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«La salvación tiene en Cristo su punto culminante y su
significado supremo. En Él todos hemos recibido "gracia por gracia", alcanzando
la reconciliación con el Padre. ante Él se sitúa la historia humana entera:
nuestro hoy y el futuro del mundo son iluminados por su presencia»[1].
El Jubileo del año 2000 nos invita a dirigir la mirada, una y
otra vez, a un acontecimiento histórico sin igual: el Verbo eterno se hizo
hombre[2].
¡Sí! ¡DIOS, el infinito, el eterno, el creador de todo el universo y del
hombre, SE HA HECHO HOMBRE! Considerar seriamente el significado de esta
afirmación, ¿no debería dejarnos perplejos? Sin duda es un hecho que sobrepasa
absolutamente nuestra capacidad de comprensión. ¡Que lo infinito se haga
limitado! ¡El Verbo eterno, el Hijo del Padre, se ha hecho hombre! Con qué
facilidad acostumbramos decirlo, con qué naturalidad lo escuchamos, pero
¿tomamos realmente conciencia de lo que esto significa, de modo que esa
conciencia influya decisivamente en nuestro ser y quehacer?
Tomar conciencia del peso que tiene el inefable acontecimiento
de la Encarnación del Verbo eterno y su Nacimiento entre nosotros no puede
dejarnos indiferentes. El hecho es demasiado importante como para no
tenerlo en cuenta en nuestras vidas, o como para "pasar de largo" ante él. Al
contrario, exige una "toma de posición", una respuesta, una opción: o creo,
o no creo. O estoy con Él, o estoy contra Él[3].
Incluso la indecisión sobre este punto debe resolverse en una dirección, ya que
cada persona tiene no sólo el derecho sino el deber de buscar la verdad y
seguirla.
FE: OPCIÓN Y ADHESIÓN
La fe, conviene recordarlo brevemente[4],
es un proceso de apertura hacia Dios y de confianza en Él, proceso que lleva a
la adhesión total de mi persona -mente, corazón, acción-[5]
a todo cuanto Él ha revelado y que la Iglesia -instruida por el Señor y
asistida por el Espíritu Santo- propone para ser creído[6].
En esto el Señor Jesús ocupa nuevamente un lugar primordial: «la
verdad íntima acerca de Dios y acerca de la salvación humana se nos manifiesta
por la revelación en Cristo, que es a un tiempo mediador y plenitud de toda la
revelación»[7].
Aceptar al Señor, optar por creer en Él, es abrir la mente a la
verdad que Él revela y el corazón al amor que Él derrama en nuestros corazones,
es aspirar a vivir un proceso que lentamente lleve a la plena y fecunda
adhesión a Él. La adhesión al Señor Jesús permite el flujo vital de la gracia
que, con nuestra cooperación, nos lleva a transformarnos interiormente, a
conformarnos con quien es modelo de auténtica y plena humanidad, y a dar frutos
de santidad en nuestra vida cotidiana. El Señor lo explicó usando una
sencillísima comparación: «Yo soy la vid; vosotros los sarmientos»[8].
¡Todo un programa de vida! Quien por el amor se adhiere y permanece adherido a
Él, como la rama que se nutre de la savia del tronco, se despliega, da fruto
abundante en la vida ordinaria. En cambio, quien se separa de Él, se cierra
sobre sí mismo, y con el tiempo se seca y se marchita. Así de sencillo.
¡SEÑOR, YO CREO!
El Señor Jesús, día a día, dirige también una pregunta crucial a
quienes ha curado de la ceguera que produce el pecado[9],
es decir, a todo bautizado: «¿Crees tú en el Hijo del hombre?». Ante esta
pregunta sólo cabe una respuesta acertada:«¡Creo, Señor!». Éstees
un creo adorativo que lleva al creyente a postrarse ante él[10],
éste es el creo que se une al primer "credo" que, al acoger el don de lo Alto,
profesó Pedro: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo»[11].
La fe profesada por Pedro es, conviene recordarlo, la fe que también hoy
profesa la Iglesia. Es por la fe de Pedro que conocemos, y por ella que
confesamos, quién es Jesucristo, su verdadera identidad.
Esta pregunta que a través de los tiempos también a nosotros nos
hace el Señor HOY, no permite una actitud indiferente, despreocupada: pide una
respuesta comprometida, dada desde nuestro hambre de plenitud, nuestro hambre
de Dios. Pide un postrarse ante Él con todo el ser, reconocerlo como Señor[12].
Este "Creo" exige una adherencia total de la propia persona, tal y como Dios la
solicitó desde el principio al primer pueblo elegido: «Amarás al Señor tu Dios con
todo tu corazón[13],
con toda tu alma y con toda tu fuerza»[14].
Cuando ve realmente, cuando se disipa la ceguera que le impedía
reconocer Quién es Él, el hombre está en capacidad de creer en Él y de
adorarlo como Señor. Su adoración, si es sincera, lo involucra por entero:
cuerpo, alma y espíritu.
COHERENCIA ENTRE FE Y VIDA
El título de este Camino hacia Dios da lugar a hacernos algunas
preguntas: ¿Son la fe y la vida dos realidades que pueden permanecer
frecuentemente desconectadas la una de la otra, de modo que puedo afirmar que
soy cristiano y comportarme habitualmente como quien no cree? ¿Es válido
disociar así fe y vida, establecer un "divorcio" entre ambas? ¿O debo afirmar
más bien que mi vida toda, y por tanto todo lo que pienso, digo y hago en mi
vida cotidiana debe siempre hundir sus raíces en la fe y nutrirse de
ella?
Sí, hay que comprender y afirmar esto: la fe en el Señor Jesús
necesariamente debe ejercer un creciente influjo en mis pensamientos y
reflexiones, en mi modo de aproximarme a la realidad y de relacionarme con las
personas, en mis comportamientos, en mis sentimientos, en mis opciones
cotidianas, en mis obras.
Y si descubro alguna incoherencia en mi vida, entre lo que creo
y lo que hago, pues tengo el auxilio de lo Alto[15]
y la libertad para decir: «¡Basta! Creo en Ti, Señor, y voy a ser coherente en
mi vida diaria, en mi vida cotidiana, en mi quehacer cotidiano. ¡Voy a
esforzarme día a día por crecer en esa coherencia! Y si acaso caigo, me
levantaré. Y si caigo de nuevo me volveré a levantar las veces que sea
necesario, porque creo, Señor, que Tú eres "el Camino, la Verdad y la Vida"»[16].
He allí la clave: crecer en coherencia. Por ello, ésta es la pregunta
clave a la luz de la cual debo examinarme todos los días: ¿me estoy esforzando
realmente por ser más coherente, por hacer que mi fe se haga vida cotidiana?
¿Qué medios voy a poner, para que así sea?
CITAS PARA MEDITAR
Guía para la Oración
-
Para pedir un aumento de la fe: Mc 9,24; Lc 17,5.
-
Sobre la necesidad de creer en el Señor Jesús: Jn 3,16; Jn
3,35-36; Jn 5,23; Jn 6,40; Jn 14,6.
-
Sobre la necesidad de poner por obra lo que el Señor enseña:
Mt 7,21.24-27.
-
Relación entre la fe y las obras de la vida cotidiana: Stgo
2,14-24.
-
María es modelo de una fe que se hace vida cotidiana: Lc
11,27-28. Ella nos alienta a obrar conforme a lo que enseña su Hijo: Jn 2,5.
PREGUNTAS PARA EL DIÁLOGO
-
Comenta brevemente qué representa para ti que Dios mismo se haya hecho hombre.
-
¿Piensas tú que para creer en Dios pueden haber decisiones a
medias?
-
¿El hacer una opción por vivir la fe está relacionado con la
libertad del ser humano? Sí, no, ¿porqué?
-
¿Puede existir verdadera fe sin obras? Qué opinas acerca de
esto.
-
Para vivir la fe primero hay que conocerla, después adherirnos
a ella y testimoniarla con obras. ¿Por qué crees que se sigue este orden?
-
¿Qué implica tener fe en el Señor Jesús?
-
¿Cómo vives tu fe en la vida cotidiana?
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[1] Incarnationis
Mysterium, 1.
[4] El
tema ha sido debidamente tratado en CHD, Tomo I, p. 111-116. A él nos
remitimos.
[6] Ver
Catecismo de la Iglesia Católica, 1814.
[13]
El término hebreo lebab se traduce literalmente por corazón, que
en la mentalidad semita significaba no sólo la sede del sentimiento del
amor -como suele entenderse en nuestra cultura-, sino la totalidad de la persona,
todo el ser.
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