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EL DESPLIEGUE EN LA VIDA COTIDIANA
 

«Con San Pablo os digo: "Trabajad por vuestra perfección"... ¡Pensad en gran de! ¡Tened la valentía de ser atrevidos! Con la ayuda de Dios, "trabajad por vuestra perfección"[1]. Dios tiene un pro yecto de santidad para cada uno de vo sotros»[2].

El ser humano se realiza cuando llega a ser plenamente persona humana, cuando orienta su despliegue en la línea del Plan de Dios, cuando responde al proyecto de santidad que Dios le propone. Y es que el Plan de Dios responde a la propia estructura interior, a "aquello para lo que estoy hecho", a la dirección a la que apuntan mis dinamismos fundamentales. El Plan de Dios mira a mi despliegue, porque Dios quiere mi plena realización y felicidad[3]. En verdad, el proyecto de santidad que Dios tiene para cada uno de nosotros es un don del Padre, y acogerlo y seguirlo en amorosa obediencia es fuente de bendición, de vida y de gozo auténtico[4]. Por ello, para poder desplegarnos en la vida cotidiana, la primera y fundamental pregunta que hay que hacernos siempre será ésta: ¿Cuál es el Plan de Dios para mí? ¿Qué debo hacer, según el designio divino, en el aquí y ahora de mis circunstancias particulares?

LAS MANIFESTACIONES DEL PLAN DE DIOS

Pero, ¿cómo se manifiesta el Plan de Dios en mi vida? Diversos son los modos de los que Dios se vale para señalarnos el camino que debemos recorrer para desplegarnos. Se manifiesta en la voz de la propia conciencia, que tantas veces me advierte del mal e invita a seguir el camino del bien[5]; en la voz de las Escrituras y sobre todo en la persona y enseñanzas del Señor Jesús, culmen de la revelación[6]: es Él quien finalmente me dice lo que he de hacer[7]; en la voz de la Iglesia, depositaria y custodia de las enseñanzas a ella confiada por el Señor Jesús para su transmisión a todos los hombres; en la voz de la propia mismidad, que me habla de "aquello para lo que estoy hecho"; en la voz de personas prudentes, que están más avanzadas que nosotros en el camino de la vida cristiana; etc.

Con estas y otras luces, manteniendo siempre una actitud de búsqueda, de silencio interior, de oración continua, de escucha reverente y de dócil apertura a los signos del Señor, es posible descubrir lo que el Plan que Dios me propone, el sendero, que recorrido con máxima fidelidad, me llevará a desplegarme día a día en la vida cotidiana.

DESPLEGARSE EN LO COTIDIANO

Sabemos bien de qué está hecha la vida cotidiana: levantarse por la mañana, asearse, desayunar, trabajar, estudiar, relacionarse con diversas personas, etc. En fin, cada cual puede hacer una lista más o menos larga de las diversas actividades que van llenando sus propias jornadas. Uno verá que priman las actividades ordinarias, sencillas, aquellas que se repiten una y otra vez. También están las actividades más exigentes, aquellas que requieren de un mayor esfuerzo y concentración, de mucha donación y sacrificio.

Lo cierto es que es allí, en la vida cotidiana, ya sea en las actividades sencillas y repetitivas o en las más delicadas y extraordinarias, donde estamos llamados a desplegarnos. ¿Cómo? Hemos dicho que el Plan de Dios me señala el camino que he de recorrer para desplegarme en lo cotidiano. Pero para desplegarnos no bastará con "cumplir" de cualquier manera: con indiferencia, sin entusiasmo, o a medias. Por ello es necesario preguntarnos también: ¿cómo he de hacer lo que Dios me señala dentro de sus amorosos designios? La respuesta es esta: esforzándome al máximo de mis capacidades y posibilidades. De este modo responderemos adecuadamente a la iniciativa de Dios, cooperando eficazmente con la gracia que Él derrama en nuestros corazones, gracia sin la cual nada podemos hacer.

HACER LO ORDINARIO DE MODO EXTRAORDINARIO

Para desplegarnos en la vida cotidiana, dando con ello gloria a Dios, hemos de hacer de la mejor manera posible lo que Dios dentro de sus amorosos designios nos señala como nuestra propia tarea y misión, dentro de la gran tarea y misión de la Iglesia toda.

Por ello, ofreciendo y consagrando continuamente tu quehacer a Dios, implorando la fuerza de lo Alto y abriéndote al don de la gracia, pon toda tu mente, tu corazón y tus talentos al servicio de aquello que en ese momento estuvieres haciendo, para hacerlo según el máximo de tus capacidades y posibilidades. De ese modo se da la plena fidelidad a la gracia en la obra presente, y como consecuencia, por obra de la misma gracia que encuentra en nosotros eco y acogida, se va realizando en nosotros el despliegue y crecimiento del hombre nuevo, la progresiva configuración con el Hijo de Santa María, «hasta que lleguemos. al estado de hombre perfecto, a la madurez de la plenitud de Cristo»[8].

Este "al máximo" quiere decir en lo concreto: si trabajas, llega a tus horas, cumple debidamente con tus responsabilidades, no cedas tu tiempo a la ociosidad, con lo que se te encarga sé solícito y diligente, etc. Si eres un estudiante, aprovecha tus horas de estudio, procura no distraerte, concéntrate lo más que puedas en la lectura, procura obtener las mejores calificaciones que te sea posible, etc. Si eres un padre o madre de familia, sirve a tu cónyuge y a tus hijos con la máxima dedicación y reverencia posibles, sé en tu hogar ejemplo de donación y sacrificio. Cuando haces apostolado prepárate con cuidado; reza, estudia antes, sé reverente y atento, procurando estar abierto a las mociones del Espíritu Santo y a la realidad profunda de aquella persona a la que te diriges. Y así en todo, procura siempre hacer lo ordinario de modo extraordinario.

LITURGIA CONTINUA

El despliegue en lo cotidiano según el Plan de Dios lleva a dar gloria a Dios sin cesar. Por ello, todo lo que hagas según el máximo de tus capacidades y posibilidades, podrás ofrecerlo también como un perfecto acto de alabanza al Padre, por el Hijo, en el Espíritu Santo. Si de este modo realizas tus tareas cotidianas -desde las más humildes y sencillas hasta las más difíciles y delicadas-, harás realidad en tu vida aquello a lo que el Apóstol San Pablo nos alentaba vivamente: «Por tanto, ya comáis, ya bebáis o hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo para gloria de Dios»[9]. Haz, pues, de todos tus actos y de toda tu vida un continuo gesto litúrgico que en ininterrumpida alabanza a la Santísima Trinidad, busque glorificar a Dios en el óptimo cumplimiento de la obra presente, aquella que Dios en su amoroso y providente Plante ha encomendado realizar.

Por último, para orientar nuestra vida hacia su pleno despliegue como una liturgia continua, hemos de vivir siempre el ejercicio de la presencia de Dios, así como la renuncia a los frutos y el examen continuo de las intenciones para que todo en nosotros se subordine a los fines superiores[10]. Y si estamos llamados a participar de nuestra Familia Espiritual, buscar también conocer, acoger, interiorizar y esforzarnos por vivir fielmente nuestra espiritualidad.

CITAS PARA MEDITAR
Guía para la Oración

  • Hacer de todos nuestros actos una liturgia continua, dando gloria a Dios: 1Cor 10,31; Rom 12,1.
  • Permanecer en el Señor para dar en nuestro despliegue abundante fruto: Sal 1,1-3; Jer 17,7-8; Jn 15,4.
  • Con el fruto de nuestro despliegue damos gloria a Dios: Jn 15,8; Jn 17,4.
  • Nuestro recto obrar, fruto del despliegue, hará que muchos también glorifiquen a Dios: Sab 3,15; Mt 5,16; 1 Cor 15,58; Col 3,17.
  • María, es paradigma de despliegue y de gloria a Dios: Lc 1,38; Lc 1,46-55.

PREGUNTAS PARA EL DIÁLOGO

  1. ¿Buscas en tu despliegue cotidiano descubrir lo que Dios quiere de ti? ¿Cómo?
  2. ¿En qué acciones concretas de tu día puedes descubrir el Plan de Dios para ti? Anótalas.
  3. ¿Qué medios te propones cumplir para vivir mejor la presencia de Dios, la renuncia a los frutos y el examen continuo de intensiones y puedas así hacer de tu vida una Liturgia continua? Anota 3 medios concretos.
  4. ¿Te preparas adecuadamente para tu apostolado? Escribe 3 medios que te lleven a vivirlo y realizarlo mejor.

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[1] 2Cor 13, 11.

[2] S.S. Juan Pablo II, Homilía en la Solemnidad de la Santísima Trini dad, 30/5/99, n. 4.

[3] Ver Jn 15,11.

[4] Ver Dt 8,1; 5,32-6,3.

[5] Ver Gaudium et spes, 16.

[6] Ver Heb 1,1-2.

[7] Ver Jn 2,5.

[8] Ef 4,13.

[9] 1Cor 10,31.

[10] Ver Luis Fernando Figari, Una Espiritualidad Para Nuestro Tiempo, VE, Lima, 1988, p. 42.