|
«¡Ay de mí si no evangelizare! Para esto me ha enviado el
mismo Cristo. Yo soy apóstol y testigo. Cuanto más lejana está la meta, cuanto
más difícil es el mandato, con tanta mayor vehemencia el amor nos apremia[1].
Debo predicar Su Nombre: Jesucristo es el Mesías, el Hijo de Dios vivo (...)
Yo nunca me cansaría de hablar de Él»[2].
En esas vibrantes y comprometidas palabras del Papa Pablo VI que
citan a San Pablo «a tiempo y a destiempo» es otro modo de decir: en todo
momento, a cada instante. En otras palabras, de lo que se trata es de hacer
apostolado no sólo en algunos momentos, no sólo cuando "me toca", no
sólo en circunstancias favorables, sino en todo momento, siempre, sin
descanso. Y es que nuestra vocación al apostolado va mucho más allá de
dirigir un grupo, dar una charla específica, conversar con alguien, alentar a
vivir una vida cristiana coherente, etc. ¡Nuestra vocación apostólica nos lleva
a hacernos apostolado a nosotros mismos con un esfuerzo eficaz por ser cada vez
más santos, a nuestros hermanos más cercanos en nuestras familias o grupos de
formación y vida cristiana, y en general a aquellos a los que anunciamos de
diversos modos la Buena Nueva! La exhortación a hacer apostolado a tiempo y
destiempo nos alienta también a hacer que nuestra vida misma se torne
ella misma un continuo e ininterrumpido apostolado.
1. NUESTRA VIDA HECHA APOSTOLADO
Pero, ¿quiere decir esto de hacer apostolado a tiempo y destiempo
que en ningún momento debemos dejar de hablar de Jesucristo? ¿Es esto
posible? Ciertamente no lo es en la propia voz. Que hay que anunciarlo con
nuestras palabras es indudable y urgente. Pero un apóstol maduro, porque lleva
al Cristo dentro de sí[3],
evangeliza y anuncia al Señor aunque no emita palabra alguna. Soy verdaderamente
apóstol -esa es la vocación de todo bautizado- cuando con mis palabras,
pero también con mis gestos y actitudes, con todo mi ser, irradio al Señor
Jesús sin interrupción alguna.
Ante este reto de hacer que toda nuestra vida sea apostolado
es Santa María quien muestra el horizonte hacia el cual debemos dirigirnos
quienes anhelamos responder a nuestra identidad y vocación apostólica:
«portadora de la Palabra , viviendo intensamente un misterioso y único proceso
configurativo, su persona toda, gestos y palabras, son irradiación de la
presencia singular acogida en su seno»[4].
Siguiendo su paradigmático ejemplo todos los bautizados -cada uno según su
propia vocación particular y puesto específico dentro del Cuerpo místico de
Cristo, que es la Iglesia - hemos de aspirar a ser hombres y mujeres que,
"portadores" del Señor Jesús en nuestra intimidad, irradiemos su Presencia y su
Evangelio incluso con sólo un saludo, con una mirada, con una sonrisa,
etc. Y para ello a lo largo del día habrán incontables ocasiones para
hacer apostolado: en la casa, en el trabajo, en el centro de estudios, en la
calle o donde sea.
2. SOBREABUNDANCIA DE AMOR
El verdadero apostolado, el que se realiza a tiempo y a destiempo,
exige que el propio corazón arda en el amor al Señor Jesús. Ese amor genera un
dinamismo -que llamamos "ardor apostólico"- que mueve al creyente a querer
compartir el fuego que lo abrasa interiormente. Sí, el amor de Cristo apremia[5],
es decir, mueve e impulsa con fuerza incontenible a anunciar al Señor y su
Evangelio a todos los hombres. Por ello afirmamos que el verdadero apostolado
procede de una sobreabundancia de amor: «de lo que rebosa el corazón
habla la boca»[6].
En este sentido es muy importante tener siempre presente que
«nadie da lo que no tiene», y que «el primer campo de apostolado soy yo mismo».
Para hacer visible y audible a Cristo ante los hombres y mujeres de nuestro
tiempo, es imprescindible llevarlo en el interior, de modo que sin que
se desvirtúe la experiencia humana ni nuestra acción de caridad, sea Él quien
viva y ame en cada uno de nosotros[7].
Esa es y será siempre nuestra primera y principal tarea, tarea que también
hemos de realizar a tiempo y destiempo: recibir permanentemente la
Palabra Viva y Luminosa, acogerla, dejar que su eco vivificante resuene en
nuestro interior y prestar nuestra activa cooperación para que nos veamos
"cristificados". Sólo así podremos anunciarla de verdad, haciendo que Su luz se
transparente e irradie en nuestra vida diaria y que Su eco se haga audible a
cuantos nos escuchen. Nuestro despliegue apostólico se dará en la medida en que
cada día empecemos por nosotros mismos, para avanzar así hacia los demás,
compartiendo con respeto y con ardiente caridad el tesoro que poseemos: a
Jesucristo, el Hijo de Dios vivo[8].
Nuevamente María se alza como paradigma de una amorosa y fecunda
relación de comunión con el Señor que lleva al apóstol a arder en el deseo de
transmitirlo a los demás con todo su ser, con todas sus palabras y acciones:
«Madre del fuego del Divino Amor, arde con Él dando luz y calor. Ella encierra
a quien es la Buena Nueva , y por los efectos de su unión (.) vive intensamente
la dinámica irradiativa de la Palabra , la sobreabundancia plenificadora que se
torna ansia comunicativa»[9].
3. APOSTOLADO Y DESPLIEGUE
El apostolado a tiempo y destiempo -que no puede ser
confundido nunca con un mero "activismo"- será siempre un claro indicador de la
autenticidad de nuestro despliegue, que puede ser sostenido únicamente por una
vida espiritual intensa: quien permanece en el Señor y en su amor se despliega
él mismo, dando así fruto abundante de santidad y apostolado. Pero si por el
contrario veo que en mis jornadas no le doy la suficiente importancia al
apostolado, o que nos son constantes mis esfuerzos por hacer que toda mi vida
sea un continuo apostolado, signo es de que la experiencia del Señor se ha
visto debilitada en mí; y de ser esto así, en vez de desplegarme -por más de
que desarrolle muchos talentos y dones personales- me replegaré cada vez más en
mí mismo, secándome interiormente. Si alguno no permanece en el Señor, se
marchita y queda infecundo[10].
Los miembros del MVC encontramos que nuestro gozo y plenitud está
en anunciar a Jesucristo[11].
¿No es esa nuestra experiencia? ¿No hay gozo y alegría en nosotros cuando
hacemos apostolado? ¿No percibimos que somos cada vez más plenos cuando
damos fruto abundante en estas tareas? El transmitir al Señor desde dentro, el
compartir la alegría de habernos encontrado con Cristo, produce en nosotros un
gran gozo. Es la alegría que encontramos también cuando vemos a las
personas madurar y crecer en la fe, cuando vemos los proyectos apostólicos
crecer porque percibimos en ellos la fecundidad del Espíritu.
Nuestro propio despliegue y realización están íntimamente vinculados al fiel
cumplimiento de nuestra misión apostólica. Por ello, si quieres saber si te
estás desplegando realmente, pregúntate a ti mismo: ¿Procuro anunciar al Señor
a tiempo y destiempo, con la palabra y con todo mi ser? ¿Es mi apostolado fruto
de una sobreabundancia de amor? Por los frutos conoceremos si realmente
nos estamos desplegando[12].
CITAS PARA MEDITAR
Guía para la Oración
-
Somos enviados por el Hijo a continuar su misión
reconciliadora: Jn 20,21; Mt 28,19; el apostolado es una exigencia para todos:
1Cor 9,16.
-
Hemos de hacer apostolado a tiempo y destiempo: 2Tim 4,2.
-
El apostolado es sobreabundancia de amor: Lc 6,45.
-
Nuestro gozo y plenitud está en anunciar a Jesucristo: Lc
10,17; Flp 4,1.
-
Nos desplegamos y damos fruto de santidad y apostolado si
permanecemos en el Señor y Él en nosotros: Jn 15,5; separados de Él nada
podemos: Jn 15,6.
-
Por los frutos apostólicos damos gloria a Dios: Jn 15,8.
PREGUNTAS PARA EL DIÁLOGO
-
"¡Hay de mí si no evangelizare!" ¿Tienes esta experiencia?
¿Cómo se da en tu vida?
-
¿Cómo crees que en tu quehacer cotidiano puedes irradiar la
presencia de Cristo a las demás personas? Haz una lista de 10 ejemplos.
-
¿Cómo crees que tu amor al Señor Jesús puede crecer para que
tu ardor por hacer apostolado pueda ser mayor y más intenso? Proponte 5 medios
concretos.
-
"El que permanece en el Señor Jesús, da mucho fruto" ¿Cómo
puedes hacer para que en tu despliegue cotidiano puedas vivir un constante
apostolado? Escribe 3 medios concretos.
|
Descargar
Trabajo de Interiorización
|
Versión
para imprimir
|
|

|

|
[2] Pablo
VI, Homilía pronunciada en Manila, 29/11/1970.
[4] Luis
Fernando Figari, En Compañía de María, VE, Lima, 1995, p. 45.
[9] Luis
Fernando Figari, En Compañía de María, VE, Lima, 1995, p. 109. 44.
[11]
Movimiento de Vida Cristiana, ¿Qué es?, Fondo Editorial, Lima, 1998, p.
28.
|