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«Desde mi primera Encíclica, Redemptor hominis, he mirado
hacia esta fecha (el Gran Jubileo del año 2000) con la única intención de
preparar los corazones de todos a hacerse dóciles a la acción del Espíritu»
[1].
La misión reconciliadora del Señor Jesús la condensó San Pablo
de este modo: «al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo,
nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que se hallaban bajo
la ley, y para que recibiéramos la filiación adoptiva. La prueba de que sois
hijos es que Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que
clama: ¡Abbá, Padre!»
[2]. Este Espíritu, obtenido para nosotros por la obra reconciliadora
del Hijo, nos ha sido dado por el sacramento del Bautismo:
[3] entonces, liberados del pecado y por el nacimiento «del agua y del
Espíritu» [4],
recibimos la filiación adoptiva y desde entonces el Espíritu del Hijo
habita en nosotros
[5].
LLAMADOS A LA SANTIDAD
Todo bautizado está llamado a la santidad. Ésta consiste en
alcanzar la plena conformación con el Señor Jesús, el Hijo de Santa María. En
palabras de San Pablo: se trata de llegar «al estado de hombre perfecto, a la
madurez de la plenitud de Cristo»
[6]. Esta conformación, proceso dinámico y progresivo por el que
quienes hemos sido hechos partícipes de su vida filial llegamos a ser cada vez
más hijos en el Hijo hasta alcanzar la perfección de la caridad, es realizada
-con nuestra libre y activa cooperación- por el Espíritu Santo: Él es quien nos
renueva interiormente
[7], quien transforma nuestros corazones
[8], Él el principio de vida nueva y principio de santificación
para nosotros, Él quien «nos conforma con Cristo Jesús y nos hace partícipes de
su vida filial»
[9]. Por el Espíritu, y no mediante un mero ejercicio de
autoperfeccionamiento, podemos responder a la vocación a ser «santos e
inmaculados en su presencia, en el amor»
[10].
La presencia e inhabitación del Espíritu de Cristo en nosotros
exige de nuestra parte una respuesta que corresponda al don recibido. Para ello
debemos aprender a hacernos dóciles a la acción del Espíritu, de modo
que podamos vivir y obrar según el Espíritu
[11]. ¿Cómo lograr esto?
UNA VIDA ESPIRITUAL INTENSA
De lo dicho anteriormente se desprende claramente que no podemos
vivir la vida nueva, desplegarnos ni dar fruto de santidad si no tomamos en
serio nuestra relación con el Espíritu Santo. Nuestra vida cristiana no puede
admitir una relación con el Espíritu que sea pasiva, fría o despreocupada.
¡Todo lo contrario! Hay que trabajar por que nuestra relación con Él sea
intensa y comprometida
[12]. El fuego del Amor divino debe arder en nuestros corazones como
ardió en el Corazón de la Virgen Madre, y ello no es posible si es que no nos
esforzamos en construir todos los días «un universo interior, inspirado y
sostenido por el Espíritu, alimentado de oración y orientado a la acción»
[13].
Ser hombres y mujeres espirituales no consiste, como ha
advertido el Santo Padre, «en llegar a ser casi "inmateriales", desencarnados
sin asumir un compromiso responsable en la historia. En efecto, la presencia
del Espíritu Santo en nosotros, lejos de llevarnos a una "evasión" alienante,
penetra y moviliza todo nuestro ser: inteligencia, voluntad, afectividad,
corporeidad, para que nuestro "hombre nuevo" impregne el espacio y el tiempo de
la novedad evangélica»
[14]. Una auténtica vida espiritual lleva al recto obrar, a procurar
con nuestras palabras y acciones que la dinámica de la Buena Nueva alcance y
transforme cuanto está en contraste con la Palabra y con el designio de
salvación.
DEJÁNDONOS EDUCAR POR MARÍA
Ya hemos dicho que por el don del Espíritu Santo llegamos a ser hijos
en el Hijo: hijos adoptivos por medio de Jesucristo[15].
Pero, ¿cómo hemos de vivir esta condición filial? El Señor Jesús, señalándonos
a su Madre desde el madero de la cruz, nos reveló el misterio de su maternidad
espiritual: ¡Ella es verdaderamente nuestra Madre!
[16] Como tal, el Hijo le ha encomendado una función dinámica en
nuestro proceso de conformación con Él. Por tanto, de Ella hay que aprender
cómo cooperar con el Espíritu de su Hijo que en nosotros habita. En efecto,
aquella cuya vida entera «transcurre en presencia del Espíritu de Dios»,
aquella que es «la gran cooperadora, por su docilidad a la acción de la gracia»
[17], es excelente Maestra y Educadora.
Santa María es la «que ha sido llamada antena que atrae al
Espíritu de Dios»
[18], quien también hoy nos reúne en torno a sí, en oración,
enseñándonos a preparar nuestros corazones para recibir el fuego del Amor
divino que nos transforma en valientes y audaces apóstoles de su Hijo.
EL ESPÍRITU NOS IMPULSA AL APOSTOLADO
«El Espíritu del Señor sobre mí, porque me ha ungido para
anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a
los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos»
[19]. Con estas palabras el Señor Jesús manifiesta que toda su Persona
y su existencia estaba llena, invadida plenamente, en su ser y obrar, del
Espíritu Santo.
El Espíritu, que habita plenamente en Cristo, habita también
plenamente en su Cuerpo místico, que es la Iglesia. Por tanto, todos los que
por el Bautismo y la Confirmación hemos sido ungidos y consagrados por su mismo
Espíritu, participamos plenamente «en la misión de Jesucristo y en la plenitud
del Espíritu Santo que éste posee»
[20].
Para cumplir con eficacia y valentía con esta misión de anunciar
y llevar a todos el don de la reconciliación, no dejemos de pedir con
insistencia a Santa María que Ella atraiga incesantemente el Espíritu de su
Hijo sobre nosotros, para que nunca nos falte la fuerza y dinamismo apostólico
necesarios para ayudar en el crecimiento de la Iglesia.
CITAS PARA MEDITAR
Guía para la Oración
-
La promesa del Espíritu: Jl 3, 1; Ez 36,25-27.
-
El Don del Resucitado: Jn 20,22; Rom 8,11.
-
El Espíritu Santo habita en nosotros: Rom 8,9.11.
-
Somos templo del Espíritu: 1Cor 3,16; 6,19.
-
El Espíritu realiza la filiación divina: Gál 4, 5 7; Rom 8, 14
16.
-
El Espíritu nos incorpora a la Iglesia: 1Cor 12, 13; realiza
la unidad en la diversidad: 1Cor 12,4-11; sus¬cita la fe: 1Cor 12, 3; derrama
en los corazones la caridad: Rom 5, 5; permite andar en esperanza: Rom 15,13.
-
Los frutos del Espíritu: Gál 5, 16 24.
-
Obrar conforme al Espíritu o la primacía de lo espiritual: Gál
5, 25; 6,8-10; Rom 8,4-8.
-
La fuerza del Espíritu impulsa al anuncio: Hch 1, 8; 2,1-4.
PREGUNTAS PARA EL DIÁLOGO
-
¿Qué es lo que el Sacramento del Bautismo nos devuelve y a qué
somos llamados después de haberlo recibido?
-
¿Cómo se describe al Espíritu Santo, cómo lo describes tú?
-
Hemos dicho que para que la fuerza del Espíritu fructifique en
nosotros debemos cooperar con él, ¿cuán importante crees que sea este punto
para alcanzar la santidad?, ¿cómo lo vives en tu vida?
-
El Santo Padre nos habla sobre lo que significa ser hombres y
mujeres espirituales. Comenta la cita 14 que se encuentra en la segunda página.
-
¿Por qué María es nuestra principal y mejor intercesora de las
gracias del Espíritu?
-
¿Qué tan importante es la vida interior para el apostolado?
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[1] Incarnationis
Mysterium, 2.
[3] Ver
Catecismo de la Iglesia Católica, 1213.
[5] Ver
Rom 8,9.11; 1Cor 3,16; 6,19.
[9] Pastores
dabo vobis, 19.
[12]
Ver Luis Fernando Figari, Trinidad y Creación, FE, Lima 1992, p.35-36.
[13]
S.S. Juan Pablo II, Catequesis del 21/10/98, n.8.
[16]
Ver Luis Fernando Figari, En Compañía de María, VE, Lima, 1995, p. 38.
[20]
Catecismo de la Iglesia Católica, 1294.
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