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«El Concilio Vaticano II resaltó la vocación universal a la
santidad. Recordó a los hijos de la Iglesia que cada uno, en su propio estado y
circunstancias, está llamado a vivir coherentemente la vida cristiana»[1].
Con el inicio del nuevo siglo y milenio queremos renovarnos en
nuestra conciencia de la necesidad que tenemos ante todo de ser santos para
poder responder a los apremiantes desafíos evangelizadores que se abren ante
nosotros. Hoy hacemos eco de la exhortación del Papa Pablo VI «a los seglares:
familias cristianas, jóvenes y adultos, a todos los que tienen un cargo, a los
dirigentes, sin olvidar a los pobres tantas veces ricos de fe y de esperanza, a
todos los seglares conscientes de su papel evangelizador al servicio de la
Iglesia o en el corazón de la sociedad y del mundo. Les decimos a todos: es
necesario que nuestro celo evangelizador brote de una verdadera santidad de
vida y que, como nos lo sugiere el Concilio Vaticano II, la predicación
alimentada con la oración y sobre todo con el amor a la Eucaristía, redunde en
mayor santidad del predicador»[2].
1. SER SANTO.
La santidad es un don y una "vocación", quiere decir, un
"llamado". Dios, que por sobreabundancia de amor crea de la nada todo lo
visible e invisible, crea al ser humano a su imagen y semejanza, lo crea libre
y lo invita mediante la adhesión a sus amorosos designios a alcanzar la
plenitud de la vida en la comunión y participación de Su misma vida y santidad.
Tal vocación a ser santos aparece ya en los albores de la
creación del hombre en clave de "despliegue" y "recto señorío": «Y díjoles
Dios: "Sed fecundos y multiplicaos y henchid la tierra y sometedla"»[3].
En efecto, la primera palabra que escucha la criatura humana por parte de su
Creador es una invitación, un llamado, una vocación a la fecundidad y al recto
señorío sobre sí mismo y sobre todo lo creado. Orientando toda su vida y cada
uno de sus actos según este designio divino el hombre y la mujer habrían de
desplegarse plenamente, y mediante el recto señorío sobre todo lo creado
habrían de llevar a su plenitud la obra de Dios en ellos mismos, dando así
gloria a Dios[4].
La fecundidad a la que alude Dios, una fecundidad en sentido integral, es la
manifestación final del despliegue de la criatura humana, posible gracias a la
adhesión y permanencia en Aquél que es la fuente de vida para ella.
El pecado original comprometerá seriamente tal fecundidad. Así,
luego de la primera caída, aunque fecundos biológicamente, Adán y Eva no lo
serán más en su capacidad original de transmitir la vida de Dios a sus
descendientes: los hijos de Eva nacerán privados de la gracia y de la vida
divina, infecundos para producir frutos de vida eterna.
Ésta es la situación que el Señor Jesús viene a recomponer: el
Verbo de Dios se hace hombre para que el hombre pueda nuevamente participar de
la naturaleza divina, es decir, para que una vez reconciliado pueda desplegarse
plenamente según el Plan de Dios y ser nuevamente fecundo, en el pleno sentido
de la palabra. Por la encarnación del Hijo de Dios en su seno inmaculado, María
se constituye en la verdadera "Madre de los vivientes". Ella, al adherirse
dócilmente a los designios divinos a lo largo de toda su vida, se despliega
plenamente hasta alcanzar una fecundidad sin par: «al concebirle a Él nos
concibió a nosotros»[5].
Una vez entre nosotros, el Señor Jesús, «divino Maestro y Modelo
de toda perfección, predicó la santidad de vida, de la que El es autor y
consumador, a todos y cada uno de sus discípulos, de cualquier condición que
fuesen»[6].
Además envió a todos el Espíritu Santo, que «es la fuente y el dador de toda
santidad»[7],
incorporándonos por el Bautismo a la Iglesia, en donde hechos hijos de Dios y
partícipes de la divina naturaleza «conseguimos la santidad por la gracia de
Dios»[8].
Esto nos permite entender que la santidad es un don que Dios ofrece
gratuitamente al hombre y que nadie podría jamás alcanzar por sí mismo.
Al afirmar además que la santidad es una vocación,
decimos que presupuesto el don, es al mismo tiempo una tarea que el hombre debe
realizar, tarea que Dios mismo le encomienda dándole la fuerza y la gracia
necesaria para realizarla. En efecto, los bautizados «deben, por consiguiente,
conservar y perfeccionar en su vida, con la ayuda de Dios, esa santidad que
recibieron»[9].
La santidad es en este sentido «el resultado de la acogida a la gracia que Dios
derrama en los corazones. Se nutre en la Iglesia, por los sacramentos y la
oración. Se forja en la vida cotidiana siguiendo al Señor Jesús»[10].
La santidad, finalmente, consiste en
recuperar la semejanza perdida por el pecado mediante la plena configuración
con el Señor Jesús: «para alcanzar esa perfección, los fieles, según la diversa
medida de los dones recibidos de Cristo, deberán esforzarse para que, siguiendo
sus huellas y haciéndose conformes a su imagen, obedeciendo en todo a la
voluntad del Padre, se entreguen con toda generosidad a la gloria de Dios y al
servicio del prójimo»[11].
Ser santo implica, por tanto, morir al hombre viejo, adherirse a la Verdad y a
la Belleza, revestirse de Cristo, crecer a la estatura de Cristo, transformarse
en otro Cristo, brillar con la vida de Cristo, expresar la Verdad de Cristo.
Conviene recordar finalmente que la
santidad, que en apertura a la gracia se va realizando en el diario
cumplimiento de los designios divinos, es el único camino que conduce a la
criatura humana a su propia plenitud y felicidad. Lo contrario, el rechazo de
Dios y de sus designios, implica la negación de lo que el hombre mismo es, la
negación de su origen, del sentido hermoso de su existencia y de su destino.
Ello conduce inevitablemente a su propia destrucción.
2. SER SANTO ES DESPLEGARSE.
La santidad -como hemos dicho- es un don y una vocación.
Hemos dicho también que al don de Dios corresponde una tarea por parte de cada
uno de nosotros, tarea que mira a la plena conformación con el Señor Jesús, el
"hiperhagionormo", modelo de plena humanidad. En ese sentido también podemos
decir que la santidad es un desplegarse.
Pero, ¿qué debemos entender por "despliegue"? Desplegar es
-según el diccionario- desdoblar, extender lo que está plegado; figurativamente
significa un ejercitar, poner en práctica una actividad o manifestar una
cualidad.
Así, por ejemplo, el "despliegue" de una semilla consistirá en
desarrollar plenamente lo que es en germen: un árbol. El despliegue implica
algo que ya es y permanece siendo, pero que espera aún un pleno
desarrollo. El despliegue implica un punto de partida -la semilla-; un proceso
-el germinar, crecer, robustecerse-; y un término -el árbol maduro y
fecundo en frutos-.
En cuanto a nosotros mismos, nuestro despliegue consistirá en
llevar a su pleno desarrollo y madurez aquello que en germen somos por gracia y
don gratuito de Dios. De allí la importancia que tiene para el ser
humano el responder a la pregunta fundamental sobre la propia identidad: "¿quién
soy?". Y es que sólo puede desplegarse la persona que tiene clara
conciencia de su origen, de la dirección a la que apuntan los dinamismos
fundamentales que descubre impresos en su mismidad, y de su vocación última,
esto es, la divina[12].
A esta pregunta fundamental los bautizados, iluminados por la Revelación divina
y gracias a las bendiciones recibidas de Dios por Jesucristo[13],
podemos responder con certeza: soy persona humana y soy cristiano[14],
y en cuanto tal, un ser creado por Dios a su imagen y semejanza e invitado al
encuentro con Dios y con mis semejantes, invitado a la plena participación de
la naturaleza divina.
Por tanto, desplegarme es avanzar hacia el horizonte de
plena humanidad en la conformación con Cristo, es decir, hacia la santidad, que
es también mi plena realización humana. Dios mejor que nadie sabe en qué
dirección debo orientar mi despliegue, sabe lo que necesito dar para realizarme
y ser feliz. Es por ello que entendemos que su Plan para cada uno de nosotros
no es algo que podría obedecer a un supuesto "capricho divino" que en realidad
iría en contra de mi felicidad. ¡Todo lo contrario! Su Plan me permite
descubrir cuál es el camino que debo seguir para efectivamente responder a
aquello para lo que estoy hecho, responder a mis anhelos y reclamos de
felicidad y plenitud humana. Conociendo su Plan para mí comprendo qué dones y
talentos debo desarrollar, y en qué orden y jerarquía, para que cooperando con
su gracia pueda desplegarme auténticamente, ser plenamente humano, realizar
aquello que soy. ¡Su Plan no se opone a la felicidad del hombre! ¡«La gloria de
Dios es el hombre que vive plenamente»![15]
¡La vida plena y plenamente feliz es lo que Dios quiere para su criatura
humana, y a eso lo invita con su designio amoroso!
"Desplegarse" es vivir a plenitud la vida nueva, la vida de
Cristo en nosotros, cada cual según su propia vocación particular, hasta llegar
«al estado de hombre perfecto, a la madurez de la plenitud de Cristo»[16],
hasta que también cada cual pueda repetir las palabras del apóstol: «vivo yo,
más no yo, es Cristo quien vive en mí»[17],
y también: «amo yo, mas no yo, es Cristo quien ama en mí». Y es que todo
bautizado ha sido «hecho semejante a la imagen del Hijo», y «recibe las
primicias del Espíritu, que le capacitan para cumplir la nueva ley del amor»[18].
Desplegarse es por lo mismo amar con el amor que ha sido derramado en
nuestros corazones con el don del Espíritu Santo[19],
aspirando cada día a vivir la perfección de la caridad, recorriendo el sendero
de la amorización por la piedad filial que nos lleva a amar con los mismos
amores que encontramos en el Señor Jesús: amor al Padre en el Espíritu Santo,
amor filial a Santa María, su Madre, amor de caridad para con todos los
hermanos humanos. «Se trata de vivir según el amor que viene de Dios. Él, que
es Santo y Perfecto, nos da los medios para serlo, y nos va conduciendo, con
nuestra cooperación, a la perfección de la caridad que nos dona»[20].
Este despliegue del ser por la caridad implica, ciertamente, el
recto uso de los talentos, dones y capacidades que Dios ha puesto en cada uno
para que, desarrollándolos conforme a sus designios divinos, alcance su
plenitud. Pero no debemos caer en confundir el "despliegue" con un mero
desarrollo de talentos y capacidades. Un ladrón puede desarrollar excelentes
capacidades para robar, pero no por ello se hace más humano; todo lo contrario:
se deshumaniza, se aliena, apartándose del ideal de humanidad plena que en
Cristo se nos ha revelado, apartándose de su verdadera realización humana. Así,
pues, puede darse el caso de que el desarrollo de algunas habilidades se
constituya en un "repliegue" o incluso en una negación del auténtico despliegue
de mi ser. Una jerarquización inadecuada y trastocada, que obedezca a una
elección caprichosa y ciega de los talentos que debo desarrollar, constituiría
un serio obstáculo para el despliegue verdadero de mi ser, significaría el
truncamiento de mi auténtico despliegue y la consiguiente frustración
existencial. Por ello debe existir una recta elección y jerarquización,
establecida a la luz del Plan de Dios para mí, que oriente el desarrollo de los
propios talentos y capacidades según la propia identidad y vocación particular.
No podemos olvidar nunca que de una o de otra manera el
despliegue pasa necesariamente por la cruz: «si el grano de trigo no cae en
tierra y muere, queda solo; pero si cae en tierra y muere, da mucho fruto»[21].
El dinamismo cruciforme, o dinamismo bautismal, no puede estar
ausente cuando entendemos nuestro despliegue: morir a todo lo que es muerte es
el camino que debe recorrer todo aquél que quiera vivir a la Vida plena que el
Señor ofrece al hombre.
Por último, el término final de nuestro despliegue se dará en la
vida transfigurada que el Señor nos ha prometido luego de nuestro tránsito a la
casa del Padre, en la medida en que seamos hallados conformes con Cristo:
«Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos.
Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos
tal cual es»[22].
Entonces nuestro despliegue se hará pleno en la comunión y participación con
Dios, Comunión de Amor.
3. ...DANDO CON ELLO GLORIA A DIOS.
¿Qué quiere decir aquello de "dar gloria a Dios con el
despliegue de nuestro ser"? En la Sagrada Escritura son innumerables los casos
en los que el creyente se experimenta impulsado a darle gloria a Dios por
sus maravillas y beneficios: unos pastores luego de ver al Niño «se volvieron
glorificando y alabando a Dios por todo lo que habían oído y visto»[23];
un paralítico curado por el Señor se va a su casa camilla en mano «glorificando
a Dios»[24];
un hombre limpiado de su lepra por el Señor «se volvió glorificando a Dios en
alta voz», se vuelve para «dar gloria a Dios»[25];
otro hombre al recobrar la vista por obra del Señor Jesús «le seguía
glorificando a Dios»[26].
De estos y muchos otros pasajes podemos deducir que da gloria a
Dios quien con humildad y sencillez reconoce las maravillas que Él ha
obrado y a voces y con todo su serproclama su grandeza ante los
hombres[27].
Da gloria a Dios, también, quien le agradece y manifiesta su amor al mismo
Dios.
Conviene destacar que es capaz de dar gloria a Dios únicamente
el humilde, quien reconoce a Dios como fuente de toda bendición, mientras que
el soberbio, que no reconoce la gloria de Dios ni su acción[28],
busca la gloria en sí mismo, en la manifestación mezquina de sus talentos,
cualidades, fuerzas, etc.
María es ejemplar en el sentido del humilde que da gloria a
Dios: su Magníficat[29]
es el Cántico mediante el cual la humilde Sierva y Madre del Señor da gloria a
Dios públicamente, sobrecogida por la magnitud y hondura de la acción
maravillosa que el Todopoderoso ha realizado en Ella y por Ella en favor de
todo su pueblo. A la vez su Magníficat es una hermosísima y profunda
expresión verbal, un reflejo de toda su vida: desde su inmaculada
concepción hasta su asunción, su vida fue un continuo e ininterrumpido acto de
gloria a Dios, una liturgia continua. La vida toda de María es, en sí misma, un Magníficat.
Siguiendo el paradigmático ejemplo de la Madre cada uno de
nosotros está llamado a dar gloria a Dios no sólo de palabra, sino con la vida
misma, con todo el ser y con un actuar plenamente coherente con ese ser. En
esta línea irá la viva recomendación del apóstol Pablo, quien escribe a los
corintios: «ya comáis, ya bebáis o hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo para
gloria de Dios»[30].
Nuestra vida entera, en todos sus momentos y actos, debe aspirar a convertirse
en un ininterrumpido acto de gloria a Dios, en liturgia continua, para
que muchos, viendo nuestras buenas obras, se vean alentados a glorificar
también ellos a nuestro Padre que está en los cielos[31].
Cuando el hombre desde su libertad, en cooperación con la gracia
que recibe de Dios y con la intencionalidad de darle gloria con todos sus actos,
realiza fielmente los designios divinos, da gloria a Dios con todo su ser. En
efecto, Dios es verdaderamente glorificado por su creatura humana en la medida
en que ésta acrecienta en sí misma el reflejo de la gloria divina, mediante su
progresiva transformación y conformación con Cristo[32].
De allí se deriva una consecuencia fundamental para la vida de
cada uno de nosotros: si Dios quiere que su gloria brille en el hombre y sea de
este modo Él glorificado, amaré a Dios verdaderamente si amo en primer lugar su
creación en mí, es decir, si aprendo a amarme rectamente a mí mismo primero. Es
opuesto este amor al amor propio, al amor egoísta que se cierra sobre sí mismo
y excluye a Dios y al prójimo del ámbito de su amor. Hablamos de un recto amor,
aquél que es querido por Dios y que me impulsa a querer realizar en perfección
su obra en mí, es decir, a mi propia santificación. Amar al prójimo como a mí
mismo implica necesariamente que me ame a mí mismo, porque también a mí
se refiere aquella observación divina: "y vio que era bueno". Tal amor me lleva
a querer para mí sobre toda otra cosa el bien, que se alcanza mediante la
realización de los designios divinos en mí: realizar en mí el proyecto divino
que mira a mi plenitud humana, en la participación de su naturaleza divina. En
este sentido conviene tener en cuenta lo que afirmaba el Santo Padre: «al
anunciar este programa [de dar gloria a Dios], la Iglesia está muy lejos
de proponer cualquier forma de alienación del hombre. Lo había comprendido bien
aquel gran Padre de la Iglesia que fue san Ireneo, quien afirmaba: "la gloria
de Dios es el hombre que vive plenamente"»[33].
Alienación, no. Vida plena, plena realización del hombre por medio del
despliegue de lo que es y está llamado a ser, según el proyecto divino, sí.
CONCLUSIÓN
En esta ocasión y de cara a los desafíos apostólicos que se nos presentan en
este nuevo siglo, hemos querido aproximarnos a la comprensión de lo que
significa aquello de ser santo es desplegarse dando con ello gloria a Dios:
«con nuestra cooperación [con el don y la gracia de Dios], permitimos que
nuestro ser se despliegue, desde la permanencia en el Señor, llevándonos a la
realización personal según el llamado concreto de cada cual, y dando con ello
gloria a Dios»[34].
Comprendemos que de este modo, como dijo el Santo Padre a los jóvenes
parafraseando una expresión de Santa Catalina de Siena, «si sois lo que tenéis
que ser, ¡prenderéis fuego al mundo entero!»[35].
CITAS PARA MEDITAR
Guía para la Oración
-
Ser santos, una vocación: Lev 11,44; 19,2; 20,7; Mt 5,48; 1Pe
1,15-16; Ef 1,4.
-
Cómo responder a la vocación a ser santos: Col 3, 12.
-
Llamados a dar gloria a Dios por sus beneficios, alabándole
con nuestros labios y con todo el ser: Sal 21[22],25; 34 [35],18; 39 [40],2-11.
Lc 2,20; 5,25; 17,15-18; 18,43.
-
María, paradigma de como se da gloria a Dios con una vida que
se despliega en obediencia a los designios divinos: Lc 1,38.46ss.
-
Quien permanece en el Señor se despliega y da fruto abundante:
Sal 1,1-3; Jer 17,7-8.
-
Quien permanece en Cristo y da fruto abundante, da con ello
gloria al Padre: Jn 15,8.
-
Nuestro recto obrar, fruto del despliegue, llevará a muchos a
dar gloria al Padre: Mt 5,16.
-
Llamados a hacer de todos nuestros actos una liturgia
continua, dando con ello gloria al Padre: 1Cor 10,31.
PREGUNTAS PARA EL DIÁLOGO
-
Explica con tus propias palabras, ¿qué significa
"desplegarse"? ¿Con qué otro ejemplo podrías explicar este concepto?
-
¿Por qué es importante saber quién eres?
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Trabajo de Interiorización
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[1] Luis
Fernando Figari, Santos, hoy, en Páginas de Fe, Fondo Editorial
FE, Lima, 2000, p. 71.
[2] Evangelii
nuntiandi, 76.
[4] Ver Gaudium
et spes, 12. 34.
[5] Luis
Fernando Figari, En Compañía de María, VE, Lima, 1995, p. 38.
[7] Catecismo
Romano 1, 10, 1; Catecismo de la Iglesia Católica, 749; ver
también 1987.
[8] Lumen
gentium, 48. Ver Catecismo de la Iglesia Católica, 824.
[10] Luis
Fernando Figari, Ante el siglo XXI. Renovado llamado a la santidad,
en Semanario Fe y Familia, Año 2, N° 79, Arequipa, 3 de setiembre de
2000.
[12] Gaudium
et spes, 22.
[15] Homilía
del Santo Padre Juan Pablo II en la celebración de Vísperas del primer Domingo
de Adviento, 30/11/1996, n.4.
[18] Gaudium
et spes, 22.
[20] Luis
Fernando Figari, Ante el siglo XXI. Renovado llamado a la santidad, en Semanario
Fe y Familia, Año 2, N° 79, Arequipa, 3 de setiembre de 2000.
[27] Ver Sal
21[22],25; 34 [35],18; 39 [40],2-11.
[33] Homilía
en la celebración de Vísperas del primer Domingo de Adviento,
30/11/1996, n. 4.
[34] Luis
Fernando Figari, Ante el siglo XXI. Renovado llamado a la santidad, en Semanario
Fe y Familia, Año 2, N° 79, Arequipa, 3 de setiembre de 2000.
[35] Homilía
del Papa en la Misafinal de la Jornada Mundial de la Juventud,
Roma, 20/8/2000, n.7.
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