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El mes pasado hemos mencionado que en el esfuerzo por
profundizar en nuestra propia identidad (¿Quién soy yo?) es imprescindible
volver nuestros ojos al Señor Jesús y conocer su Identidad. La cercanía de la
bimilenaria celebración de su nacimiento es ocasión propicia para acercarnos a
Él con esta inquietante pregunta: Cristo, ¿quién eres Tú?
«¿Qué es el hombre, para que te acuerdes de él? ¿El ser humano,
para darle poder?»
[1]. Una plegaria universal se eleva a lo Alto, pues ¿de quién más
puede venir la respuesta al maravilloso enigma que es el hombre sino de Aquél
que lo ha creado? Luego del oscurecimiento de su propia identidad, consecuencia
del pecado original, Dios mismo mostraría plenamente el hombre al propio hombre
[2]:
«el Verbo de Dios, asumiendo en todo la naturaleza humana menos en el pecado,
manifiesta el plan del Padre, de revelar a la persona humana el modo de llegar
a la plenitud de su propia vocación (...) Así, Jesús no sólo reconcilia al
hombre con Dios, sino que lo reconcilia también consigo mismo, revelándole su
propia naturaleza»
[3]. Dios en el Reconciliador nos ha dado LA RESPUESTA. Pero... ¿cómo
la hemos acogido los hombres?
«¿QUIÉN DICEN LOS HOMBRES QUE ES EL HIJO DEL HOMBRE?»
[4]
Como hace 2000 años, también hoy son muchos los que -situándose
fuera de la Iglesia- tienensu propia opinión acerca del Señor Jesús:
"unos dicen que fuiste un gran revolucionario; otros que un genio; otros
que un gurú o gran maestro; muchos que un buen hombre; la mayoría cree que sólo fuiste
un gran líder religioso, no más que otros que han ido apareciendo en la escena
del mundo: Buda, Confusio, Mahoma, Gandhi.".
Lamentablemente son muchos también los que -situándose dentro de
la Iglesia- «reducen el Evangelio a su medida y se hacen un Jesús más cómodo,
negando su divinidad trascendente, o diluyendo su real, histórica humanidad, e
incluso manipulando la integridad de su mensaje»
[5].
«Y VOSOTROS, ¿QUIÉN DECÍS QUE SOY YO?»
[6]
En medio de una multitud de opiniones que -ayer como hoy- fluyen
como innumerables ríos que alimentan la mar de la confusión y relativismo, sólo
una voz se alza con la plena verdad sobre la identidad del Señor Jesús: «Tú
eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo»
[7]. Pedro inspirado responde con LA VERDAD sobre la identidad del
Señor, que no puede ser sino una y permanecer una e idéntica a través de los
siglos. La suya es la profesión de fe que constituye el sólido
fundamento de la Iglesia, que «es la comunidad de los que comparten la misma fe
de Pedro y de los Apóstoles; la comunidad de los que proclaman la única fe
apostólica»
[8].
Se entiende entonces que sólo la Iglesia -la que está unida al
Sucesor de Pedro, evidentemente- está en condiciones (porque es un Don dado por
Dios a Ella) de dar la respuesta auténtica a la pregunta sobre la identidad del
Señor Jesús. Cualquier hombre -creyente o no- que carezca de «la
autenticidad y plenitud de la mirada con que la Iglesia contempla, reza y
anuncia Su Misterio»
[9] jamás podrá comprender quién es el Señor Jesús, ni comprenderse
tampoco plenamente a sí mismo.
«TÚ ERES EL MESÍAS»
Por el anuncio de la Iglesia llegamos a conocer la verdad sobre
el Señor Jesús. Él es «el Mesías», «el Cristo»
[10], es decir, Aquel que -desde el mismo momento de la caída original-
fue anunciado en la promesa divina
[11], Aquel a quien los hombres han esperado desde siempre debido a ese anhelo
de infinito y nostalgia de reconciliación que anida en sus
corazones.
El mismo nombre del Mesías nos abre a su identidad y de
su misión: Jesús (Dios salva) es Dios que
sale al encuentro de su criatura humana para liberarla del mal del pecado
[12] y ofrecerle el Don de la reconciliación. Esta obra de la salvación
será «lo esencial en toda la misión de Cristo»
[13].
El contexto mismo en el que el mensajero divino anuncia a María
el nombre que ha de llevar su Hijo
[14] manifiesta el modo elegido por Dios para llevar a cabo tal obra:
por la Encarnación del Hijo, mediante su milagrosa concepción en el seno de la
Virgen María por obra del Espíritu Santo
[15]. Siendo el Hijo de condición divina
[16], se hizo uno como nosotros -en todo igual menos en el pecado-, con
la específica misión de reconciliarnos por medio de la muerte en su
cuerpo de carne
[17]: «la reconciliación es parte necesaria, preeminente del mensaje
salvífico»
[18], parte necesaria y preeminente de la misión salvadora del Señor
Jesús.
«EL HIJO DE DIOS VIVO»
Jesús, el Mesías, es el Verbo Eterno hecho hombre, el Hijo amado
del Padre a quien está unido en el Espíritu Santo. Él es una de las
personas de Dios Trinidad, Comunión de Amor.
Él es enviado para nuestra reconciliación no por un dios
indiferente, lejano o muerto, sino por Dios vivo, por Dios que es la
Vida misma, por Dios que da la vida a todo lo que existe. Él «no es un Dios de
muertos, sino de vivos»
[19]; por ello la muerte no puede tocarlo a Él ni a los que Él
guarda.
Pedro con su inspirada respuesta
[20], cuya enorme trascendencia y verdad él mismo no comprendía aún
plenamente, anuncia veladamente que la muerte no tendrá poder sobre Quien está
íntimamente vinculado al Padre. Luego de reconciliarnos en la Cruz,
verdaderamente resucitó, comunicándonos su misma Vida por el Don de su
Espíritu. Él mismo, exaltado a la derecha del Padre, ha recibido el Nombre que
está sobre todo nombre: Él es SEÑOR
[21]. Sí, Jesús es Señor, y « la Iglesia cree (y
anuncia)... que la clave, el centro y el fin de toda historia humana se
encuentra en su Señor y Maestro»
[22].
CONCLUSIÓN
Pero, ¿quién digo yo que es Él? Es la pregunta que
cada uno de nosotros, al acercarnos a celebrar los 2000 años de la Encarnación,
debe hacerse sinceramente. Así se procurará acortar distancias entre todo
lo que pueda ser la visión "acomodada" y distorsionada de Jesús que cada cual
puede tener, y la verdad que sobre Él nos transmite la Iglesia.
Comprendiendo cada vez más su identidad, podré comprender
también cada vez más quien soy yo, ingresando en la hermosa senda de la
reconciliación conmigo mismo. Así, y sólo así, podré convertirme en un
auténtico apóstol de la reconciliación.
CITAS PARA MEDITAR
Guía para la Oración
-
La identidad y la misión del Hijo de María: Mt 1,21.
-
Jesucristo es Señor: Flp 2,10-11, Rom 10,9.
-
Conocer al Señor verdaderamente es un Don: 1Cor 12,3.
-
Por Cristo hemos sido reconciliados: Rom 5,11.
-
El Señor Jesús nos reconcilió ofreciéndose a sí mismo como sacrificio: Col
1,21-22.
-
En el Altar de la Cruz el Hijo estaba reconciliándonos con Dios. 2 Cor 5,19.
-
Llamados a acoger el don de la reconciliación: 2Cor 5,20.
-
Llamados a ser servidores del don de la reconciliación: 2Cor 5,18.
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Trabajo de Interiorización
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[2] Ver
Gaudium et spes, 22.
[3] Ecclesia
in America, 10.
[5] S.S.
Juan Pablo II, Catequesis del 7/1/87, n. 2.
[8] S.S.
Juan Pablo II, Homilía en la solemnidad de San Pedro y San Pablo,
29/7/97.
[9] S.S.
Juan Pablo II, Catequesis del 7/1/87, n. 3.
[10]
Ver Catecismo de la Iglesia Católica, 436.
[13]
S.S. Juan Pablo II, Catequesis del 27/7/88, n.2.
[18]
S.S. Juan Pablo II, 10/10/81. Citado en: Luis Fernando Figari, ¿Por qué una
Teología de la Reconciliación?, FE, Lima, 1989, p. 16.
[21]
Ver Flp 2,11. Ver Catecismo de la Iglesia Católica, 446-450.
[22]
Gaudium et spes, 10.
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