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Este mes reflexionaremos sobre algunos signos que a lo
largo de la historia han enriquecido la institución del Jubileo
[1]. Al ser una sencilla pero elocuente expresión de ciertas realidades
espirituales, los signos son para nosotros como luces de la fe para la vida
diaria.
Primero diremos algo sobre los signos en general: ¿Qué son? ¿Cuál
es su función? Los signos son objetos o acciones visibles que
nos remiten -por vía de la analogía- a otras realidades a las que representan.
En la liturgia de la Iglesia la función de los signos es la de hablarnos,
educarnos e introducirnos «en la dimensión sagrada de la vida»
[2]: lo visible, palpable y audible del signo son para el
creyente una constante invitación a "ir más allá", a lo que el signo remite,
para "ver" y participar de las realidades sagradas y acontecimientos salvíficos
que -permaneciendo invisibles a los ojos corporales- sólo son visibles a los
ojos de la fe.
¿De qué son"signo" los signos del Jubileo?
Los diversos signos del Jubileo representan cada cual un determinado
aspecto de la vida de la fe, pero finalmente son todos ellos signos de la
misericordia de Dios.
1. JESUCRISTO: EL GRAN "SIGNO" DE LA MISERICORDIA DEL PADRE
El mayor "signo" del amor que Dios nos tiene
[3] es «Jesucristo, el mismo ayer, hoy y siempre»
[4]. Podemos decir que -sin menoscabo de la realidad divina del Señor
Jesús en sí mismo- la Palabra eterna al encarnarse de María Virgen por obra del
Espíritu Santo se hizo para nosotros Signo audible, visible, palpable
[5], de
Dios invisible. En efecto, a Dios nadie lo ha visto jamás, sino sólo el
Hijo
[6] y es Él quien nos lo ha dado a conocer. Quien conoce al Hijo
puede "ver" al Padre
[7], y es introducido en el ámbito de Su misericordia.
El Señor Jesús es, pues, el gran "Signo" que el Padre nos ha dado, Signo
de su amor misericordioso que no se detiene ante el pecado del hombre, Signo
que elevado en una cruz y mostrado a todos los hombres de todos los tiempos
busca atraerlos nuevamente hacia el Padre con la fuerza de su amor
[8]. Particularmente en este año de gracia se nos invita a ver
por este "SIGNO" «la dimensión de la permanencia del amor de Dios que redime,
de la fiel constancia con que sale al encuentro del ser humano»
[9].
2. LA PEREGRINACIÓN A LA IGLESIA JUBILAR
En los jubileos uno de los principales actos enriquecidos con la indulgencia
plenaria es la realización de una peregrinación a una iglesia jubilar
[10],
para participar allí de alguna celebración litúrgica o ejercicio de
piedad.
Por ello para el cristiano peregrinar jamás será un mero trasladarse de un
lugar a otro, o andar desentendido del destino del mundo. Peregrinar es un acto
eminentemente dinámico-ascendente, implica abrirse a la gracia y vivir
el dinamismo bautismal para ingresar en un sendero de amorización que -cuando
se ponen los propios talentos al servicio de los hermanos humanos- conduce al paulatino
despliegue de la propia persona, produciendo los frutos abundantes
que el Padre espera de los discípulos de su Hijo
[11]. Peregrinar es, pues, crecer, avanzar «por el camino de la
perfección cristiana, esforzándose por llegar, con la ayuda de la gracia de
Dios, "al estado de hombre perfecto, a la madurez de la plenitud de Cristo"»
[12]. Peregrinar es conformarse con el Señor Jesús, el Hijo de Santa
María, y alcanzar así la propia plenitud
[13].
Otro aspecto del peregrinar nos recuerda que la vida cristiana es un caminar en
comunidad. El que peregrina es parte de una familia, pertenece a un pueblo
que -encabezado por Cristo Cabeza- está en movimiento hacia la
Casa del Padre, y que al avanzar da testimonio luminoso de su fe en un mundo
que, al seguir dándole la espalda a Dios-Amor, sigue sumergido en las
tinieblas. Peregrinar es, en este sentido, un acto eminentemente apostólico:
la fuerza irradiativa que brota de la fe vivida en común es como una potente
luz que disipa las tinieblas del pecado, como levadura que fermenta toda la
masa. La comunidad que peregrina aspira a dar razón y testimonio de su fe,
anhela invitar a los que más se pueda a esta marcha, busca transformar con el
amor irradiado a su paso -el paso vivificante de una fuerza de santos y santas-
todas las realidades humanas que se encuentran en oposición o en actitud de
indiferencia respecto al Evangelio.
El ponerse en marcha es, asimismo, un peregrinar hacia la
iglesia, lugar de encuentro con Dios, y ello nos recuerda que la Iglesia
-la que el Señor Jesús ha fundado sobre Pedro- «es necesaria para la salvación»
[14]. Ésta es la Iglesia «en la que los hombres entran por el bautismo
como por una puerta»
[15].
3. LA PUERTA SANTA
«La peregrinación va acompañada del signo de la "puerta santa"»[16].
Ella simboliza a Cristo, quien al hablar del redil de las ovejas dijo de sí
mismo «Yo soy la puerta»
[17]. Con ello el Señor Jesús manifestó claramente que «nadie puede
tener acceso al Padre si no a través suyo»
[18]: sólo Él es el «acceso que abre de par en par la entrada en la
vida de comunión con Dios»
[19]. El paso nos conduce al interior del templo, significando
que la Vida se encuentra en la Iglesia, y no fuera de ella
[20].
Pasar por esta puerta santa, que simboliza a Cristo, «evoca el paso que
cada cristiano está llamado a dar del pecado a la gracia»
[21], invita a asumir el dinamismo bautismal por el que el cristiano muere
a todo lo que es muerte para vivir a la Vida verdadera.
El signo de la Puerta santa recuerda también otra verdad fundamental: la
responsabilidad de cada creyente de cruzar su umbral. Cruzar o no, acogiendo o
rechazando la invitación divina, es una decisión que presupone la libertad de
elegir y, al mismo tiempo, el valor de dejar algo, sabiendo que se alcanza la
vida divina. El Padre invita a todos a la reconciliación, y dispone
absolutamente todo para que el hombre pueda acceder a este Don. Sin embargo, a
cada uno le toca, desde el recto ejercicio de su propia libertad, dar el paso
decidido confesando que Cristo Jesús es el Señor para vivir la vida nueva que
nos ha dado.
Otro signo característico, muy conocido entre los fieles, es la "indulgencia"
[22]. De ella trataremos más adelante
[23].
CITAS PARA MEDITAR
Guía para la Oración
Jesucristo: el gran "Signo" de la misericordia del Padre:
-
El signo más claro del amor que el Padre nos tiene: Jn
3,16-17; 1Jn 4,9-10.
-
La Palabra eterna se encarnó: Jn 1,14; tomó nuestra condición
humana de María Virgen y por obra del Espíritu Santo: Lc 1,26-38; así se hizo
visible, palpable y audible: 1Jn 1,1.
-
Sólo el Hijo conoce al Padre, sólo Él puede darlo a conocer:
Jn 1,18.
-
Quien conoce al Hijo, "ve" al Padre: Jn 14,7.
-
El Señor Jesús revela al Padre: es rico en misericordia: Lc
15, 20-24.31-32; Ef 2,4.
Sobre la peregrinación:
-
Dios llama a la marcha y señala el horizonte: Jue 18,9-10.
-
Es recorrer un camino santo, preparado por el Señor: Is
35,8-10.
-
Es avanzar por el camino de conformación con Cristo: Ef 4, 13.
Sobre la Puerta:
-
Los justos entrarán por la puerta: Sal 118 [117], 20.
-
La nación santa entra por la puerta: Is 26,1-2; Ap 3,7-8.
-
El Señor Jesús es la Puerta que conduce a la Vida: Jn 10, 7.
9.
-
¿Quiénes entrarán por ella?: Sal 14[15]; Ap 22,14-15.
PREGUNTAS PARA EL DIÁLOGO
-
¿Qué son los signos y cuál es la función que cumplen en la
liturgia de la Iglesia?
-
¿Qué significa que el Señor Jesús es el gran "Signo" de la
misericordia de Dios?
-
¿Cuáles son los signos del Jubileo y a qué te remiten?
-
Haber conocido estos contenidos, ¿en qué te ayuda en tu vida
cotidiana?
-
¿Qué medios concretos puedes poner para introducirte mejor en
la dinámica del Jubileo?
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[1] Ver
Incarnationis Mysterium, Bula de convocación del Gran Jubileo del año
2000, n. 7.
[2] Germán
Doig, El Silencio y la Liturgia, Paulinas, Bogotá, 1992, p. 33.
[3] Ver
Jn 3,16; 1Jn 4,9.
[9] Luis
Fernando Figari, ¡Ante el umbral!, Diario La República , Lima, 29
de diciembre de 1999.
[10]
Iglesia expresamente designada por el obispo de cada diócesis.
[12]
Incarnationis Mysterium, 7.
[16]
Incarnationis Mysterium, 8.
[18]
Incarnationis Mysterium, 8.
[20] Ver
Lumen Gentium , 14.
[21]
Incarnationis Mysterium, 8.
[23]
Sobre otros posibles signos de la misericordia de Dios, ver Incarnationis
Mysterium, 11-13.
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