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ANUNCIAR A CRISTO EN PRIMERA PERSONA
 

«Si habéis encontrado, pues, a Cristo, ¡vivid a Cristo, vivid con Cristo! Y anunciadlo en primera persona, como auténticos testigos: "para mí la vida es Cristo" (Flp 1, 21)»[1].

Queremos, como propuso el Santo Padre Juan Pablo II en su primera visita a América, anunciar a Jesucristo como quien se ha encontrado con Él[2]. Quien verdaderamente se ha encontrado con el Señor Jesús y permanece en comunión con Él, puede anunciarlo en primera persona, y su testimonio es convincente porque lleva a Cristo en sí mismo, porque con su presencia y con sus palabras transmite la luz y la paz de Cristo. En su empeño cotidiano por responder a la gracia recibida se esfuerza metódicamente por ser fiel a sus compromisos bautismales, coherente con el Evangelio que anuncia, y por ello su testimonio no es vacío sino consistente: con su palabra, colaborando con la acción del Espíritu, toca los corazones que se hallan apartados de Dios, los remece, los despierta de su letargo, los llama a la conversión, al encuentro con el Señor, enciende en ellos el fuego del amor divino.

EL ANUNCIO, FRUTO DEL ENCUENTRO CON CRISTO

El anuncio es fruto del encuentro con el Señor Jesús. «Los Evangelios relatan numerosos encuentros de Jesús con hombres y mujeres de su tiempo. Una característica común a todos estos episodios es la fuerza transformadora que tienen y manifiestan los encuentros con Jesús»[3], así como el anuncio al que mueven. Así por ejemplo, dos discípulos del Bautista, al seguir al Señor Jesús, son invitados a quedarse con Él toda una tarde. Su intensa experiencia de encuentro les lleva a buscar a Pedro y comunicarle su gozo: «¡hemos encontrado al Mesías!», le cuentan entusiasmados, llevándolo también a él al encuentro con Cristo[4].

En otra ocasión el Señor Jesús sale al encuentro de una samaritana, y luego de un largo diálogo en el que finalmente se le revela como el Mesías esperado, la mujer retorna a su pueblo y anuncia: «Venid a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho. ¿No será el Cristo?»[5]. El testimonio de aquella que junto al pozo de agua se había encontrado con Cristo aquella tarde, llevó al encuentro con Cristo a muchos otros que luego dirían a la mujer: «Ya no creemos por tus palabras; que nosotros mismos hemos oído y sabemos que éste es verdaderamente el Salvador del mundo»[6]. Quien como ellos y muchos otros se encuentra con Cristo, no puede contener este anuncio: «¡Me he encontrado con Cristo! ¡Él es quien responde a los anhelos más profundos del ser humano! ¡Ven y lo verás!».

«YO ME HE ENCONTRADO CON ÉL»

El Señor tiene sus caminos, y Él se manifiesta a aquellos que lo buscan con sincero corazón, que hacen silencio en su interior. Se manifiesta a veces de manera extraordinaria, como un estruendo, y otras veces, quizás las más, en la suavidad de la brisa[7]. Su paso por nuestras vidas «es misterioso y requiere ojos puros para ser descubierto y oídos disponibles a la escucha» [8]. ¡Hay que hacer silencio, hay que es tar atentos, con el corazón dispuesto! Entonces, cuando se manifiesta, se enciende en el propio corazón una llama incontenible, un fuego devorador que abrasa y transforma la propia existencia, lanzándola con vehemencia a la conquista del Infinito. Y porque quiere compartir con todos esa dicha incontenible que lo embarga, porque quiere para otros la felicidad que en el encuentro con Cristo él ha experimentado, en su marcha decidida invita a los que más puede a encontrarse también con Cristo para emprender también él la aventura fascinante de la vida cristiana.

Anunciar a Jesucristo como quien se ha encontrado con Él[9] implica dar testimonio del Señor Jesús a partir de la experiencia personal de encuentro y comunión con Él. Para anunciar a Cristo en primera persona es necesario -como señala el Santo Padre- "vivir a Cristo, vivir con Cristo". De este modo la misma existencia del apóstol se convierte en un anuncio explícito: «para mí la vida es Cristo»[10]; y también: «Vivo yo, pero no yo, sino que es Cristo quien vive en mí»[11]. Cuando eso se refleja en todo su ser, en sus actos, gestos y palabras, irradia una luz y una fuerza -la fuerza del Evangelio- que atrae, que lleva a quienes se encuentran con él a querer buscar más allá, a buscar la fuente de aquella paz y luminosidad de que el apóstol es difusor.

El apostolado es transmitir al Señor, a quien se lleva dentro. No puede ser de otro modo: evangelizar es ante todo irradiar una Presencia, una Persona, a Jesucristo vivo y resucitado. ¡Quien lleva a Cristo en sí, posee la fuerza seductora de Cristo! Su apostolado será, con la ayuda del Espíritu, fecundo y eficaz, según el Plan de Dios.  Por ello podemos decir que la intensidad y ardor de nuestro apostolado será como un termómetro que me ayude a ver y me muestre cómo es mi encuentro con el Señor Jesús, cómo está mi vida espiritual.

MARÍA NOS ENSEÑA

¡Quién más ejemplar y modélica en este empeño de anunciar al Señor Jesús en primera persona que María, la Madre de Jesús!: «Y sucedió que, en cuanto oyó Isabel el saludo de María, saltó de gozo el niño en su seno, e Isabel quedó llena de Espíritu Santo»[12]. ¡Qué fuerza irradiativa la de la Virgen! ¡Qué eficacia la de su apostolado! ¡Con su solo saludo transmite el Espíritu de su Hijo haciendo saltar de gozo incluso al no nacido que Isabel llevaba en su seno! Y es que María, que lleva al mismo Señor en su seno virginal, vive en una dinámica única de encuentro continuo con su Hijo, de diálogo íntimo e interrumpido: mientras Ella nutre al Hijo con su sangre, Ella se nutre continuamente de su Presencia, de su gracia, del fuego de su divino Amor, y por ello como una lámpara preciosa irradia Su luz y calor a todos los hombres.

De este modo María nos enseña que una fe madura, vivida en toda la existencia, dejando que esa fe despliegue todo su dinamismo en la propia persona, nos lleva a un apostolado testimonial y a la proclamación de la Buena Nueva.  Y nos enseña también que el apostolado verdaderamente eficaz  lo realiza aquél que habiéndose encontrado con el Señor lo lleva en sí mismo. Éste anuncia a Cristo en primera persona.

CITAS PARA MEDITAR
Guía para la Oración

  • Predicar el Evangelio es un deber que nos incumbe a todos: 1 Co 9, 16; Mc 16, 15.
  • El deber de la evangelización es una urgencia de caridad para el discípulo de Cristo: 2 Co 5, 14.
  • El hombre anhela encontrarse con el Señor: Jn 12,21.
  • El encuentro con el Señor, introduce en un proceso de conversión: María Magdalena (Jn 20, 11-18), la Samaritana (Jn 4, 5-42), Pablo (Hch 9, 3-30; 22, 6-11; 26, 12-18) Zaqueo (Lc 19, 1-10).
  • El apostolado nace del encuentro con el Salvador: Jn 1, 41.

PREGUNTAS PARA EL DIÁLOGO

  1. Para poder anunciar al Señor Jesús en primera persona, para poder transmitirlo a El es necesario vivir el encuentro cotidiano con El. ¿Con qué frecuencia te encuentras con el Señor Jesús? ¿Con qué actitud acudes tú a su encuentro?, ¿con apertura, con alegría, con disponibilidad y apertura?
  2. Los discípulos de Emaús tras reconocer al Señor en la fracción del pan, comentan que sus corazones ardían cuando El les hablaba, ¿cómo acoges tú sus palabras?, ¿cómo acoges aquello que el Señor te va mostrando?
  3. El encuentro intenso con Jesús es el motor que impulsa el apostolado. ¿Cómo testimonias al Señor? ¿Tus palabras, acciones y gestos hablan del Señor, buscan transmitirlo?
  4. Si el apostolado fuese el termómetro que muestre cómo está tu vida espiritual, ¿cuánto marcaría?

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[1] S.S. Juan Pablo II, Homilía en la Catedral de Santo Domingo, 26/1/79, n. 2.

[2] Ver allí mismo.

[3] Ecclesia in America, 8. Ver allí mismo del 8-12.

[4] Jn 1,36ss.

[5] Jn 4,29.

[6] Jn 4,42.

[7] Ver 1 Re 19,9-15.

[8] S.S. Juan Pablo II, Catequesis del 26/7/00, n.1.

[9] Ver Homilía en la Catedral de Santo Domingo durante la Misa para el clero, religioso y seminaristas, 26/1/1979.

[10] Flp 1, 21.

[11] Gál 2,20.

[12] Lc 1,41.