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«El ejercicio de la presencia de Dios, la orientación de
la vida según una obediencia amorosa al Plan de Dios, la renuncia a los
frutos y el examen continuo de las intenciones permite superar
una religiosidad marginal referida sólo a intérvalos a Dios»[1].
El Señor Jesús por medio de su Vicario ha alentado a los hijos
de la Iglesia a "remar mar adentro": «Duc in altum!»[2]
Son éstas las palabras que han resonado fuerte en nuestros oídos al iniciar
este tercer milenio de la fe, palabras que atesoramos en nuestros corazones y
queremos volcar en una acción apostólica decidida y eficaz. Sí, somos nosotros
de los convocados a remar mar adentro y echar las redes, a ser "pescadores de
hombres" y llevar adelante la gran tarea de la Nueva Evangelización. ¡A
esta misión debemos entregarnos con todo el entusiasmo del que somos capaces,
con toda la generosidad que puede brotar de nuestros corazones, con el ardor
que el Espíritu enciende en nuestros corazones, con "parresía"[3] !Es,
pues, tiempo de un despliegue apostólico, tiempo de avanzar con visión al
futuro[4]
por los caminos que Dios nos señala y tiempo de dar fruto abundante de
santidad y apostolado.
LA RENUNCIA A LOS FRUTOS
En nuestra espiritualidad, que es una espiritualidad de la
acción, no podemos dejar de hablar de la renuncia al fruto de la acción.
¿Qué implica esta renuncia al fruto de la acción? Pues
implica que en nuestra acción evangelizadora, desde nuestros proyectos
apostólicos de gran envergadura hasta el apostolado personal o en cualquier
otra de sus múltiples formas, tengamos siempre presente un principio
fundamental: hay que buscar cumplir siempre el Plan de Dios.
Y en ese marco aspirar a la mayor eficacia en la colaboración activa con la
gracia, en la medida en que el mismo Plan de Dios así lo pide.
Esforzarnos cotidianamente por vivir de acuerdo a este principio
nos libera, en primer lugar, de la esclavitud a la que somete el apego al fruto:
si mi acción se orienta al cumplimiento del designio divino, y puede en ese
marco, que muchas veces vaya más allá de mi completa comprensión en todos sus
detalles y alcances, entonces no pondré toda mi seguridad o mi significación
principalmente en el fruto cuando éste se produce, ni caeré en la frustración y
malsana tristeza si no se da el éxito que esperaba.
Asimismo este principio nos libera de toda tendencia a un
"protagonismo" desordenado y excluyente. Y es que no somos nosotros quienes por
nuestros solos medios vamos a producir el fruto: ¡Protagonista de la
evangelización es el Espíritu Santo, que actúa en y por nosotros en la medida
en que permanecemos adheridos al Señor Jesús y a la Iglesia y colaboramos
activamente! ¡Somos sarmientos, y separados de la vid nada podemos hacer![5]
De otro lado ese principio nos invita a la colaboración activa
con la gracia, a la aspiración a dar el mejor fruto con la propia acción, que
se hace en el impulso de nuestros dinamismos. Y también da lugar al gozo
y alegría legítimos ante la obra buena, bien realizada, que da frutos
abundantes.
Y cuando el Señor nos bendice con el éxito de una obra, de una
tarea, de un servicio en que hemos participado, este principio esencial nos
ayuda también a recordar que los frutos no son en última instancia nuestros sino
de Dios. ¡Cómo no traer a la mente entonces lo que del Señor hemos
aprendido: «cuando hayáis hecho todo lo que os fue mandado, decid: Somos siervos
inútiles; hemos hecho lo que debíamos hacer!»[6]
Y es que aún cuando uno se esfuerce mucho -¡y debemos hacerlo según el máximo
de nuestras capacidades y posibilidades!-, sin el Señor ningún fruto bueno
podemos producir[7].
Es el Señor quien en definitiva hace fructificar nuestros esfuerzos por
colaborar con su gracia, incluso más allá de nuestras propias limitaciones o
deficiencias. Cuántas veces no ha sido ésta nuestra experiencia: ¡los frutos
que brotan de nuestra acción exceden ampliamente lo que pudimos haber esperado
como resultado! Constatar con humildad esta realidad no hace sino remitirnos
continuamente a esta verdad: ¡es Él quien «da el crecimiento!»[8]
¡Es a Él a quien en primer lugar pertenecen los frutos! Entonces, el legítimo
gozo que ya de por sí produce en nosotros el fruto obtenido, aumenta más aún al
reconocer en ese fruto la realización del Plan divino y la expansión de su
Reino.
MÁXIMO EMPEÑO, MÁXIMO COMPROMISO
Finalmente, hay que considerar que el vivir en lo cotidiano el desapego
o renuncia a los frutos no admite de nuestra parte una actitud
desinteresada o apática frente a la acción, o una desinvolucración frente al
fruto mismo. Acaso alguien pueda pensar: "como el fruto no es mío, o renunciar
a él me puede traer mucho sufrimiento, lo mejor es no involucrarme tanto". Una
actitud de esta naturaleza desdice mucho del amor que estamos llamados a vivir
en el apostolado. Nuestra acción evangelizadora exige un compromiso generoso,
intenso con la misión, con los diversos proyectos y con las diversas personas a
las que estamos llamados a anunciar el Evangelio, compromiso que brota de la
sobreabundancia de amor que experimenta aquél que se ha encontrado con el Amor.
Así pues, ha de quedar claro que el principal fruto al que hay
que aspirar es la realización del Plan de Dios, incluso aunque los frutos
concretos nos resulten imperceptibles. No olvidemos que la obra que da gloria a
Dios encierra una dimensión misteriosa difícil de calibrar desde nuestra frágil
mirada humana. Esto nos lleva a entender que tampoco hay que dejar de "soñar"
con el fruto como el viñador sueña con ver sus parras fecundas. Esta "visión al
futuro" lo alienta a trabajar con perseverancia para que el sueño se vea
realizado. Así hemos de trabajar también nosotros en la viña del Padre,
procurando en el fiel cumplimiento de su Plan comprometernos intensamente en
las obras apostólicas en las que participamos, sin tardar en presentarle con
generosidad y «a su debido tiempo»[9]
el fruto que brota de nuestra cooperación con su gracia.
CITAS PARA MEDITAR
Guía para la Oración
-
La gloria del Padre está en que demos fruto: Jn 15,8.
-
Ningún fruto podemos dar sin el Señor: Jn 15,5.
-
Una parábola sobre la actitud errada, la apropiación de los
frutos: Mt 21,33-40.
-
Los hijos de la Iglesia estamos llamados a presentar al Padre
los frutos de nuestra acción: Mt 21,41.
-
Es Dios quien hace fructificar nuestra acción: 1Cor 3,6-7.
-
Somos cooperadores de Dios: 1Cor 3,9; sus siervos: Lc 17,10.
-
El Señor Jesús reconoce que el fruto de su apostolado
pertenece al Padre: Jn 17,9.
-
María vive la renuncia a los frutos: al ofrecer al Padre el
fruto de sus entrañas en la presentación: Lc 2,27; y al pie de la Cruz: Jn
19,25.
PREGUNTAS PARA EL DIÁLOGO
-
Con tus palabras explica lo que el Santo Padre quiere decir
con "remar mar adentro".
-
¿Qué implica para ti el renunciar a los frutos en las cosas
que realizas?
-
¿Estás apegado a los frutos de tu quehacer cotidiano? ¿Qué
tanto? ¿Qué puedes hacer para vivir la renuncia o el desapego a los frutos?
Piensa en 3 medios concretos.
-
Solamente en el Señor Jesús daremos fruto abundante. ¿Buscas
en tu vida adherirte al Señor? ¿Le ofreces tu trabajo, tu apostolado y todo tu
quehacer cotidiano? ¿Qué puedes hacer para acrecentar tu encuentro con Él?
-
Comprométete con el Señor Jesús a esforzarte por cooperar con
su gracia y entregarle con generosidad el fruto que brota "a su debido tiempo".
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[1] Luis
Fernando Figari, Una espiritualidad para nuestro tiempo, VE, Lima, 1995,
p. 41.
[2] Lc
5,4. Ver S.S. Juan Pablo II, Novo Millennio Ineunte, 1.
[3] Término
griego que significa valentía. Es el arrojo que a los discípulos
les lleva a hablar del Señor Jesús y proclamar su Evangelio superando el miedo,
con seguridad, coraje y audacia.
[4] Ver
Visión al futuro, en el «Informativo Vida Cristiana», Junio/Julio 2001,
p. 1.
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