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El ser humano busca a Dios. Cuando vive con lucidez
comprende en el fondo de sí mismo que esta búsqueda es la ley interior de su
existencia. Sin embargo, enceguecido a consecuencia del pecado y confundido por
las múltiples fascinaciones que el mundo le presenta, muchas veces no sabe
dónde buscar.
¿Hacia dónde orientar la propia existencia? ¿A quién seguir?
¿Qué enseñanza, qué ejemplo, para encontrar el camino correcto y responder a
ese anhelo profundo de plenitud, de felicidad? Muchos modelos se
publicitan en este mundo, "ídolos" con promesas que pretenden responder a
nuestras aspiraciones, desde las más externas hasta las más profundas y lo son
de diverso tipo: actores de cine, cantantes de moda, ciertos políticos, gurús y
maestros de nuevas religiones, etc. A veces el modelo que se nos ofrece es
simplemente el de la masa amorfa: "haz lo que todos hacen". Pero, ¿conducen
todos ellos a responder plenamente a nuestros anhelos más íntimos de
permanencia y despliegue? La respuesta sabemos que es negativa. Hay
en todo ser humano una como necesidad de encontrar un Maestro y Modelo que
responda completa y verdaderamente a su sed de infinito y felicidad.
BÚSQUEDA Y ENCUENTRO
En tal situación de búsqueda se encontraban Andrés y Juan, dos
jóvenes inquietos que esperaban al Mesías prometido por Dios a Israel. En su
proceso de búsqueda tomaron por maestro y modelo a Juan Bautista, hombre
radical, austero, hondamente religioso. Él, a su vez, les señala al Señor
Jesús, en quien reconoce al Mesías y los orienta hacia Él.
Al principio lo siguen a cierta distancia, acaso con una mezcla
de fascinación y temor. ¿Cuántos no hemos experimentado lo mismo? Cuando el
Señor es presentado «con toda la fuerza seductora que su persona ofrece»[1],
fascina y atrae, aunque el temor a comprometerse con Él lleva a veces a
seguirlo "a cierta distancia". El Señor no tarda en volverse y preguntar: «¿Qué
buscáis?»[2].
Él, que conoce lo que hay en el corazón del hombre[3], sabe que también nosotros lo seguimos porque estamos en
búsqueda incesante. Él, con esta pregunta, sale al encuentro del hombre que lo
busca sinceramente. «¿Maestro, dónde vives?», es la respuesta de los jóvenes
que entran en confianza con Él, respuesta que es manifestación de un
deseo profundo: ser acogido por Él en "su casa". «Venid y veréis» es la
invitación del Señor que conduce a la experiencia de un encuentro profundo que
sacia todas las expectativas del hambriento corazón humano[4] y
que sella definitivamente el proceso de búsqueda: «¡Hemos encontrado al
Mesías!»[5].
EL SEGUIMIENTO
El auténtico encuentro con el Señor Jesús en la intimidad de "su
casa", lleva a estos jóvenes a ingresar a la senda de un discipulado exigente,
motivado por este deseo que se enciende inevitablemente en el corazón de quien
se encuentra con el Señor y le abre él mismo la puerta de su casa:[6]
"yo quiero permanecer en Él; y quiero que Él permanezca en mí"[7].
El encuentro suscita al mismo tiempo un firme deseo y propósito: "yo quiero ser
como Él". En efecto, cuando me encuentro con Él en la intimidad de su amor
surge fuerte el deseo de seguirlo, de participar de su amistad, de imitar su
estilo de vida, de ser como Él: se constituye en el Modelo para mi vida.
Descubrir en el Señor Jesús el Modelo de plena humanidad, y
descubrir que Él en realidad es el único capaz de ofrecer la respuesta
apropiada a nuestras ansias de infinito, despierta en el corazón de quien lo
conoce un ardor incontenible. Siguiéndolo a Él tiene la certeza de que puede
orientar su hambre de comunión en la dirección correcta, para que ese anhelo se
vea plenamente colmado en toda su hondura y capacidad[8].
Quien se ha encontrado verdaderamente con el Señor Jesús pone en
Él «el sentido último de la propia vida, hasta poder decir con el Apóstol:
"Para mí la vida es Cristo"»[9].
PROCESO DECONFIGURACIÓN CON CRISTO
Quien aspira a "ser como Él", desde los dones y particularidades
individuales que Dios le ha dado, ingresa -gracias a que participa de la vida
misma de Cristo por su Bautismo- en un proceso dinámico de configuración con
Él, proceso que llamamos de "amorización", pues por el camino de la piedad
filial mariana y en respuesta activa al don del amor derramado en su corazón
por el Espíritu Santo el discípulo ama cada vez más con los mismos amores del
Señor Jesús: amor al Padre en el Espíritu Santo, amor filial a Santa María y
amor a la persona humana invitada a participar de la comunión divina de amor.
Por este proceso dinámico de formación el discípulo y amigo del Señor aspira a
"ser perfecto como Él", aspira a alcanzar su misma estatura y madurez[10] hasta
alcanzar en la vida cotidiana la perfección de la caridad.
CONSECUENCIAS APOSTÓLICAS
«Si habéis encontrado a Cristo, ¡vivid a Cristo, vivid con
Cristo! Y anunciadlo en primera persona, como auténticos testigos: "para mí la
vida es Cristo"»[11].
Quien se ha encontrado verdaderamente con el Señor Jesús vive a
Cristo y vive con Cristo. Día a día -cooperando con la gracia
del Señor- se esforzará en escucharlo, nutrirse de sus enseñanzas, internalizar
sus criterios, tener su misma mente[12] . Día a día -cooperando con la gracia- procurará conformar
sus sentimientos a los del Señor Jesús y modelar su conducta de acuerdo a sus
enseñanzas y ejemplos. Una vida que así se va llenando de Cristo, lo irradia a
todos aquellos a quienes se encuentran con él del mismo modo que una lámpara
difunde su luz[13],
dejando una estela luminosa a su paso.
Quien con el Apóstol puede decir: «para mí la vida es Cristo»,
se ve inevitablemente impulsado a evangelizar[14] a
todos cuantos pueda[15],
mediante un anuncio valiente y audaz del Evangelio. Y su anuncio será
convincente porque brota del testimonio de quien se ha encontrado con Él, de
quien lo lleva en sí[16].
¡Sea ese, pues, el horizonte hermoso al que continuamente aspiremos en nuestra
vida y apostolado!
CITAS PARA MEDITAR
Guía para la Oración
-
El Señor sale al encuentro de quien lo busca: Jn 1,37-38; de
quien tiene sed de infinito: Jn 4,6-15.
-
Cristo es maestro y modelo de plena humanidad, aquél a quien
el hombre busca: Jn 1,41.45; Flp 1,21.
-
Hemos muerto con Cristo para vivir con Él: Col 3,3-4; ello
implica llevar una vida nueva: Col 5ss.; despojarse del hombre viejo y
revestirse de Cristo: Rom 13,12-14; Ef 4,22-24; aspirar a vivir la plenitud de
la caridad: Jn 15,12.
-
El Señor Jesús nos invita a permanecer en Él para dar fruto:
Jn 15,4-5; la permanencia se da por el amor: Jn 15,9-10; quien permanece en Él
se despliega hasta alcanzar la plena madurez en Cristo: Ef 4,13; Cristo habita
en quien permanece en Él: Gal 2,20.
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[1] S.S.
Juan Pablo II, Homilía en la Catedral de Santo Domingo, 26/1/79, 2.
[11]
S.S. Juan Pablo II, Homilía en la Catedral de Santo Domingo, 26/1/79, 2.
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