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De lo que se trata en nuestra vida diaria es de esforzarse por
ser cristiano con obras y de verdad, se trata de «comprender y actuar desde el
Evangelio nuestro cristianismo, en los diversos momentos y ambientes de la vida
profesional, social, cultural»[1].
El don de la fe, cuando es conocido por la mente y acogido en el
corazón, lleva a todo bautizado a hacer propios progresivamente en su vida los
mismos pensamientos, sentimientos y actitudes del Hijo de Santa María.
Cooperando con la gracia recibida de Dios, y desde un corazón cada vez más
convertido al Señor Jesús, el creyente se vuelca a la fecunda acción
evangelizadora y servicial para con los hermanos humanos. Esto, en la vida
cotidiana, se da en situaciones y en ámbitos muy concretos, siendo el primero y
primordial la propia familia. He allí donde hemos de procurar en primer lugar
-ya sea en mi condición de esposo o esposa, de padre o madre, de hijo o hija,
de hermano o hermana- que la vida cristiana se haga cada vez más vida cotidiana.
LA FAMILIA: CENÁCULO DE AMOR
¿Qué entendemos por cenáculo de amor? El diccionario
define "cenáculo" como una «reunión poco numerosa de personas que profesan las
mismas ideas». Al hablar de cenáculo de amor queremos definir una
realidad análoga, pero ciertamente mucho más amplia y rica: hablamos del
proyecto cristiano de familia entendida como una comunidad de personas fundada
en el matrimonio cristiano, que profesa una misma fe, se nutre de una misma
esperanza, y se esfuerza cotidianamente en actuar entre sus miembros el mismo
amor de Cristo[2].
Como enseña Luis Fernando, la familia se torna un cenáculo de amor cuando
«el dinamismo santificador del sacramento del matrimonio llega al esposo y a la
esposa en su experiencia de donación y entrega en el amor y el servicio,
experimentando la fuerza del amor divino que los mueve a acercarse más y más al
Señor, así como entre sí, madurando como personas, poseyéndose cada vez más,
siendo cada vez más libres y creciendo en el amor a Dios y entre sí, abundando
en amor hacia sus hijos»[3].
LOS "CINCO PUNTOS"
Los primeros responsables de la construcción de este cenáculo de
amor son los esposos. Ello invita a hacer suyo un programa de vida matrimonial
que ha de tener en cuenta cinco puntos claves. El primer punto
es la propia santidad de cada cónyuge: cada uno está llamado a la
santidad, y debe cooperar con la gracia recibida por Dios para realizar esta
vocación universal[4].
Lo primero y fundamental es sin duda acoger personalmente a Cristo en la mente
y en el corazón, y hacer de Él el fundamento sólido de la propia vida[5].
En este empeño no pueden olvidar los esposos «la necesidad de un esfuerzo
permanente de conversión, de acogida a la gracia»[6].
El segundo punto es el trabajo de integración de los
esposos: «acogiendo la fuerza divina y cooperando con ella, la vida conyugal
favorecerá la transformación de los cónyuges en la medida en que se donan el
uno al otro, dando muerte al egoísmo, y construyendo una comunión cada vez más
fuerte e intensa en el Señor»[7].
El tercer punto es el paso del amor educativo a los hijos, la
construcción de esa familia[8].
A los padres se les pide «que hagan germinar el Evangelio en el corazón de sus
hijos»[9].
La familia debe ser «ayuda eficaz para transmitir y educar en valores
auténticamente humanos y cristianos»[10].
El cuarto punto es la realidad del trabajo, por el que se obtiene
el sustento material indispensable, y que ha de estar puesto al servicio de la
vida familiar. Finalmente, como un quinto punto, está el
apostolado, el dar testimonio como creyentes y como esposos, como familia
cristiana[11].
Pero si bien la responsabilidad primera recae sobre los padres,
también los hijos -en la medida en que van creciendo y madurando- deberán
asumir su propia responsabilidad: aprendiendo a amar a sus padres y a sus
hermanos con el mismo amor de Cristo, están llamados a aportar decisivamente en
la tarea común de construir diariamente un cenáculo de amor.
LA FAMILIA, ÁMBITO DE DESPLIEGUE[12]
Dentro de los amorosos designios divinos la familia está llamada
a constituirse en un ámbito de despliegue para toda persona humana que
participa intensamente de su dinamismo de amor y comunión.
[13].
La familia se constituye en primer lugar en ámbito de despliegue
para los esposos. El hombre y la mujer que al ver brotar y hacer madurar el
amor entre sí se han unido en una indisoluble comunión de vida por el
sacramento del matrimonio, están llamados a realizarse como personas viviendo
entre sí el nuevo mandamiento del Señor: «que os améis los unos a los otros
como yo os he amado»[14].
El matrimonio es un camino de santidad, y es viviendo entre sí el amor
de Cristo como los esposos -sostenidos y fortalecidos por la gracia
sacramental- van recorriendo día a día el camino de su propia santificación.
Este amor se hace concreto en la mutua
donación y acogida, en el servicio, en el sacrificio del
un por el otro, y en tantas otras actitudes concretas del amor que el apóstol
enumera en su carta a los corintios[15].
La familia cristiana es asimismo el ámbito en el que, luego de
recibir la vida natural de sus padres y la vida de Cristo por el Bautismo, los
hijos podrán recorrer paulatinamente el camino de su propio despliegue. Por el
testimonio de fe, de esperanza y de amor de sus padres, el germen de la vida de
Cristo sembrado en ellos crecerá y madurará cada vez más. Por la educación
recibida en el ámbito familiar y por su esfuerzo personal los niños harán
florecer poco a poco sus propios dones y talentos. Y al llegar el momento de
preguntarse sobre el sentido de su vida y sobre su propia misión en el mundo,
los hijos encontrarán apoyo, aliento y orientación en sus padres. Para los
padres cristianos queda claro que la vocación de los hijos -sea para la vida
matrimonial como para la vida consagrada-[16]
es un asunto sagrado entre Dios y cada uno de ellos, y por tanto merecerán su
máxima reverencia y respeto. Saben que es Él quien conoce lo más profundo del
corazón de cada hombre, Él quien revelará a cada uno de sus hijos el camino que
conduce a su propia realización. Y el «deseo vivo y desinteresado de toda
persona que ama verdaderamente -y esto debe decirse particularmente de los
padres con respecto a sus hijos- es que el otro sea, que se realice su bien,
que se cumpla el destino que ha trazado para él Dios providente»[17].
CITAS PARA MEDITAR
Guía para la Oración
-
El mandamiento del amor: Jn 13, 34; 15,12.
-
Sobre cómo el amor se hace concreto en la vida cotidiana,
familiar: 1Cor 13,4-7.
-
Sobre la relación entre esposo-esposa: Ef 5,21-22.25. 33; Col
3,18-19.
-
Sobre la relación entre padres e hijos: Ef 6,1-4; Col 3,
20-21.
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[1] S.S.
Juan Pablo II, Homilía del 22/4/1979, n.4.
[3] Luis
Fernando Figari, El Matrimonio, Un Camino de Santidad, Vida y
Espiritualidad, Lima, 1994, p. 19.
[4] Ver
allí mismo, pp.4-11.
[6] Germán
Doig Klinge, La Familia, Santuario de la Vida, Vida y Espiritualidad,
Lima, 1997, p. 30.
[7] Luis
Fernando Figari, ob. cit., p. 29.
[8] Ver
allí mismo, pp. 32-39.
[9] Santo
Domingo, Mensaje, 40.
[11]
Ver Luis Fernando Figari, ob. cit., pp. 45-47.
[12] Es
oportuno recordar que pordespliegue entendemos el progresivo desarrollo
-hasta alcanzar la plena madurez y realización- de lo que cada uno de nosotros
está llamado a ser como persona humana, dentro de los amorosos
designios divinos. Ver CHD #83, 2.
[13] Según los dones dados
por Dios a cada uno y en la línea de los dinamismos inscritos por Dios en
nuestra naturaleza humana
[17]
S.S. Juan Pablo II, Catequesis del 16/11/1983, n. 2.
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