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ES BUENO DAR GRACIAS AL SEÑOR
 

En este tiempo, al cruzar el umbral del tercer milenio con la mirada puesta en el misterio de la Encarnación del Hijo de Dios, «sentimos el deber de hacer propio el canto de alabanza y acción de gracias del Apóstol: "Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo." (Ef 1, 3-5.9-10)»[1].

En nuestra vida cotidiana la gratitud se manifiesta, usualmente en un primer momento, con un espontáneo "¡gracias!". Ella procede de un «estimar el beneficio o favor que se nos ha hecho» y nos lleva a querer «corresponder a él de alguna manera»[2]. Estimar el beneficio recibido quiere decir apreciar en su justa medida el valor que el don o favor posee, objetivamente (en sí mismo) y subjetivamente (para mí). Así por ejemplo, el regalo que alguien me hace puede ser muy valioso porque en sí mismo lo es, o también porque siendo sencillo y poco valioso en sí mismo, es muy valioso para mí por el valor simbólico que contiene.

Ahora bien, todo beneficio, regalo o favor -cuando no es acordado previamente- procede de la benevolencia del donante hacia aquél a quien va dirigido el don. Esta benevolencia o querer el bien para otro, brota a su vez del simple deseo de ayudar, de la caridad, de la amistad, del cariño, o del amor que se le tiene a esa persona. Por ello, cuando aquél que recibe el don experimenta lo que él mismo vale para quien le obsequia con su benevolencia, surge en él el deseo de corresponderle a aquél de quien ha recibido el beneficio. Cuando alguien por benevolencia me regala algo experimento como una "necesidad" de dar algo a cambio. Este "algo" abarca desde un sencillo y cortés "gracias" hasta el don incluso de la propia vida, dependiendo de cómo se estime el beneficio recibido y cómo se estime a la persona de quien procede el bien[3]. Lo cierto es que la persona agradecida prontamente "se vuelve" hacia aquél de quien procede el beneficio recibido para darle gracias y corresponderle de algún modo proporcionado[4].

DAR GRACIAS AL PADRE POR JESUCRISTO

Por ello, cuando en este año Jubilar la Iglesia nos invita a volver nuestra mirada al Señor Jesús, en la memoria del 2000 aniversario de su Encarnación y Nacimiento, no podemos dejar de dar gracias a Dios Padre por nuestro Señor Jesucristo, pues Él es el máximo Don que por pura benevolencia nos ha hecho el Padre. Por Él hemos recibido toda clase de bienes.

En efecto, por el Hijo, Aquél por quien todo fue hecho[5], hemos recibido el don de la vida humana y hemos sido invitados a participar de la vida y comunión de Dios, por toda la eternidad. Por Él soy persona humana. Por el Hijo, Aquél que por nosotros se encarnó, murió en la Cruz y resucitó, soy cristiano, pues al comunicarnos el Don del Espíritu Santo por el Bautismo ha hecho de nosotros nuevas criaturas, partícipes de su misma vida divina. Por este mismo Don he llegado a ser hijo en el Hijo, pudiendo exclamar con confianza «¡Abbá, Padre!», y pudiendo rezar en comunión con todos los que son de Cristo: «¡Padre nuestro!». Por el Hijo, Aquél por quien «nos han sido concedidas las preciosas y sublimes promesas»[6], podemos esperar finalmente la vida eterna. Así pues, al contemplar tantos y tan enormes dones y beneficios que Dios nos ha otorgado en su querido Hijo, ¿cómo no hemos de dar gracias al Padre por Jesucristo, en quien todos hemos recibido «gracia sobre gracia»[7], alcanzando finalmente la reconciliación con Él[8]para ser hechos partícipes de la naturaleza divina?[9]

¿CÓMO PAGARÉ AL SEÑOR TODO EL BIEN QUE ME HA HECHO?

A mayor el beneficio, mayor la gratitud. Por ello, cuando contemplamos y estimamos en su justa medida lo que Dios ha hecho por nosotros (en realidad, todo lo que somos y tenemos se lo debemos a Él), cuando reconocemos el valor infinito -en sí mismo y para nuestra vida- del Don que Él nos ha dado en su Hijo, cuando en este Don comprendemos lo extraordinariamente valiosos que somos cada uno de nosotros para Dios y lo mucho que Él nos ama[10], no cabe sino desear corresponderle de algún modo: «¿cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho?»[11].

La mejor y en realidad única manera en que podemos corresponder adecuadamente a los beneficios recibidos por la benevolencia de Dios es pronunciado un "sí", un "hágase en mí según tu Plan", es decir, respondiendo al Don y cooperando con su gracia para darle a nuestra vida el sentido hermoso y pleno que Él dentro de sus amorosos designios ha querido que tuviese. Sí, como decía San Ireneo, la gloria de Dios es la vida del hombre, ¡pero una vida plena, feliz! Por tanto, la mejor manera de dar gracias al Padre es esforzándonos por ser verdaderamente lo que estamos llamados a ser, desplegando la vida nueva que por el Don de su Espíritu Él nos ha dado en su querido Hijo, participando de Su santidad mediante nuestra progresiva conformación con el Señor Jesús, el Hijo de Santa María. Entonces toda nuestra vida se transformará en una ininterrumpida acción de gracias y cántico de alabanza al Padre, una acción de gracias que se traduce en la incesante esfuerzo por ser fiel a Dios y a los compromisos adquiridos ante Él, así como en el anuncio gozoso de las maravillas que Él ha obrado en la historia de la humanidad y en mi historia personal[12].

LA ACCIÓN DE GRACIAS DE MARÍA

La actitud de María es modélica de cómo la gratitud a Dios brota de un corazón humilde y reverente que sabe valorar y apreciar en su justa medida los beneficios concedidos por Él a su pueblo y a Ella misma. Aquella que con memoria agradecida guardaba y meditaba las cosas de Dios en su corazón[13], supo apreciar y corresponder mejor que nadie al amor eterno con que Dios la había amado[14]amándolo Ella misma con todo su corazón[15], sirviéndolo fielmente con toda su vida según su propia vocación. Su firme propósito de virginidad[16], así como el "sí" dado al mensajero divino y renovado silenciosamente al pie de la Cruz, son una inequívoca expresión de esta vida que se despliega en una continua acción de gracias al Padre, por Jesucristo, en el Espíritu Santo. Con su ejemplo Ella nos anima y alienta a cada uno de sus hijos a hacer lo mismo, a darle gracias a Dios con todo nuestro ser y nuestra vida.

CITAS PARA MEDITAR
Guía para la Oración

  • El cántico de acción de gracias de María por la Encarnación del Hijo: Lc 1, 46-55 (ver Catecismo de la Iglesia Católica, 722).
  • La profetisa Ana da gracias a Dios por el Niño: Lc 2,38.
  • El Señor Jesús da gracias al Padre: porque lo escucha: Jn 11,41; por los alimentos: Mt 15,36; en la Última Cena: Mt 26,27; Mc 14,23; Lc 22,17.19; 1Cor 11,24-25.
  • El leproso curado da gracias al Señor Jesús: Lc 17,16.
  • El soberbio no glorifica ni da gracias a Dios: Rom 1,21.
  • A Dios hay que dar gracias por y en todo: Ef 5,20; 1Tes 5,18.
  • Hay que mostrarnos agradecidos al Señor: por la fe de los hermanos: Rom 1,8; Flp 1,3; 1Tes 2,1; 3,9; 2Tes 1,3; Ef 1,16; por habernos liberado de la esclavitud del pecado: Rom 6,17; 7,25; por la victoria de Jesucristo: 1Cor 15,57; 2Cor 2,14; por los dones, gracias y riquezas otorgadas a los creyentes: 1Cor 1,4-7; 2Cor 9,14-15; por la fortaleza que nos concede para ser fieles: 1Tim 1,12; Fil 4; por la certeza de que resucitaremos con Jesucristo: 2Cor 4,15; porque nos ha hecho aptos para participar de la vida incorruptible y eterna: Col 1,12-14.
  • Por Cristo, con Él y en Él, damos gracias al Padre: Col 3,17.

PREGUNTAS PARA EL DIÁLOGO

  1. ¿Cuáles son los dones y regalos que Dios te ha dado? Enuméralos.
  2. ¿Cuál es la mejor manera de dar gracias a Dios? ¿Qué significa eso concretamente en tu vida?
  3. ¿Cómo es la acción de gracias de María? Haz un «en sí-en mí».
  4. ¿Qué piensas de que todo lo que eres y tienes se lo debes al Señor? ¿Habías tomado conciencia de esto? ¿Lo habías meditado?
  5. ¿Qué haces para valorar en justa medida y responder a lo que Dios te da y te concede?

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[1] Incarnationis Mysterium, 1.

[2] Diccionario de la Real Academia Española.

[3] Ver Lc 7,41-43.

[4] Ver Lc 17,14-18.

[5] Ver Jn 1,3-4; Heb 1,2.

[6] 2Pe 1,4.

[7] Jn 1, 16.

[8] Ver Rom 5, 10; 2Cor 5, 18.

[9] Ver 2Pe 1,4.

[10] Ver Jn 3,16; 1Jn 4, 9-10.

[11] Sal 116,12-14.

[12] Ver Sal 115, 14.

[13] Ver Lc 2,19.51.

[14] Ver Jer 31,3.

[15] Ver Dt 6,4-6.

[16] Ver S.S. Juan Pablo II, Catequesis del 24/7/96.