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Es innegable que hoy en día el hombre da un valor muy grande a
la acción que transforma su entorno y que lo realiza a sí mismo. Podemos
considerar esto como un importante signo de los tiempos que nos invita a
reflexionar sobre el quehacer humano y su importancia como camino de
santificación en las coordenadas del Plan de Dios.
El ser humano está llamado a su realización plena a través del
Plan que Dios ha dispuesto para él. En este designio divino tiene un papel muy
importante la integración armónica entre la oración y la acción. En este
sentido, resulta primordial hacer vida el lema: "Oración para la vida y el
apostolado, vida y apostolado hechos oración".
VIDA Y APOSTOLADO HECHOS ORACIÓN
La oración constituye una "dimensión fundamental de la
existencia humana, como expresión de la vida, como camino para vivificar la
vida y la acción"
[1]. Y por otro lado podemos afirmar también que la oración se hace
concreta y se despliega en la acción. Ya lo afirma el Señor en el Evangelio:
"¿Por qué me llamáis: 'Señor, Señor', y no hacéis lo que digo?"
[2] y nos dirá también el apóstol Santiago que las obras son
consecuencia natural de la fe pues "la fe, si no tiene obras, está realmente
muerta" [3].
Es importante aprender a vivir de manera cotidiana la
integración de estas dos dimensiones de la existencia humana -oración y
acción-, evitando cualquiera de los dos extremos negativos. Por un lado una
actitud meramente pasiva que no lleva la oración a una acción consecuente; y,
por el otro, un activismo desordenado que no dé gloria a Dios.
Se trata de mantener los llamados "momentos fuertes" de oración
en el día y a la vez hacer de la vida entera una oración incesante. El
Catecismo de la Iglesia Católica afirma por ello que, «no se puede orar "en
todo tiempo" si no se ora, con particular dedicación, en algunos momentos: son
los tiempos fuertes de la oración cristiana, en intensidad y en
duración» [4].
Ciertamente es todo un reto el mantener una intensa vida de
oración, pero no es menor desafío el que esa intensidad espiritual se traduzca
en obras concretas
[5] de despliegue personal en la vida cotidiana y especialmente en
el apostolado. Todo ello como una cooperación más activa con la gracia. Quien
se ha encontrado con el Señor Jesús no puede permanecer indiferente pues se ve
impulsado a un mayor amor, afectivo y efectivo, a Dios, a sí mismo y a los
demás. La conversión personal, el servicio y el anuncio apostólico son sólo
algunos de los frutos en los que se despliega la oración.
En este mismo sentido, Orígenes, dirá también que «ora sin cesar
el que a las obras debidas une la oración y a la oración une las obras
convenientes; pues la recomendación "orad sin cesar" la podemos
considerar como un precepto realizable únicamente si pudiéramos decir que la
vida toda de un varón es una gran oración continuada»[6].
Por otro lado, tenemos que la misma acción puede convertirse en
oración, como hemos indicado antes, en la medida en que sea respuesta a Dios
que nos revela su Plan de amor. «La praxis o acción humana -nos dirá Luis
Fernando Figari- es entendida desde la teologalidad del ser humano, por lo que
se inserta en el impulso global y orgánico de la persona hacia la santidad»
[7]. En ese sentido podríamos hablar de una "acción orante" que permite
«hacer de cada día un acto litúrgico, descubriendo la sacramentalidad de las
cosas, de las personas y consagrando todas las acciones a Aquel de cuya
presencia buscamos estar conscientes»[8].
ALGUNOS RASGOS CARACTERÍSTICOS
Un elemento fundamental de la espiritualidad de la acción que
habría que señalar es la adhesión obediente y amorosa al Plan de Dios. En dicho
Plan, el ser humano discierne las coordenadas de su recto despliegue, para así
darle gloria a Dios con toda su existencia. Y como complemento, la segura
confianza de que es Él, el Espíritu de Amor, quien obrará en nosotros y a
través de nosotros obras maravillosas si vivimos cotidianamente esa apertura a
su gracia.
Otro elemento importante es el ejercicio continuo de la presencia
de Dios. Esto nos ayuda a poner en el primer plano de nuestra
existencia diaria el divino Plan y su intencionalidad, permitiendo que penetre
toda nuestra vida y nuestras acciones nutriéndolas de un espíritu de oración,
con la conciencia de saber, como San Pablo dice que «en Él vivimos, nos movemos
y existimos»[9].
La conciencia de desplegarse como un acto que dé gloria a Dios
que permite superar la falsa antinomia entre felicidad personal y Plan de Dios
pues en la medida en que la persona humana se realiza, respondiendo a sus
dinamismos fundamentales según el Plan de Dios, da gloria a Dios con su propia
felicidad.
Se trata también, en la consagración de las intenciones,
de comenzar el día con la intención u opción fundamental por consagrar
amorosamente todos nuestros actos a la gloria de Dios, con las notas de lo que
hemos señalado más arriba. Esta consagración debe renovarse luego, a lo largo
del día, en los propósitos y resoluciones tomadas, buscando cumplir cada vez
mejor el Plan de Dios, de manera que podamos ir encausando cada vez con más
precisión todos nuestros esfuerzos cotidianos hacia ese fin. En este punto
resulta muy importante el examen continuo de las propias intenciones a lo largo
de la jornada.
Otro elemento importante consiste en ir viviendo cada vez más
intensamente el proceso de amorización, que como bien sabemos se trata
de ir «Por Cristo a María y por María más plenamente al Señor Jesús». Se trata
de responder a la invitación del Señor Jesús desde lo alto de la Cruz a
profesar el amor filial a María, reconociéndola como Madre y profundizando en
su Inmaculado Corazón, dejando que la desbordante presencia de Jesús llegue a
nuestro propio corazón y nos enseñe a amar con sus mismos amores: al Padre
Eterno con un amor obediencial; a María, su Madre y nuestra también, con
profunda piedad filial; y a los seres humanos, con caridad fraterna.
En María encontramos un singular ejemplo de la espiritualidad de
la acción. El pasaje de la visita a su prima Isabel resulta emblemático como
lección de unidad entre oración y acción, integrada en el cumplimiento del Plan
de Dios. Y así también en todos los momentos de su vida al lado del Señor
Jesús. En ella no hay hiato entre oración y acción; en Ella la vida misma se
torna oración. El amor que vive se expresa en todo su ser y actuar.
Es importante también resaltar el cambio de mente. Hemos
nacido en una cultura que nos ha inculcado muchos criterios, ideas,
anti-valores, que nos dificultan abrir nuestra mente a la verdad y claridad del
mensaje reconciliador del Señor Jesús. Se trata pues de hacer un esfuerzo por
cambiar nuestros hábitos mentales, de formarnos en la fe de la Iglesia y sobre
todo en los criterios nacidos del Evangelio, comenzando por conocer al mismo
Evangelio Vivo del Padre que es Jesucristo.
La metánoia. Se trata de ir convirtiéndonos cada vez más.
Ser esos evangelizadores permanentemente evangelizados, reconciliadores
permanentemente reconciliados. El proceso de conversión, de convertirnos y
creer cada vez más en el Señor Jesús y creerle cada vez más a Él. Creer en Él y
creerle a Él. Es irnos configurando con el Cristo cada día, lo cual implica, a
lo largo de la jornada diaria, el despojarnos, separarnos, huir si es
necesario, de todo aquello que se opone, obstaculiza o impide que pueda
responder al Plan de Dios, y así irnos abriendo día a día un poco más, a la
vida plena, a lograr ese «vivo yo, pero no yo, es Cristo quien vive en mí».
La visión de eternidad nos hace más sensibles a descubrir
la mediación de las realidades cotidianas y su sentido, para desentrañar
su referencia al horizonte de mayor significación. Esto nos lleva a descubrir
como en la naturaleza y en todo lo verdadero, lo bueno y lo bello refiere de
una manera cercana a Dios. También nos eleva por encima de las circunstancias
inmediatas, incluso de las contradicciones con cargas emocionales, del
cansancio natural, de los fracasos en el apostolado, del rechazo, del dolor, la
incomprensión, del trabajo rutinario o excesivo, para contemplar el horizonte
de realización trascendente al que somos invitados.
Una vida sana y virtuosa. Ciertamente en este elemento se
incluye, de alguna manera, los elementos antes mencionados, pero es una
característica que vale la pena resaltar. Se trata de alabar a Dios
llevando una "vida buena", equilibrada, buscando que la propia existencia
cotidiana responda al designio de Dios. Este "vivir bien", supone, entre otras
cosas, vivir una vida saludable, sana, con los necesarios momentos de actividad
y su correspondiente descanso. Implica también un esfuerzo consciente por
responder a la gracia con la vivencia de la virtud entendida no sólo como
disposición habitual para el bien sino como sentido heroico de la propia vida,
vivida en entrega donal, generosa y constante al servicio del Plan de Dios.
Supone una recta administración del tiempo en la jornada diaria y a lo largo
del año, inclusive respetando un ritmo sano que permita los espacios de sano
descanso y apertura al encuentro renovado con Dios.
En conclusión, la espiritualidad de la acción es un camino de
armonía e integración de la oración y la acción que nos permite dar gloria a
Dios y responder al Señor Jesús que nos exhorta: "Brille así vuestra luz delante
de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro
Padre que está en los cielos"[10].
CITAS PARA MEDITAR
Guía para la Oración
-
Cómo glorificar al Padre: Jn 4,34; Jn 15,8; Jn 17,4.
-
Haced todo para la gloria de Dios: 1 Cor 10, 31.
-
Oración concreta en la acción: Lc 6, 46.
-
Acción, consecuencia de la fe: Stgo 2, 18.
-
Orad sin desfallecer: Lc 18, 1; Rm 12, 12; Fil 4, 6 - 7.
PREGUNTAS PARA EL DIÁLOGO
-
¿Qué entiendes por integración armónica entre oración y
acción?
-
¿Mantienes los "momentos fuertes" de oración en tu día? ¿Cómo?
¿Cuál es tu experiencia?
-
Describe con tus propias palabras lo que significa "acción
orante". ¿Qué medios te ayudarían a vivir mejor esa dimensión en tu día? Anota
por lo menos 3 medios concretos.
-
Piensa en el pasaje de la visitación de María a su pariente
Isabel y explica, ¿cómo se da la unidad entre la oración y la acción de María?
¿Cómo podrías vivir esta actitud que nos enseña la Madre?
-
Medita en los rasgos de la espiritualidad de la acción y
piensa: ¿Cómo puedo hacer para ser fiel a la espiritualidad a la que el Señor
me ha llamado y así desplegarme viviendo esos rasgos característicos?
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Trabajo de Interiorización
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[1] Luis
Fernando Figari, Una espiritualidad para nuestro tiempo, VE, Lima 1988, p. 40
[2] Lc
6,46
[3] Stgo
2,18
[4] CEC,
2697.
[5] El
Papa Juan Pablo II habla de este punto referido a la vida consagrada.. «Los
Institutos comprometidos en una u otra modalidad de servicio apostólico han de
cultivar, en fin, una sólida espiritualidad de la acción, viendo a Dios
en todas las cosas, y todas las cosas en Dios. En efecto, "se ha de saber que,
como el buen orden de la vida consiste en tender de la vida activa a la
contemplativa, también por lo general el alma vuelve útilmente de la vida
contemplativa a la activa para realizar con mayor perfección la vida activa,
por lo mismo que la vida contemplativa enfervoriza a la activa"» (Vita
consecrata, 74b)
[6] Orígenes,
Tratado sobre la oración, Nebli, Madrid 1994, pp.86-87
[7] Luis
Fernando Figari, Una Espiritualidad para nuestro tiempo, VE, Lima 1988,
p.42.
[8] Luis
Fernando Figari, Luces de Emaús para la vida cristiana, Fe, Lima 2000,
p. 51.
[9] Hch
17, 28
[10]
Mt 5,16
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