• RECURSO AL CONSEJO

    ... el recurso al consejo, que en el marco de la gnosis a la que nos invita San Pedro en su escalera espiritual, nos permite conocer y vivir el Plan de Dios en nuestras vidas.

  • EL EXAMEN O “VIGILANCIA”

    Se trata, entonces, de un medio que nos ayuda a estar atentos a nosotros mismos para conocernos cada vez mejor, y saber descubrir las dificultades —sean interiores o exteriores— que se nos presentan para poder enfrentarlas...
  • El discernimiento espiritual

    En el lenguaje coloquial podemos decir que una persona “sin discernimiento” es aquella que toma las cosas a la ligera, que no es capaz de hacer un juicio cabal sobre la realidad ni de actuar consecuentemente.  La falta de discernimiento puede llevar, en este sentido, a actuar sin sopesar bien lo que se hace...
  • LA CONFIANZA EN DIOS Y LA SANA DESCONFIANZA DE UNO MISMO

    Confiar en Dios y desconfiar sanamente de uno mismo son dos medios que nos ayudan a vivir la gnosis (conocimiento) a la cual nos invita el Apóstol San Pedro en su escalera espiritual.  Son dos hábitos necesarios para el buen combate espiritual en nuestro camino hacia la santidad. ...
  • REVERENCIA Y GNOSIS

    La palabra reverencia se escucha, con cierta frecuencia, asociada al respeto por alguien, o incluso a un gesto —una inclinación por ejemplo— que expresa reconocimiento o veneración. Para comprender un poco mejor el significado que tiene la reverencia podemos recordar en primer lugar las ocasiones en que la vivimos... 

47. LA CARIDAD FRATERNA

"Aunque hablara la lengua de los hombres y de los ángeles, si no tengo caridad, soy como bronce que suena o címbalo que retiñe... Aunque repartiera todos mis bienes, y entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo caridad, nada me aprovecha". (1Cor 13, 1.3). Con estas palabras San Pablo resalta la primicia de la caridad sobre cualquier otra virtud.

NO SOMOS ISLAS

Parece ser que la situación del mundo que nos ha tocado vivir, con sus rasgos marcados de individualismo y mezquindad, agudiza en el hombre su anhelo de vivir el encuentro. Creado desde los orígenes para relacionarse en armonía con sus semejantes, el ser humano descubre en la soledad un mal insostenible y un obstáculo real para la propia realización. La misma Escritura nos dice: "No es bueno que el hombre esté solo" (Gén 2, 18).

De esta manera, la nostalgia de comunión constituye una experiencia vital en todo aquel que se abre al encuentro con su propia interioridad. Late en lo más profundo una realidad paradójica y cuestionante. Por un lado, el anhelo de relaciones auténticas y permanentes, una aspiración a vivir el amor hacia los demás en todas sus manifestaciones. Por otro lado, descubrimos las propias limitaciones, la mezquindad, el egoísmo y los temores que nos alejan de los demás. Incluso tropezamos, no sólo con las limitaciones actuales, sino con frustraciones pasadas que en no pocas ocasiones cubren con una sombra de aparente desesperanza nuestra senda hacia la comunión.

UN MANDAMIENTO NUEVO

El momento íntimo y dramático de la Última Cena constituye en el Evangelio según San Juan el marco del mandato nuevo que nos deja el Senor: "Os doy un mandato nuevo: que os améis los unos a los otros. Que, como yo os he amado, así os améis también vosotros los unos a los otros" (Jn 13, 34). Un mandamiento hermoso pero desafiante, pues se nos pide amar a la medida del Señor Jesús.

Las características de este amor se alzan a nuestros ojos con rasgos ineludibles. En ese momento se nos explícita que se trata de un amor hasta el extremo, hasta entregar la propia vida (Jn 13, 1; Jn 15, 13). Es un amor que se expresa en el camino concreto del servicio, como nos lo muestra el Señor al lavarle los pies a sus discípulos (Jn 13, 4ss). Es un amor que brota de la acción fecunda del Espíritu Santo (Gál 5, 22; Rom 5, 5) y que por lo tanto es sobrenatural. Sólo así se comprende que la invitación del Señor a amar como Él no resulta desproporcionada pues Jesús mismo es quien ama en nosotros por la acción del Espíritu Santo.

CAMINO DE AMORIZACIÓN

La vivencia de la caridad fraterna es un verdadero camino ascético. Por él aprendemos a vivir el amor como nuestro Maestro, haciéndonos partícipes de la vida íntima de la comunidad trinitaria. Es innegable que hay muchos obstáculos -de los cuales hemos enumerado sólo algunos-, pero precisamente por la vivencia de la caridad hacia el hermano se van limando y purificando, constituyendo una preparación valiosísima para el encuentro con Dios y para la conformación plena con el Hijo de María.

Al dar paso al amor fraterno en nuestras existencias nos asemejamos más y más al Señor de Nazaret, paradigma de vida plena, que nos amó hasta la Cruz y nos invita a seguirle por esta senda segura. Definitivamente es iluminadora la sentencia de una de las cartas del discípulo amado: "Quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve" (1Jn 4, 20). La caridad fraterna es un reflejo privilegiado del amor de Dios que anima la Trinidad y del cual estamos invitados a participar de manera definitiva.

En este camino de configuración cristificante el papel de nuestra Madre es protagónico ya que Ella, con ternura y firmeza, invocando la acción del Espíritu, va modelando los corazones de sus hijos hasta verlos conformados al corazón del Señor Jesús. María nos sirve de ejemplo para vivir la caridad fraterna, pues es un camino que le resulta familiar. Por otro lado, su presencia maternal en medio de nosotros suscita un ambiente de familia cercano y fraternal que facilita la mutua entrega.

PARA VIVIR LA CARIDAD

"¡Oh, qué bueno, qué dulce habitar los hermanos todos juntos!... Como el rocío del Hermón que baja por las alturas de Sión; allí Yahveh la bendición dispensa, la vida para siempre" (Sal 133(132), 1.3). Así canta rebosante el salmista, pues reconoce que el amor al hermano es un don invalorable. Esta caridad fraterna tiene múltiples expresiones. Ahora sólo nos detendremos en algunos rasgos que nos pueden ayudar a coprenderla como dinamismo configurante con el Señor Jesús.

Ante todo se nos presenta como servicio. El mismo Señor nos muestra en la Última Cena esta dimensión servicial de la existencia como un signo inconfundible del amor que se hace concreto (Jn 13, 4-14). En ese sentido María también aporta su propio ejemplo cuando, haciendo efectiva su adhesión de amor al Plan de Dios, sale al encuentro de su prima Isabel para servirla (Lc 1, 39).

Otro rostro inconfundible de la caridad es el perdón. Quien ama es capaz de perdonar y quien perdona se prepara para el amor y se abre a la reconciliación. El Señor Jesús nos enseña a vivir el perdón sin límites, pues debe ser proporcional a la misericordia con que nos trata Dios (Mt 18, 21-22). Incluso en el momento extremo de su pasión el dulce Señor de Nazaret sólo tiene palabras de perdón y ternura para los que lo atormentan: "Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen" (Lc 23, 34). La Cruz, signo del amor de Dios por los hombres, debe recordarnos siempre la dimensión oblativa de la caridad, por la que uno está siempre dispuesto a sufrir por el otro y a perdonar toda ofensa.

La solidaridad es otra expresión de amor hacia el hermano. San Pablo nos exhorta a vivir de una manera digna la vocación a la que hemos sido llamados, "con toda humildad, mansedumbre y paciencia, soportándoos unos a otros por amor" (Ef 4, 2). Se trata de hacer propias las penas y alegrías ajenas, asumiéndolas con un corazón amplio y generoso como el de Jesús y como el de su Madre.

No podemos pasar por alto la corrección fraterna, exigencia que brota de la amorosa guardianía del hermano. Quien ama de verdad jamás se hace cómplice de los errores o faltas de su hermano. Por el contrario, busca devolverlo a la senda correcta que lo lleve a la felicidad. La corrección debe ser firme y clara, pero siempre transparente a la caridad, aquella que es paciente, servicial y desinteresada. Aquella que "todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta" (1Cor 13, 4-7).

AL PIE DE LA CRUZ

En el Gólgota sé explícita la maternidad de María y por ella todos los hombres nos descubrimos hermanos, unidos en una profunda piedad filial. Por lo demás, los rasgos de la solidaridad, solicitud y generosidad en el contexto culminante del dolor-alegría, constituyen un camino modélico a seguir.

María al pie del madero se mantiene en actitud expectante y alerta, a la escucha de lo que su Hijo pueda decirle. Contemplemos a nuestro hermano Jesús crucificado e intentemos escuchar, en el silencio, la elocuencia de su amor por nosotros.

Salta a la vista la dimensión cruciforme de la caridad. El madero vertical proyectado hacia lo alto nos remite al amor entre Dios y la humanidad, que sostiene el madero horizontal, símbolo del amor fraterno entre los hombres. Los dos brazos abiertos al mundo parecieran querer abrazar a la humanidad entera, en un amor generoso e ilimitado, sin miedo a hacerse frágil y vulnerable. La sencilla desnudez de Aquel que no oculta ni se guarda nada para sí, que se hace transparente ante los demás. Finalmente, el madero enhiesto y visible sobre el Calvario, se alza como preludio del triunfo de la resurrección, signo palpable de la dinámica de la alegría-dolor, de la muerte para la vida que encierra la vivencia de la caridad.

CITAS PARA MEDITAR

Guía para la Oración

  • Llamados a vivir el amor fraterno: Sal 133(132), 1.3; Jn 13, 34ss; Jn 17, 21; 1Jn 3, 14-16.
  • El amor a Dios se hace concreto en el amor al hermano: 1Jn 3, 17-18; 1Jn 4, 20.
  • Exigencias del amor fraternal: Jn 13, 12-15; Jn 15, 13-15; Rom 12, 9-13; 2Cor 12, 15; 1Pe 3, 8-9.
  • La caridad es lo esencial: 1Cor 13, 1-13.
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