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Hay virtudes que son imprescindibles para alcanzar la santidad y
máxima eficacia en el apostolado. Una de ellas es la reverencia.
La reverencia, en efecto, es una virtud fundamental para
la vida cristiana y para el pleno cumplimiento de la misión evangelizadora que
el Señor Jesús ha confiado a la Iglesia toda en este tercer milenio de la fe.
Pero, ¿qué hemos de entender al hablar de reverencia? Ensayemos algunas
respuestas. La reverencia es una como alta sensibilidad para percibir la realidad.
Exige atención, interés, preocupación por lo que sucede en la realidad, en mí y
a mi alrededor, especialmente ante lo más común y cotidiano. La reverencia es
como una mirada que desde la fe nos permite ir más allá de lo superficial y
aparente para ver lo esencial, lo profundo. Es una capacidad que nos permite
"escuchar el murmullo" que a veces es tan difícil de percibir y descifrar por
la bulla -exterior o interior- en la que vivimos inmersos. La reverencia permite
ver la profundidad de lo cotidiano con la misma mirada con la que el
Señor Jesús ve las cosas y los corazones humanos.
REVERENCIA Y RECTO OBRAR
La reverencia está ligada a la recta acción, que la integra a
esa mirada atenta. Y es que no basta con darse cuenta de las cosas, tomar
conciencia de ellas, sino que es necesaria una respuesta adecuada, una acción
comprometida y decidida, pronta y eficaz, para cumplir el Plan de Dios, que se
expresa también en las necesidades que percibimos.
La reverencia como virtud cristiana implica una recta
involucración con la realidad toda, para procurar su transformación a la luz de
los criterios evangélicos y según el designio divino.
EL SILENCIO Y LA REVERENCIA
Entre la reverencia y el silencio hay una estrecha relación: sin
silencio no hay reverencia y sin reverencia no hay posibilidad de un auténtico diálogo
y encuentro, ni con uno mismo, ni con los demás, ni con Dios[1].
La reverencia nos permite tener una especial disposición para el
silencio y la escucha. Al mismo tiempo, la unidad y receptividad interior que
de ellas derivan nos hacen más sensibles a los impulsos más profundos de
nuestro ser, a nuestros dinamismos fundamentales, así como a la realidad de las
demás personas y a las innumerables manifestaciones del Espíritu de Amor.
MARÍA, MODELO DE REVERENCIA
Al reflexionar en torno a la virtud cristiana de la reverencia,
¡qué mejor que mirar a María y dejarnos educar por Ella! María es una mujer profundamente
reverente. Mirándola y considerando sus actitudes ejemplares,
somos invitados a crecer día a día en el ejercicio de la reverencia.
María nos enseña a ser reverentes con nosotros mismos:La
reverencia para consigo misma permite a la joven doncella de Nazaret estar muy
sensible «a los impulsos más profundos de su Inmaculado Corazón»[2].
Por ello no duda en responder con un "sí" firme y fuerte ante la enorme
exigencia de la vocación. No duda en dejar de lado lo que pudieran ser
falsas seguridades para lanzarse en la línea a la que apuntan sus dinamismos
fundamentales y la vocación que el Señor ha inscrito en lo más profundo de su
ser. ¡María responde "sí" por esa reverencia para consigo misma, pues descubre
que todo en Ella apunta en esa dirección: ser la Madre del Señor y Madre
de la Iglesia toda! Dios la ha preparado para ello, y María, por su reverencia,
por su fina sensibilidad y apertura al Espíritu a lo largo de su tierna
infancia, lo ha intuido y lo comprende perfectamente cuando el enviado de Dios
le explicita su vocación y le pide su libre respuesta.
En el episodio de la Anunciación-Encarnación María nos enseña a
no tener miedo a lo que el Señor pueda pedirnos, pues el llamado que Dios nos
hace particularmente a cada uno de nosotros sale siempre al encuentro de
nuestros dinamismos fundamentales, de la dirección a la que éstos apuntan. Sale
al encuentro de aquello para lo que estamos hechos y necesitamos vivir para
realizarnos plenamente. ¡Cuánta reverencia para con uno mismo hace falta para
poder responder acertadamente a los anhelos más profundos de felicidad que
anidan en nuestros corazones!
María nos enseña a ser reverentes con Dios: «La
reverencia de la Madre purísima le permite tener una especial disposición para
el silencio y la escucha»[3].
Y por ello se hace muy sensible «a las manifestaciones del Espíritu de Amor. La
actitud ante Dios y su encuentro y diálogo con Él son modelo para la vida y la
piedad»[4].
Por esa exquisita sensibilidad María es capaz de abrirse plenamente al Misterio
de Dios y acoger con máxima fecundidad toda palabra que procede de Él: «Es la
perfecta discípula que se abre a la palabra y se deja penetrar por su
dinamismo»[5].
Por su actitud reverente escucha las palabras del ángel y acoge la Palabra
eterna en su seno purísimo. Con fina sensibilidad y reverencia se acerca a su
Hijo, con quien vive en una comunicación íntima[6],
en una sintonía total. Su diálogo con Jesús en Caná nos educa a ir más
allá de lo superficial, «a lo profundo, a lo esencial, decisivo, que es
invisible a los ojos, que se ve con el corazón»[7],
y nos dispone a escuchar con reverencia la voz del Señor para hacer lo que Él
nos dice. ¡Qué importante es ser reverentes con el Señor, escuchar su
voz para encontrar el camino de nuestro verdadero despliegue!
María nos enseña a ser reverentes con los hermanos humanos:
María se muestra reverente frente a los demás, siempre atenta a sus
necesidades, ofreciendo su intercesión, ofreciéndose Ella misma en un servicio
pronto y generoso. Así la vemos por ejemplo en Caná: «preocupada por la falta
de vino, de la que ha podido percatarse, le pide a Jesús que remedie la
situación. ¡Qué reverencia la de la Virgen, atenta a todos los detalles! ¡Qué
delicadeza!»[8].
La actitud reverente de María nos da pie a meditar sobre nuestra reverencia
en el apostolado. La reverencia en el apostolado exige abrirse ante el
misterio y realidad profunda que es la otra persona, "sintonizar" con lo más
profundo que hay en ella, con su hambre de Dios, con sus dinamismos
fundamentales, para que, hablándole en un lenguaje adecuado, ella misma pueda
tomar contacto con su mismidad y con la verdad del Señor Jesús, y así pueda
responder a lo que verdaderamente es, a la grandeza de su vocación.
Múltiples son las actitudes que en nuestro apostolado nos
impiden responder adecuadamente a la persona que tenemos ante nosotros. Son
obstáculos que por nuestra falta de reverencia nos pueden llevar a estar
"desconectados" los demás: la propia falta de oración y reverencia para con
Dios; la falta de sintonía con nuestra propia mismidad; el no ver el corazón de
las personas, sino quedarnos en lo exterior; el "etiquetar" y dejarnos llevar
por prejuicios; el no darnos cuenta de lo que está viviendo mi prójimo por
estar metido en mí mismo; el asumir ciertas formas externas, poco o nada
connaturales en mi apostolado; etc.
El apostolado a tiempo y
destiempo nos invita a crecer en aquella reverencia que nos muestra nuestra
Madre. ¡Sólo así podremos ser los apóstoles santos que exigen estos nuevos
tiempos!
CITAS PARA MEDITAR
Guía para la Oración
-
La reverencia del Señor Jesús: Mc 10, 17-22; Jn 8, 1-11.
-
La reverencia de María: Lc 1,39-45; Lc 2,6-7; Jn 2,1-12.
-
Reverencia con uno mismo: Lc 1,46-56.
-
Reverencia para con los hermanos: Rom 12,15-16; 1Cor 8,13;
1Cor 9,19-23; 1Cor 12,26.
-
Reverencia en toda ocasión: 1Cor 10,23-24; 1Cor 10,31-33.
PREGUNTAS PARA EL DIÁLOGO
-
A ejemplo de María, ¿cómo puedes vivir la reverencia contigo
mismo y con Dios?
-
¿Cómo vives la reverencia con las personas más cercanas a ti?
-
Piensa un instante. ¿Te aproximas con reverencia en tu
apostolado?, ¿cómo es tu aproximación a las personas a las que haces
apostolado?, ¿tienes una mirada reverente, que trasciende los problemas,
obstáculos, complejos, inseguridades? ¿o por el contrario te quedas en tus
miedos sin salir al encuentro, sin mirar el horizonte, sin darte cuenta del
"tesoro" que tienes entre manos y que el Señor te llama a compartir con los
demás?
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¿Qué medios te ayudarían a crecer en esta virtud para con tu
apostolado? Anótalos.
-
¿Qué te enseña, qué te dice concretamente hoy, el tema de la
reverencia?
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[1] «El
silencio que queremos alcanzar, no debe ser considerado como una mera ausencia
de ruido, sino como una presencia de paz, armonía, de equilibrio exterior. El
silencio nos hace en primer lugar, presentes a nosotros mismos; y nos hace
luego presentes a Dios, haciéndonos atentos a su presencia. El silencio
interior es, pues, no tanto una carencia de ruido y movimiento, sino la
orientación positiva de la persona -espíritu, psiqué y cuerpo- toda a Dios,
cumpliendo su Divino Plan» (Germán Doig, El Silencio, APRODEA, 1983,
p.26.)
[2] Luis
Fernando Figari, María desde Puebla, FE, Lima, 1992, p.51.
[6] Ver
Luis Fernando Figari, En Compañía de María, VE, Lima, 1995, p.90ss.
[8] Luis
Fernando Figari, En Compañía de María, VE, Lima, 1995, p.85.
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