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«¿Por qué nuestro testimonio resulta a veces vano?... porque no siempre
llegamos a mostrar una convicción hecha vida acerca del valor
estupendo de nuestra entrega a la gran causa eclesial que servimos»[1].
Lamentablemente es común encontrar hoy en nuestras sociedades de
hondas raíces cristianas e identidad católica muchos bautizados que al vivir
desarraigados de sí mismos y olvidados de su grandiosa identidad y vocación[2],
se dejan llevar por el divorcio entre la fe y la vida. ¿Cuantas veces hemos
escuchado decir aquella expresión: soy creyente, pero no practicante?
Son muchos quienes afirman que creen en Cristo e incluso acuden a Él en sus
necesidades o en fiestas especiales, pero que en lo cotidiano
prescinden de Él y no se sienten en la obligación de vivir de acuerdo a la
Verdad revelada por Él y confiada por Él a su Iglesia para su custodia y
transmisión. En lo cotidiano, tienden a vivirsegún los criterios del
mundo, como quienes no creen[3].
El grave fenómeno de «la ruptura entre la fe que profesan y la vida
ordinaria de muchos, debe considerarse como uno de los más graves errores de
nuestro tiempo»[4].
LA FE, FUNDAMENTO DE LA VIDA CRISTIANA
La fe, aquella que hemos recibido de los apóstoles por medio de
la Iglesia, es el fundamento de nuestra vida cristiana. La fe es un don,
una gracia recibida de Dios, quien la suscita en nosotros y nos invita a
responder a ella con el asentimiento no sólo de nuestra mente, sino de todo
nuestro ser. La fe es adherirnos mentalmente a la Verdad que Cristo nos revela
y que la Iglesia, su depositaria, nos transmite, pero es también adhesión vital
por el amor: la fe compromete a la persona entera. Es así que no basta
profesarla con los labios, sino que exige -para ser auténtica- ser vivida
con intensidad y con perseverancia, todos los días de nuestra vida. Depositada
en nosotros a modo de semilla el día de nuestro santo bautismo, crece y se
perfecciona en la medida en que por las obras cooperamos con la acción del
Espíritu Santo en nosotros. A eso le llamamos justamente vida cristiana:
al desarrollo y maduración de la fe en Jesucristo, que nutre la esperanza y se
hace plena en la caridad.
Así, pues, nuestro principal y cotidiano empeño por cooperar con
la gracia recibida consiste en buscar que el don de la fe que hoy
poseemos, fe tan preciosa como la de los apóstoles, crezca y se
fortalezca cada vez más por el continuo ejercicio de las virtudes cristianas,
para que nutridos de la esperanza en las promesas del Señor Jesús alcancemos
finalmente la perfección de la caridad[5].
HACIA LA UNIDAD ENTRE FE Y VIDA
Vincular fuertemente la fe y la vida es una tarea que
cada uno de nosotros ha de realizar en la vida cotidiana, por la
caridad. En efecto, como dice el Apóstol San Pablo, «la fe actúa por la
caridad»[6].
Aquél mandamiento que el Señor nos ha dejado, «amaos los unos a los otros como
yo os he amado»[7],
ha de actualizarse «no tan sólo en los grandes acontecimientos, sino, y sobre
todo, en las circunstancias ordinarias de la vida»[8]:
en las tareas y actividades comunes de cada jornada, en el trabajo, en la vida
de familia, en los momentos de encuentro y comunión con los demás, cuando se me
pide amar entregadamente, perdonar a quien me ha ofendido, cuando se me pide un
pequeño favor, apoyar en algo, dar, escuchar y ayudar a quien me necesita,
cuando se espera que eduque a los hijos con la palabra y el testimonio, etc.
Todo, absolutamentetodo, «en la medida en que es vivido en presencia de
Dios, ofreciendo constantemente al Señor el esfuerzo cotidiano por cumplir su
Plan, constituye una instancia privilegiada de santificación en medio del mundo»[9].
De lo que se trata, pues, es de «superar actitudes que oponen
cotidianeidad a dominicalidad, vida diaria a culto»[10].
¡Cuántos reducen su cristianismo a ir a Misa los Domingos, o rezar un
Padrenuestro antes de acostarse, y luego viven la vida diaria olvidados de
Dios! Ante esta dolorosa ruptura que afecta a tantos, urge que nosotros primero
nos esforcemos en hacer «que nuestra vida cristiana se haga cada vez más vida
cotidiana». ¡De lo que se trata es de vivir con coherencia el Evangelio en lo
cotidiano! ¡De lo que se trata es de vivir la vida de Cristo -cada cual
según su propia vocación particular- asumiendo plenamente nuestra condición e
identidad de bautizados! De ese modo, todo lo que hagamos[11]
formará parte de un único e ininterrumpido culto de alabanza al Padre, de una
"liturgia continua": la misma vida cotidiana se convertirá en oración para dar
gloria a Dios.
En este camino hemos de avanzar segura pero progresivamente,
cada vez más. El "cada vez más" nos hace tomar conciencia de que la coherencia
se construye poco a poco, es fruto de un proceso que requiere de mucha
paciencia, humildad y sobre todo apertura a la gracia. En el camino de nuestra
vida cristiana habrán marchas y contramarchas, victorias y caídas, pero éstas
últimas no deben desalentarnos jamás. Lo importante es siempre avanzar, cada
día un poco más, con paciencia y perseverancia, esforzándonos según el máximo de
nuestras posibilidades y capacidades, para responder de ese modo al Plan de
Dios, en todas las circunstancias concretas de nuestra vida.
UNA NUEVA EVANGELIZACIÓN
El fenómeno del divorcio fe-vida existente en nuestras
sociedades de antigua raigambre cristiana exige, como lo ha pedido el Santo
Padre, una «nueva evangelización, nueva en su ardor, en sus métodos, en su
expresión». Hoy como ayer, es necesario «evangelizar -no de una manera
decorativa, como un barniz superficial, sino de manera vital, en profundidad y
hasta sus mismas raíces- la cultura y las culturas del hombre»[12].
Ante esta urgente necesidad hemos de recordar una vez más que
nadie puede evangelizar si él mismo no ha sido evangelizado primero, y
si no es permanentemente evangelizado. El fenómeno del divorcio entre fe
y vida también ha dejado su huella en cada uno de nosotros. Por tanto, el
programa de la nueva evangelización empieza por la renovación de la propia vida
de fe.
Así, pues, en vistas a esta urgente misión y en activa
cooperación con la gracia que el Señor derrama en nuestros corazones, que cada
cual ponga los medios apropiados y necesarios para renovar continuamente su fe,
nutriendo así sin cesar una vida cristiana que en el continuo ejercicio
de la caridad se hará cada vez más vida cotidiana. De ese modo nuestro
testimonio será verdaderamente convincente.
CITAS PARA MEDITAR
Guía para la Oración
-
No basta con decir "Señor, Señor" para participar de la Vida y
de las promesas del Señor Jesús, es necesario vivir como Él enseña: Mt 7,21.
-
El que hace lo que el Señor dice es un hombre sensato: Mt 7,
24-25; y bienaventurado: Lc 11,27-28. El que cree en Dios y no obra en
coherencia con su fe es un mentiroso: 1Jn 2,4; 4,20, un hombre vano e
insensato: Stgo 2,20; Mt 7, 26-27. La fe sin obras está muerta: Stgo 2,17.
También los demonios creen, y no por eso se salvan: Stgo 2,19. La fe se muestra
por las obras: Stgo 2,18; actúa por la caridad: Gal 5,6.
-
María nos invita a hacer lo que Él nos dice: Jn 2,5.
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[1] S.S.
Juan Pablo II, Homilía en la Catedral de Santo Domingo, 26/1/79, 2.
[9] Movimiento
de Vida Cristiana, ¿Qué Es?, Fondo Editorial, Lima, 1998, p.52-53.
[10]
Luis Fernando Figari, Una espiritualidad para Nuestro Tiempo, Vida y
Espiritualidad, Lima, 1995, p.41.
[12]
S.S. Pablo VI, Evangelii Nuntiandi, 20.
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