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LA PERSONA HUMANA: SER PARA EL ENCUENTRO
El ser humano ha sido creado a imagen y semejanza de Dios Amor.
En este sentido, el concepto de persona resulta fundamental pues significa que
en cuanto tal, se trata de un "ser abierto a la comunicación, capaz de escucha
y respuesta, de diálogo y comunión"[1],
de una creatura que vive abierta al encuentro y que incluso, podemos decir, que
vive "inmersa en el dinamismo del encuentro"[2].
El pecado original, que oscurece la
imagen y extravía la semejanza, no anula los dinamismos de permanencia y
despliegue del ser humano. Es por ello que en su corazón anida un profundo
hambre de reconciliación en sus cuatro niveles de relación.
El recto encuentro con Dios, con uno mismo, con los demás y con
lo creado es la base fundamental para el descubrimiento progresivo de la propia
identidad y su consecuente despliegue. Al experimentar el encuentro con un
amigo, al escuchar una hermosa sinfonía o simplemente al escribir un
poema, se descubre como, de una u otra forma, la propia humanidad se despliega.
Con mayor razón será así cuando ese encuentro se realiza con Dios mismo, fuente
de la vida, Aquél que colma de sentido la existencia humana y lleva a su
plenitud las otras relaciones: con uno mismo, con los demás y con lo creado. No
en vano afirmará el Concilio Vaticano II que "la más alta razón de la
dignidad humana consiste en la vocación del hombre a la comunión con Dios. Ya
desde su nacimiento, el hombre está invitado al diálogo con Dios: puesto
que no existe sino porque, creado por el amor de Dios, siempre es conservado
por el mismo amor, ni vive plenamente según la verdad si no reconoce libremente
aquel amor, confiándose totalmente a El."[3].
COMO EL AIRE QUE RESPIRAMOS
De este modo vemos que el diálogo con Dios, no es algo accesorio
u opcional, sino que por el contrario se enraíza en la naturaleza misma del ser
humano, en su anhelo de encuentro pleno. Creado a imagen y semejanza de Dios,
experimenta una hambre profunda de Él que ningún sucedáneo puede acallar. Por
esto se puede afirmar que "la oración responde a la intranquilidad que hay en
el corazón del hombre. No es algo ajeno a la realidad del ser humano que
peregrina por el mundo, todo lo contrario, le es esencial. Es como la
respiración y el alimento: una necesidad"[4]
La analogía es muy iluminadora pues efectivamente se trata de
una necesidad tan vital como permanente del ser humano. Por ello resulta
natural que el Señor mismo sea quien nos invite a "orar siempre sin
desfallecer"[5] o como nos dice el Apóstol a "orar constantemente"[6]. Una madre que atiende a su hijo o un padre de familia que se
afana en el trabajo cotidiano no deja de respirar para realizar sus tareas; por
el contrario, a mayor esfuerzo más necesidad tendrá de hacerlo. Salvo en
situaciones de excepción nadie toma aire durante un momento para luego ponerse
a trabajar sin volver a respirar por un largo tiempo. Pero, ¿es posible hablar
de una oración permanente aún en medio de las tareas cotidianas más disímiles?
¿Es posible hacer de la vida una liturgia continua?
DINÁMICA ORACIONAL Y MOMENTOS FUERTES
Se ha definido la oración como el diálogo con Dios. Y de hecho
San Agustín afirma: "Tu oración es tu conversación con Dios. Cuando lees, Dios
te habla a ti; cuando tú oras, hablas con Dios"
[7] . Frente a las preguntas planteadas anteriormente, la noción de
diálogo resulta iluminadora pues significa que la oración es, ante todo, respuesta
a la iniciativa de Dios quien nos invita al encuentro con Él. Es la respuesta
al hambre de infinito sembrada por Dios en nuestro interior.
Es decir, si la oración es respuesta al amor de Dios en el marco
de un diálogo con Él, se entiende que cada acto de la propia vida puede
convertirse en plegaria en la medida en que sea respuesta obediente y
amorosa a Dios que nos invita a cumplir su Plan. Por ello, la persona que
se cierra a Dios como interlocutor, desvirtúa su propia existencia,
convirtiéndola en un monólogo vacío y estéril, en un discurso sin destinatario,
en un activismo infecundo y a la postre frustrante. La actividad que no se hace
ella misma oración puede dar algunos frutos, e incluso ciertas satisfacciones,
pero jamás podrá dar gloria a Dios.
Obviamente esta dimensión orante, no excluye para nada los
"momentos fuertes" de oración que son indispensables. En ese sentido, el
Catecismo de la Iglesia Católica nos dirá que, "no se puede orar «en todo
tiempo» si no se ora, con particular dedicación, en algunos momentos: son los tiempos
fuertes de la oración cristiana, en intensidad y en duración"[8].
De hecho, la "dinámica oracional" permite "descubrir la
mediación de las realidades cotidianas, (...) desentrañar su referencia al
horizonte de mayor significación, desde la hondura de la mismidad humana,
asumiendo la vida en su dinámica de encuentro plenificador según el Divino
Plan."[9]
Para mayores luces miremos la vida del mismo Señor Jesús y
descubriremos que todos sus actos se encuentran entrelazados por un mismo
elemento común: realizar la obra encomendada por el Padre[10].
Juan Pablo II afirma que "podemos decir perfectamente que Jesús de Nazaret
«oraba todo el tiempo sin desfallecer» (ver Lc 18,1). La oración era la
vida de su alma, y toda su vida era oración"[11].
Dirá además que "Jesús mismo nos ha dado perfecto ejemplo de cómo se pueden
unir la comunión con el Padre y una vida intensamente activa. Sin la tensión
continua hacia esta unidad, se corre el riesgo de un colapso interior, de
desorientación y de desánimo. La íntima unión entre contemplación y acción
permitirá, hoy como ayer, acometer las misiones más difíciles"
[12].
Por otro lado volvamos la mirada a la dulce Sierva del Señor, en
el diálogo crucial de la Anunciación-Encarnación, en que Dios la invita a ser
Madre del Reconciliador. Su respuesta se hará explícita en el "Fiat" radical.
Sin embargo el diálogo no concluye ahí pues María, responde también con el
servicio amable a su pariente Isabel. Como vemos, en Santa María plegaria y
acción se armonizan como dos rostros de una misma "dinámica oracional"[13] que
alza el vuelo cual ofrenda agradable a Dios. Y sin lugar a dudas esa
característica se desarrolla a lo largo de toda su vida.
UNA OPCIÓN VITAL
Comprender la relación íntima entre la oración, la vida
cotidiana y el apostolado es fundamental para poder vivir una espiritualidad de
lo cotidiano. Quizá el camino simbólico de la literatura ayude un poco a
comprender el nudo que unifica las realidades que venimos meditando.
Saint-Exupèry, el famoso autor del "El Principito", expresa de manera poética
la relación y dependencia entre la acción y la plegaria, diciendo: "Has sufrido
todos los días la ciudad que te ha quebrado con su ajetreo. Has sufrido
todos los días esa fiebre nacida de la urgencia del pan que ganar, y de las
enfermedades que curar, y de los problemas que resolver, yendo allí y allá,
riendo allí y llorando allá. Luego viene la hora concedida al silencio y a la
beatitud. (...) Y te era necesario llegar aquí para que naciera un rostro
de las cosas, y que se establezcan una estructura que le dé un sentido a través
de los espectáculos dispares del día. Pero ¿qué vendrás a hacer a mi
templo si no has vivido en la ciudad y luchado y trepado y sufrido, si no traes
la provisión de piedras con las cuales edificar en ti?"[14]. Y en otro pasaje dirá con aguda intuición: "pues
sólo conozco un acto fértil, que es la oración; pero conozco también que todo
acto es oración si es don de sí para llegar a ser"[15].
Como hemos podido ver, el lema "Oración para la vida y el
apostolado, vida y apostolado hechos oración" constituye todo un programa de
vida. Aspirar a vivir una "oración para la vida y el apostolado" supone
fecundar cada instante de la propia vida y cada acción apostólica con esa
"dinámica oracional" de respuesta al Plan de Dios y con los momentos fuertes de
oración, en el contexto de un diálogo amical con Él; buscando que la
oración se despliegue en una vida santa y en un apostolado fecundo.
A su vez, el horizonte de una "vida y apostolado hechos oración"
invita a vivir en presencia de Dios, haciendo que cada acto sea una respuesta
libre y amorosa a su Plan. En ese sentido podríamos hablar de una "acción
orante" que permite "hacer de cada día un acto litúrgico, descubriendo la
sacramentalidad de las cosas, de las personas y consagrando todas las acciones
a Aquel de cuya presencia buscamos estar conscientes"[16].
Por ello Orígenes puede decir que "ora sin cesar el que a las obras debidas une
la oración y a la oración une las obras convenientes; pues la recomendación
"orad sin cesar" la podemos considerar como un precepto realizable únicamente
si pudiéramos decir que la vida toda de un varón es una gran oración
continuada"[17].
CITAS PARA MEDITAR
Guía para la Oración
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El Señor Jesús en los momentos importantes de su
misión recurre a momentos fuertes de oración: Mt 14, 23; 27, 46; Mc 1, 35; 6,
46; 14, 35 39; Lc 3, 21; 5, 16; 6, 12; 9, 28; 11, 1; 23, 46; Jn 11, 41 42; 17.
-
El Señor Jesús nos enseña a orar: Mt 6,5ss.
-
El Señor Jesús destaca la importancia de rezar
siempre con perseverancia: Lc 18, 1ss; para ser fuertes ante la tentación: Mt
26,41; para ser fuertes en el momento de la prueba: Lc 21,36. También San Pablo
nos enseña a orar sin cesar: 1Tes 5,17; Ef 6,18; y a perseverar en la oración:
Col 4,2.
-
La vida y el apostolado hechos oración: Rom 12,1;
Col 3,17; Da gloria al Padre sin cesar quien permaneciendo en el amor del Hijo
se despliega y da fruto abundante: Jn 15,8-10.
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Trabajo de Interiorización
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[1] Luis
Fernando Figari, Dignidad y Derechos Humanos, FE, Lima 1991, pp. 13.
[2] Allí
mismo, pp. 13-14 .
[3] Gaudium
et spes, 19,1.
[4] Luis
Fernando Figari. Necesidad de la oración. En: Huellas de un peregrinar,
2da ed., FE, Lima 1991, p. 36.
[7] San
Agustín, Enarrat . In ps. 85,7 (PL 37,1085).
[9] Luis
Fernando Figari, Una Espiritualidad para nuestro tiempo, VE, Lima 1988,
p.4 1-42 .
[11]
S.S. Juan Pablo II, La oración del Hijo al Padre, 22/7/87, 1.
[12]
Ver Vita consecrata, 74b
[13]
Luis Fernando Figari, Una Espiritualidad para nuestro tiempo, VE, Lima
1988, p.42.
[14]Antoine
de Saint-Exupéry, Ciudadela, Goncourt, Buenos Aires 1978, p. 271.
[15]Antoine
de Saint-Exupéry, Ciudadela, Alba, Barcelona 1997, pp. 168-169.
[16]Luis
Fernando Figari, Luces de Emaús para la vida cristiana, Fe, Lima 2000,
p. 51.
[17]Orígenes,
Tratado sobre la oración, Nebli, Madrid 1994, pp.86-87
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