
[8], hijo de la Iglesia que el Señor Jesús fundó sobre Pedro. Esa es mi
identidad y realidad ontológica.
Ahora bien, el que menos se preguntará: si de verdad soy eso,
¿por qué es que esa identidad no se refleja exteriormente de manera completa?
¿Por qué sigo optando tantas veces por lo que me aparta de Dios, de la Iglesia
y en el fondo de mí mismo? El Bautismo -nos enseña la Iglesia- no suprime en el
bautizado la concupiscencia, la inclinación al mal. Permanece en
él y le llama continuamente a «la conversión con miras a la santidad»
[9]. Así, pues, mi identidad bautismal no es una realidad estática,
sino que busca ser cada vez más plena y es al mismo tiempo una invitación
a configurarme con el Señor Jesús ingresando al proceso de amorización a través
de la piedad filial a María: en la medida en que más me configuro con el Hijo
de Santa María, más clara brotará mi verdadera identidad y personalidad. ¡Sí!,
al abrirnos y acoger al Señor Jesús seremos cada vez más nosotros mismos. Se
trata, pues, de responder al don recibido, recorriendo -apoyados en la fuerza
de la gracia- el camino señalado por el Señor Jesús, camino que me plenifica
humanamente, camino que conduce a mi verdadera realización y felicidad.
LA MISIÓN: SER SAL DE LA TIERRA Y LUZ DEL MUNDO
Ahora bien, por el sacramento del Bautismo no sólo «llegamos a
ser miembros de Cristo y somos incorporados a la Iglesia», sino que también
somos «hechos partícipes de su misión»
[10]. Misión viene del latín missio, que significa envío
o facultad dada a alguien para desempeñar una tarea específica. La
misión que la Iglesia recibió del Señor Jesús
[11], misión de la que participamos en virtud de nuestra pertenencia a
Ella, es -según la analogía usada por el Señor- la de ser sal de la tierra
[12]
yluz del mundo
[13].
La misión implica un estar en el mundo sin ser del mundo.
No es un estar en el mundo desentendidos de los gozos y las esperanzas,
de las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo
[14], tampoco en estar compenetrados de tal modo con el mundo que
asumamos sus mismos criterios de juicio y valoración. De manera semejante a la
función de la sal en la comida o de la luz en un lugar oscuro, se trata de una
presencia activa y benéfica por la que manteniendo su propia identidad -y a
partir de ella- cada cual contribuya decididamente, con la gracia del Señor, a
la transformación de todas las realidades humanas que se hallan en contraste
con la Verdad del Evangelio
[15]. Esta es la misión de los hijos e hijas de la Iglesia, misión a la
que el Espíritu nos empuja hoy no aisladamente, sino como Movimiento:
«¡Ellos son, ustedes son, la respuesta providencial!»
[16].
Seamos, pues, sal en el mundo y luz para muchos, siendo fieles a
nuestra identidad bautismal y desarrollándola en plenitud.
CITAS PARA MEDITAR
Guía para la Oración
Para meditar en nuestra identidad bautismal:
-
Hemos sido bautizados en Espíritu y fuego: Mt 3,11; Hech 1,15; en Espíritu y
agua: Jn 3,5-6.
-
Por nuestro bautismo participamos de la muerte y resurrección del Señor Jesús.
Él nos ha dado una nueva vida: Rom 6,3-6; Col 2,12-13.
-
Somos de Cristo porque su Espíritu vive en nosotros: Rom 8,9-11.
-
Hemos llegado a ser una nueva creación: 2 Cor 5,19. Hemos sido "revestidos de
Cristo": Gal 3,27.
-
El Don exige por nuestra parte rechazar las obras de las tinieblas y
"revestirnos de Cristo": Rom 13,12-14; Flp 2,5; Ef 4,22-24; 6,10-12; Col
3,9-12.14-15.
-
El bautismo nos une en un solo Cuerpo, la Iglesia: 1 Cor 12,12-13.
Para meditar sobre la misión de la Iglesia, que es la misión de todos sus hijos:
-
Ser sal de la tierra: Mt 5,13.
-
Ser luz del mundo: Mt 5,14-16.
-
Ser como levadura que todo lo fermenta: Mt 13,33; Lc 13,21.
-
Nuestra pertenencia a la Iglesia entraña la misión: 1Pe 2,9.
-
El Espíritu Santo, que habita en nosotros (Rom 5,5; 1 Cor 6,19), nos impulsa
también hoy a anunciar al Señor sin miedo, con ardor: Hech 2,1-4; Mt 10,19-20.
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[1] S.S.
Juan Pablo II, Vigilia de Pentecostés, 30 de mayo de 1998, n.7.
[4] Ver
Catecismo de la Iglesia Católica, 537 y 1997.
[5] Ver
allí mismo, 1213.
[8] Ver
allí mismo, 1289 y 1241.
[13]
Mt 5,14; Ver Catecismo de la Iglesia Católica, 782.
[14]
Ver Lumen gentium, 1.
[15]
Ver Evangelii Nuntiandi, 19.
[16]
S.S. Juan Pablo II, Vigilia de Pentecostés, 30 de mayo de 1998, n.7.
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